Armando Alanís Pulido

Élmer Mendoza

En México ha surgido una poesía que es fragor luminoso, que brota de la negrura y la beligerancia, que da pie con bola. Armando Alanís Pulido es un poeta que observa los acontecimientos, que se ocupa de su circunstancia y puede decir: “Yo recuerdo cuando el mundo no estaba marcado por el número de ejecutados.” Tiempo en que no existían listas negras y las bandas tocaban en las bodas o cumplían función en los motores, y las buenas ejecuciones sólo ocurrían en los conciertos de música clásica. Tal es lo que expresa el autor en su libro de poemas Balacera, prologado por Jorge Fernández Granados y publicado por Tusquets, México, en su colección Marginales, en marzo de 2016.

El prologuista señala aspectos notables de Balacera: “Su eficacia poética es la síntesis casi aforística”. Sin embargo, más allá de esa eficacia, es un libro sobre el dolor, sobre un país y una sociedad que se desgajan aceleradamente; un libro de un poeta fastidiado que no calla y que no teme subrayar: “Los de la letra/ deberían ser los poetas, no otros”, declara desde su firme creencia en un oficio que lo distingue entre los poetas mexicanos, donde su estilo es parte de su compromiso como poeta de su tiempo, en que señalar es preciso. En algunas páginas es un libro lleno de rabia, de impotencia, de incertidumbre: “Todos los muertos…/ cuentan más por necesitados que por llevados al extremo/ cuentan más (entiéndanlo contadores) por humanos que por muertos.” Celebro que Alanís nos dé ojos para mirar nuestro país de otra manera. Ojos que ven y que inducen al corazón a sentir y comprometerse.

Armando Alanís Pulido nació en Monterrey en 1969, es el creador del proyecto Acción Poética, que concibe al mundo como una página en blanco y manifiesta que, “sin poesía no hay ciudad”, y nosotros que sabemos que sin narrativa no hay calles, le creemos y brindamos con los ojos cerrados porque, como él dice, “la interpretación es la única ilusión completa”, y ese es otro de los valores de sus versos: funcionar como tablero de advertencias, en una relación real y estremecedora, con lectores que en algunas horas del día necesitamos que alguien nos explique qué está pasando, cuál es nuestro papel en este entramado de infamias y de qué manera nos sumamos a Sicilia, que ya está hasta la madre de las costras sucias que deja la injusticia. Definitivamente, leyendo a Alanís, sentimos que el lenguaje nos da el poder que Dios nos niega.

La ironía es un arma de doble filo, “el hoy occiso murió lleno de vida y todo lo bueno y lo malo que hizo en su vida nadie se lo reclama porque nadie distingue la diferencia,” apuntala el poeta que apuesta a sus razones más que a la belleza de sus versos. Con dedicación se esfuerza en pintarnos un mundo que vemos todos los días y que no pocas veces nos empeñamos en ignorar, ¿de dónde acá la poesía es sólo líneas perfectas? Alanís intenta una estética de la crudeza que induce no sólo admiración por su maestría en el verso sencillo, sino por el cúmulo de sacudidas que sufre quien desea que la vida de México sea memorable por razones sin muertos; en el apartado Chulas fronteras, parafrasea unos versos del Piporro, que vale la pena leer y constatar cómo la transformación de las ciudades mencionadas es espeluznante: Tijuana, Ciudad Juárez, Laredo, Matamoros y Reynosa, ahora escriben sus nombres con letras rojas y no son comunistas.

“¿Cómo se defiende un poema a sí mismo?” De la misma manera que un hombre: Escapando de trampas, reinventando destinos y sorprendiendo puertas y paredes que apuestan todo a los relojes. Armando Alanís protege muy bien sus nichos de gelatina, “tengo la costumbre despiadada de pensar que también estamos expuestos al amor”, declara y su mirada es la montaña verde donde habitan los duendes; “hay una rebelión en la quietud con que me miras”, confiesa, con el ánimo de ejercer uno de los poderes que lo fortalecen antes de trasponer la puerta de la calle, consciente de que “la sabiduría de la aniquilación es la incontable ausencia de sentido.” Claro, el mundo está lleno de locos que en nada se parecen a don Quijote.

Balacera, de Armando Alanís Pulido, es un libro valiente, escrito cuidadosamente, alejado del panfleto, que enriquece la poesía mexicana contemporánea. Cada poema es un ente vivo que habla claramente y mira a los ojos. Posee ligereza como virtud, como una manera de tratar con rapidez un tema que pudiera hallarse en el pensamiento de todos pero no sabemos cómo podríamos externarlo. Es un sueño, y también una mano abierta que nos saluda, ya lo verán.

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