Iris García Cuevas

Élmer Mendoza

¿Cuánto pesa una sentencia de muerte? Es la provocadora pregunta que respalda el título: 36 Toneladas, de la novela de Iris García Cuevas publicada por Zeta, Ediciones B, en enero de 2011, en México DF. Es una novela negra donde el estado de Guerrero, su violencia extrema y en general nuestro país, están representados en una historia donde la búsqueda de sí mismo lleva al protagonista a evidenciar los pactos no firmados entre las fuerzas del orden. Por un lado los que juran todos los años defender el país de cualquier invasión, y por el otro los encargados de aplicar las leyes dentro del territorio nacional. Desde luego, entre más alto es el rango de los implicados más comprometedor es el pacto.

Iris García Cuevas, que nació en Acapulco en 1977, es una narradora sorprendente. Sabe calibrar el discurso de tal manera que el sentido emotivo se percibe con una frecuencia sosegada y creciente; con ello consigue que el efecto sea prolongado y el lector avezado elija no suspender la lectura hasta que su ego de buscador de historias se satisface. Sin este elemento narrativo la novela negra es otra cosa, y es una celebración que esta narradora, que ha confiado a F.G. Haghenbeck que pronto nos entregará una nueva novela, sea tan correcta y efectiva, a la vez que nos comparte un Acapulco muy parecido al real, con su sensualidad, su violencia doméstica y su papel en el narcotráfico internacional.

Los narradores mexicanos que han elegido contar el país, la parte que está en vilo y que ningún gobierno podrá ocultar jamás, desarrollan un arte que va más allá de las palabras, porque es una narrativa cuya temática no se puede dejar de lado, y me consta, que la única pretensión social es que disminuya la cantidad de delitos, algunos tan graves que Iris García Cuevas predijo en 36 Toneladas, un título espectacular que en algún momento deja de ser un misterio, no así los días que Roberto Santos va deshojando para saber quién es y qué hizo para hallarse en esa confusión tan extraña. Está internado en un hospital custodiado por la policía, acusado de un delito que no tiene presente haber cometido como tampoco recuerda si tiene familia. Se escabulle del hospital auxiliado por un simpático detective aficionado, pero no consigue escapar del Hombre de las gafas oscuras: el agente que lo tortura con sus preguntas y afirmaciones, que lo acompañará de lejos en el recorrido para saber quién es. En Acapulco averigua su domicilio, donde encuentra una mujer hermosa con la que hace el amor, aunque ella no está segura de que sea su marido. Bueno, su cara ha sufrido cierta transformación que les toca descubrir.

Poco a poco irá armando una historia donde están presentes policías, militares, periodistas y mujeres que viven al día. El asunto avanza despacio hasta que topa con una banda de jóvenes que lo llevará a la parte culminante de la intriga. La novela sigue una línea narrativa básica que trata de la historia de Santos, y otra donde se expresan los perfiles de los otros personajes importantes. En la mayoría de los capítulos hay disparos y no se deja fuera el destino de algunos inocentes que en un Guerrero convulso terminan pagando por algo que no han hecho o que fueron inducidos a cometer delitos dentro de la prisión para salvaguardar a la familia, “nunca hables del asunto o tus hijos se mueren”.

36 toneladas es una novela emocionante que entre la ciudad de México, Acapulco y Chilpancingo resuelve cada uno de los enigmas que plantea. Mantiene un equilibrio en el lenguaje, en la descripción del entorno y una manera exacta de crear acción sin caer en lo grotesco. La autora conoce el género y se mueve en él como corriente marina. Los capítulos son breves, de tal manera que la novela fluye desde la primera página hasta la última. En una literatura emergente como la policiaca mexicana no hay lugar para juegos extraños y García lo asume.

Iris García Cuevas es una escritora comprometida. Cada una de sus páginas informa de una creadora que cuida el oficio y que avanza lenta pero segura hacia la madurez. La presente obra es una pieza interesante, de un realismo descarnado y desesperante, que para beneplácito de sus lectores, ya forma parte de la literatura mexicana contemporánea, esa que no da concesiones y no teme crear prototipos que cargan la descomposición en sí mismos. Sé que la apreciarán como se merece, y reflexionarán en la propuesta de Luis Felipe Lomelí que dice: “Cada que escribimos fin también escribimos esperanza.” A poco no.

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