El fin de una mirada lúcida

Javier García-Galiano

Hay nombres en los que puede cifrarse una época; el de Pericles, por ejemplo, el de Queen Victoria, el de Porfirio Díaz. Otros pueden designar ciertas prácticas, como el del senador por Wisconsin Joseph Raymond McCarthy, que incitó lo que se conoce como macartismo, una persecución casi tan atroz como la ideología que supuestamente perseguía, o como el del Jefe Constitucionalista Venustiano Carranza, de cuyo apelllido se derivó el verbo carrancear, todavía en uso. Algunos como Rothschild o Fugger acaso importan un principio pecuniario, y del de un santo procede un comportamiento ejemplar: franciscano. Existen asimismo nombres que sugieren una leyenda, como Robert the Bruce, fray Sevando Teresa de Mier, Dillinger. Entre ellos no faltan los de escritores como el doctor Samuel Johnson, Torres Villarroel, Dostoievski, Joseph Roth.

También el de Malcolm Lowry parece legendario, no sólo por su azarosa biografía, sino porque sus lectores han hecho de sus libros, sobre todo de Bajo el volcán, una forma de iniciación, de culto cómplice, de devoción íntima que propicia descubrimientos incesantes, minucias reveladoras, frecuentaciones inagotables.

Algo de la leyenda de Raúl Ortiz y Ortiz procede de la traducción que emprendió de Bajo el volcán los primeros años de los años 60 del siglo pasado y que, como el libro de Lowry, desde que publicó sus primeras páginas, suscitó discordias y conoció detractores intrigantes, pero que no ha dejado de imponerse por su fidelidad al original sin traicionar al español que proviene de un gusto literario certero.

Raúl Ortiz y Ortiz, que murió el miércoles 27 de enero en el Valle de México a los 84 años, hablaba inglés con claridad y con el acento educado que se le atribuye a ciertas universidades del sur de Inglaterra. Fiel lector de Dickens, cultivaba la superstición por Londres, donde vivió como ataché cultural de la embajada de México, misión diplomática con la que también cumplió en París. La evocación literaria resultaba para él ineludible en las calles de esas y otras ciudades, donde frecuentaba placenteramente museos, galerías, salas de concierto, funciones de ópera, cinematógrafos, cafés, restaurantes...

A pesar de los años y las enfermedades, mantuvo una curiosidad que se revelaba en sus dos pequeños ojos negros brillantes. En su mirada podía adivinarse la serenidad, la lucidez, la generosidad que lo distinguían. Aunque descreía de las actualidades, no dejaba de depararse descubrimientos gratos, pero inexorablemente volvía a su admiración por los exiliados republicanos españoles, por Marcel Proust, por la escritura de Louis-Ferdinand Céline, al que le hubiera gustado traducir, por la música de cámara de Saint-Saens, por Cesar Frank, por su amigo Mario Lavista, por Billy Wilder, por Fritz Lang, por Murnau, por Shakespeare. Su leyenda también está hecha de sus disertaciones, públicas y privadas.

Quizá el placer indeleble que le producían esas supersticiones hacía que buscara naturalmente cómplices que participaran de ello. No resulta extraño que fuera un maestro, un conferencista, un conversador prodigioso. Fue un universitario ejemplar, leal al rector Ignacio Chávez. En la Universidad Nacional Autónoma de México, UNAM, dio clases y cumplió con diversas tareas; entre ellas, la de director de la antigua Escuela para Extranjeros, a la que invitó a Salvador Elizondo para que dedicara un curso a la poesía mexicana que se convirtió en el origen de la antología Museo poético.

Su biblioteca, su discoteca, su videoteca parecen infinitas y, como su cocina, propiciaban la conversación y la amistad. Raúl Ortiz y Ortiz era fundamentalmente un instigador de la amistad. Su erudición, su elegancia, su ironía, su agudeza, su debilidad por la comida, su manera serena de hablar y pasear convergían en ella. Se trataba, por supuesto, de un amigo que se mantenía fiel más allá de la muerte, como lo demostraba su afecto a Rosario Castellanos. Sus remembranzas perduran en sus amigos, que las evocaremos inexorablemente, como aquellas, no menos legendarias, de cuando hizo las veces de intérprete del general Charles de Gaulle en México —y, como un talismán, de entre sus libros y papeles, buscaba las libretas con las que se había ayudado entonces...

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