La universidad del crimen

Paola Félix Díaz

El artículo 18 de la Ley Fundamental ordena que “El sistema penitenciario se organizará sobre la base del respeto a los derechos humanos, del trabajo, la capacitación para el mismo, la educación, la salud y el deporte como medios para lograr la reinserción del sentenciado a la sociedad y procurar que no vuelva a delinquir…”, sin embargo, la realidad es distante del mandato Constitucional.

Una sola mirada basta para ver las dos caras de la moneda: por un lado, el hacinamiento, la brutalidad, el abuso, la vejación, la violación de derechos humanos a los más pobres y vulnerables, que debido al ineficiente y corrupto sistema de impartición y procuración de justicia, no han podido salir de ahí. Y por el otro lado, el autogobierno de los reos poderosos, los privilegios, las fiestas, la operación de los cárteles y el crimen organizado desde sus lujosas celdas, la venta de alcohol, narcomenudeo, prostitución y demás maravillas de orgullo nacional.

La crisis del sistema penitenciario mexicano es alarmante y está a la vista. Ha sido documentada por todos los medios de comunicación y también ha sido objeto de diferentes estudios por parte de la comunidad académica. Hoy por hoy, no hay alguien que dude que las cárceles mexicanas son verdaderas escuelas del crimen desde donde opera todo el lado obscuro de nuestra sociedad, y donde nadie que pise uno de estos sitios, tiene posibilidad alguna de ser readaptado a nuestra sociedad.

Los resultados de los múltiples diagnósticos son siempre los mismos: falta de custodios, sobre-población de reos, fugas, asesinatos, riñas, corrupción y desatención institucional.

De acuerdo al Diagnóstico Nacional de Supervisión Penitenciaria 2015 de la Comisión Nacional de Derechos Humanos, en una escala del 1 al 10, el promedio nacional de calificación de los centros penitenciarios fue de 6.21.

El Sistema Penitenciario de nuestro país simplemente no sirve, no readapta. Violenta al inocente, pervierte al delincuente menor, empodera a los delincuentes mayores y corrompe a las autoridades, a los reos y a la sociedad. Tenemos un sistema penitenciario que pareciera estar al margen de las leyes y de la Constitución.

La barbarie y el autogobierno en las cárceles, son una muestra de la ingobernabilidad y la descomposición de la clase política, de la crisis institucional y del vacío de poder legalmente constituido.

Los delincuentes no temen entrar a las cárceles porque salen de ellas con facilidad, y los que si se quedan dentro, siguen delinquiendo desde ahí mientras perfeccionan sus técnicas y tejen nuevas redes delictivas.

El sistema penitenciario en México pasó de la readaptación a la descomposición social ante la complacencia del Estado. Fuera y dentro de las cárceles, los delincuentes han tomado el control y la sociedad está sola, vive con temor pues ha sido la impunidad quien triunfó y no la ley.

Leyes, tenemos, y de sobra. El problema aquí y en todos los rincones de nuestro país no es la falta de leyes, si no la falta de quien verdaderamente las aplique. A esta ausencia se le llama anarquía, y la anarquía es el principal cáncer al que nuestro y cualquier Estado de Derecho, se enfrentan.

Diputada federal y activista social.
@LaraPaola1

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