Es cada vez más frecuente escuchar voces que alertan sobre los riesgos del populismo. Me sorprende que, además, usen la misma línea argumental que en 2006 y en 2012. Perdón, pero el problema de este país no es el populismo como expresión política (claramente perfilada en una encuesta que ubica a AMLO en la primera posición de los aspirantes a suceder a Peña Nieto). El verdadero problema son las condiciones objetivas que permiten que una expresión política basada en el caudillismo más tradicional tenga tamaña vitalidad. No se engañen.

El demonizar a AMLO es sencillo y catártico para las élites. El señalarlo como un político atávico y movido por una ambición política ilimitada no mina su popularidad. La cultura política de la izquierda es reticente a criticar a quienes están en su corazón y comparte esa cultura del victimismo que se refuerza con las críticas del adversario. Gasolina al fuego.

Lo que no quiere reconocer la clase dirigente del país es que la izquierda mexicana (caudillista, acrítica y populista) es una consecuencia directa del tipo de sociedad que hemos construido y en cierto sentido similar al caudillismo con el que se construyó el poder político y sus instituciones el siglo pasado. Una sociedad basada en la desigualdad, la exclusión, en el uso sistemático de los privilegios, en la ley del mínimo esfuerzo (hay que ver los resultados de la prueba Planea), en la apropiación de la renta pública como fuente de enriquecimiento. Una sociedad basada en una dominación tan bárbara y cruel, tan humillante y deshumanizadora, tan corrupta y tan cínica que no puede aspirar a tener frente a sí misma una izquierda modélica, reformista, pluralista, incluyente. Una es consecuencia de la otra, si no se cambia una, no se transforma la segunda.

No creo que los críticos del populismo puedan defender la estatura moral de la organización socioeconómica que tenemos. Decir que ha habido autocrítica desde 2006 cuando se planteó seriamente la posibilidad de que AMLO arribara al poder, es faltar a la verdad. No tenemos ni mejor distribución de la riqueza, ni mejores gobiernos. La derecha mexicana (económica y política) se preocupa de que AMLO llegue a la Presidencia, pero no se ocupa de modificar su insolente base de poder que agravia a millones. Los llamados en contra del populismo los asustan a ellos y a sus familias, no a quienes con su salario no tienen suficiente para comer. Tampoco atemorizan a aquellos que siguen sin recibir una educación de calidad o un sistema de salud incluyente y que viven a salto de mata, o con el agua al cuello. Tampoco creo que agitar el petate del muerto sobre los riesgos populistas haga temblar a las clases trabajadoras que siguen recibiendo (como masa salarial) un tercio de la riqueza nacional mientras las ganancias empresariales pesan casi dos tercios. ¿Quién tiene miedo de que un sistema así se colapse? Tampoco asustará demasiado el agitar el fantasma del populismo a todos aquellos que esperaban un adecentamiento de la vida pública y en estos años ven cómo la corrupción y la delincuencia dominan la vida pública. El desempeño de los gobiernos ha sido tan bajo que imaginar que un gobierno obradorista puede ser peor, es difícil de creer o es, a estas alturas, de poco consuelo.

El problema central es que nuestra democratización ha conservado todas las estructuras de dominación precedentes. Es una democracia arcaica por usar el símil de la modernización arcaica que emplea Ugo Pipitone para describir los procesos de cambio económico de finales del siglo XIX. Se modernizan sectores pero se conservan las viejas estructuras de dominación y de concentración del ingreso, por ejemplo capitalismo con trabajo servil o incluso esclavitud. Por cierto el libro (Entre el delirio y la esperanza) del propio Pipitone es uno de los mejores ejercicios de reflexión sobre la izquierda latinoamericana.

El populismo no es, en síntesis el problema. El populismo es la antítesis de una sociedad tradicional y atávica que se niega a cambiar. El populismo obradorista que tanto les asusta es la contraparte de un sistema tan opresivo como irreformable.

Dicho de otra manera, la élite mexicana quiere dormir sin cambios de fondo y que al día siguiente el dinosaurio no esté allí. Y, perdón, pero el dinosaurio seguirá allí mientras vivamos en esta ecología jurásica.

Analista político.

@leonardocurzio

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