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Una sincera que mereció abundancia

Guillermo Sheridan

Una sincera que mereció abundancia

Es interesante la oración “Sí, merezco la abundancia” que, a pesar de hallarse en su diario privado, hizo enormemente pública la señora de todos mis respetos doña Karime Macías de la Sinllenadera, duquesa de Bienes Raíces y marquesa de Rascahuele, primera dama que fue, por matrimonio, del nunca suficientemente señor gobernador del tres veces estoico estado de Veracruz, Excelentísimo Don Javier Duarte de la Fuga y Polvorosa, barón de la Longaniza y príncipe de Melespelé.

Aunque la tal oración que la plebe mexicana ha leído estupefacta, en réplicas que mostró la prensa de aquel diario, repetida cientos de veces con caligrafía y tesón de colegiala en las páginas de un cuaderno lujosillo, la tal oración, digo, se encuentra lejos de ser, como han creído los ingenuos, una de esas frases vulgaras que pululan en los libros de autoayuda que suelen publicar escritores que se autoayudan escribiendo manuales de autoayuda para la pobre gente que necesita ayuda, y tanta como para no caer en la cuenta de que la primera ayuda que requiere es para saber que no debe gastar en libros de autoayuda y etcétera.

Pero resulta que no. No se trata de una simple oración incantatoria; tampoco es un bobalicón ejercicio de autohipnosis, ni mucho menos un mantra utilitario soplado por un gurú monetarista. No, no, no. “Sí, merezco la abundancia” es de hecho una divisa, la elegante divisa que figura oronda en el magnífico escudo nobiliario de la Casa de Duarte y Celulitis, casa mediocre y baladí como todas, pero que fue ascendida a rancia y ancestral y muy noble por algún heraldista que se dijo “Sí, merezco la abundancia” y si el gordito éste suelta la marmaja lo nombramos marqués y le preparamos un árbol genealógico fastuoso que lo haga descendiente directo de Felipe el Hermoso y Juana la Beltraneja, si paga lo adecuado, o hasta del mero mero Chindasvinto.

Y en efecto --como ya hemos hecho en otras ocasiones ante las más nobles casas mexicanas--, hemos localizado el escudo heráldico de la Casa de Duarte y Macías y Globular Cascajo. Presenta tres campos verticales en glauco, plata y gules –que es como la gente que merece abundancia dice “verde, blanco y rojo”— cada una con su respectiva letrota hasta formar el emplema PRI, sostenida cada una por dos cerdos copulantes que tienen una mazorca de maíz entrándole por el hocico y una memela de oro emanándole del recto. Y ahí, rodeando ese viril y tricolor escudo es donde figura la divisa “Sí, merezco abundancia”.

Esta divisa, obviamente, es a la vez una constancia y un proyecto, una aspiración y un juicio de valor. Es una divisa que, mucho más allá de la Casa Real que nos ocupa, bien puede sintetizar la fuerza histórica que ha movido desde siempre a las azules sangres mexicanas que se han cubierto de gloria, sobre todo a partir de la Reforma y, con particular energía, desde la Revolución triunfante, que multiplicó tanto a las familias nobles y a los apellidos de prosapia que cubren con sus sílabas eufónicas las más altas gestas expropiatorias del erario y privatizadoras de presupuesto público que enorgullecen a los altos timbres de que estoy ufano.

“Sí, merezco abundancia”. Divisa ejemplar que abrevia con tres palabras --verde, blanca y colorada-- la conciencia de que la propia abundancia tiene como consecuencia la carencia de lactancia para la mísera infancia y la impotencia de la ignorancia de tanta gente de triste apariencia que, por ser pobre no es rancia, presa de insignificancia y sin buena residencia, que malvive en emergencia a diferencia de gobernadores y diputados de demostrada elegancia y vasta circunferencia.

“Sí, merezco abundancia”… Ay, pobre señora gobernadora. ¿En qué lechos piojosos de qué mugroso hotel de cinco estrellas estará posando su epidermis jarocha? ¿Qué caldos insalubres estará deglutiendo en restaurantes de una sola estrella Michelin? Pobre, pobre: dada a la fuga por sincera…

Porque el noventa y nueve por ciento de la clase política mexicana practica el arte de merecer abundancia cada día, callada, discretamente. La única diferencia es que ella lo eructó con frenesí monjil con su plumita (suponemos que de elevado kilataje) en la hoja de su cuadernito, mientras que los otros –su marido y los demás miles y miles de nobles-- se lo repiten cada día pero en secreto, y después, claro está, actúan en consecuencia…

Nuestro país es muy ingrato, sobre todo con la gente sincera.

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