Novelas posibles

Javier García-Galiano

Hacia las ocho de la noche del miércoles 29 de marzo de 2006, hace 10 años, Salvador Elizondo murió en su casa de Coyoacán. “Personifico al viejo nostálgico y desencantado”, escribió el jueves 16 de febrero de 2006. “Creo que lo hago bastante bien”. Confesaba que había descubierto que la cama era un lugar ideal, donde pasaba la mayoría de las horas de su jornada terrenal: allí leía, bebía whisky, veía beisbol y box por televisión, dormía y no podía prescindir de sus cuadernos en los que, desde los 13 años, anotaba el devenir cotidiano, ideas circunstanciales, conjeturas, propósitos, argumentos y ensayos posibles, comentarios, en los que dibujaba y pintaba, en los que resguardaba cartas, fotografías, flores, recortes de periódico, en los que inventaba “polémicas caprichosas, pero no me da tiempo de poner aquí las más banales: como que es mejor, usar tirantes o cinturón” —él usaba tirantes de cuero.

Consideraba que había cultivado el género proyecto con tanta asiduidad que se podría decir que lo había llevado a un grado menos que el de su perfección. Sostenía que “los proyectos concebidos como realizables abundan por su facilidad de ser concebidos o realizados hasta que fracasan en un punto anterior a su realización cabal. Los más perfectos y los únicos duraderos son los que consisten de antemano e incluyen a priori su fracaso como parte culminante del proyecto. Tal es el caso de las pirámides que concibieron los antiguos egipcios; esas pirámides no son indestructibles pero sí eternas porque su derrumbe está previsto en el proyecto de su erección”, y había inferido que “de hecho, no es posible concebir el proyecto en sí más que al margen de toda posibilidad de su realización. Un proyecto realizable es un proyecto impuro, contaminado de incierta posibilidad, interesado más en su futura actualización que en la conservación de su potencia, que con el puro pensamiento de su realización pierde esa virginidad inzurcible que es su esencia: el no ser”.

Entre los proyectos también había novelas posibles; una de ellas estaría “construida según el esquema de la ‘estatua de Condillac’ y en la que entre los cinco personajes principales se intercambian los sentidos, los ganan o los pierden; todos carecen de uno diferente. Hay un meneur. Hombres y mujeres en una isla; leprosario de lujo en los mares del Sur. El P. Damián es el meneur. Por las noches hace de croupier en el Casino donde se juegan los sentidos y las sensaciones. Un día llegan los japoneses... Estatuas en la isla desierta se hubiera llamado...”

Esos proyectos a veces estaban contenidos en otros proyectos como, por ejemplo, las novelas sintéticas que X. concibe furtivamente en la soledad en El hipogeo secreto, entre las cuales se hallan La carta anónima, que procede de una carta que había recibido Mía, uno de los personajes de El hipogeo secreto, en papel blanco ordinario, escrita a máquina. El matasellos, en el sobre, es ilegible. O como La Flor de fuego, en hojas de papel amarillento obviamente arrancadas de un cuaderno de gran formato o de un álbum, en la que “todas estas cosas acontecen en el transcurso de una sola noche...” O como Las pirámides de Egipto inscrita en un papel arrugado en el que se puede leer: “El pseudo-T. se había puesto a meditar acerca del principio empleado por los arquitectos que habían construido las pirámides. ¿Por qué son eternamente perdurables esas construcciones? Se preguntaba”. Quizá El hipogeo secreto es también una de esas novelas conjeturales que no prescinden de ejemplares de utilería.

Aunque era renuente a hablar acerca de sus libros, Salvador Elizondo sabía que la conversación podía ser una forma grata de literatura y algunos de sus textos adoptan ciertas maneras de la plática, en la que su ironía aguda importaba más que una complicidad, un juicio y una inteligencia. En sus conversaciones solía detenerse en minucias literarias, en evocaciones melómanas, en Joyce, en los toros, en el gardening y rememoraba anécdotas y tiempos que parecían legendarios; entre ellos su infancia en Berlín, en los años 30 del siglo pasado. Refería que su padre, que entonces era diplomático, había tomado diversas fotos en esa época que conservaba en álbumes y, en ocasiones, confesaba que había pensado en hacer un libro escribiéndole pies a esas fotografías. También recordaba cuando su padre había sido director de la productora de películas C.L.A.S.A., cuando había sido niño actor y había conocido a actrices como Dolores del Río y Miroslava, a actores como Rafael Inclán y Fernando Soto, Mantequilla, a directores como el Indio Fernández y Roberto Gavaldón. Menos como una confidencia que como un ensayo narrativo revelaba que quería escribir una historia similar a Elsinore, acaso su secuela, a partir de esos recuerdos, con esos personajes peculiares que pululaban en los estudios cinematográficos como las aspirantes al estrellato, los extras o el vendedor de casimires. Ya se había decidido por un título: C.L.A.S.A., por un principio: “Corre cámara... ¡Acción!” y por un final: el celuloide que se quema...

El martes 21de marzo de 2006, escribió en su cuaderno: “Plantamos las anémonas que trajo Pía. En mayo deben florecer. Nada nuevo aparte de eso. El temperamento también se pierde, se evapora, se diluye, se volatiliza”.

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