Cuando terminó el milenio, me entrevistaron sobre cuál era el hecho cultural más relevante del siglo XX, aunque usted no lo crea, no se me vinieron a la mente ni El llano en llamas de Juan Rulfo ni Cien años de soledad de Gabriel García Márquez, sino que de inmediato contesté sin titubear: el choque cultural provocado por la globalización que se ha llamado neonomadismo, en alusión a las migraciones prehistóricas, allá cuando el homo sapiens se encaminó a poblar las regiones habitables de la tierra.

El migrante viaja con su cultura a cuestas, de la cual mencionaré dos aspectos fundamentales, su comida y su lengua. Al llegar, choca, en primer lugar, con la cultura receptora, pero orillado por los bajos salarios se ve confinado a ciertas zonas de las ciudades que son habitadas, por las mismas razones económicas, por marginados de otros países. Las corrientes migratorias provienen, por decir algo al azar, de Ecuador, El Salvador o Haití, pero allá, en el otro lado, en Estados Unidos, se encuentran también con españoles, polacos o rusos. Por no decir los que ya viven allá desde hace rato, como irlandeses, suecos o alemanes. No sólo eso, los migrantes mexicanos provienen de estados como Zacatecas o Guerrero, no digamos de Oaxaca o Michoacán, que son un mosaico de raíces indígenas. Se dice fácil, pero trate de vivir en medio de una mezcla tal de visiones del mundo, de costumbres diversas. Una cultura, como quien dice, en aluvión, con sedimentos de muchas otras.

Me encandila escuchar palabras recién nacidas como Puebla York o Chicagotitlán, pero me escalofrío cuando leo que el vecino del Norte reúne la mayor migración del mundo y que México es el mayor exportador de migrantes del planeta o que 31 por ciento de los municipios de nuestro país sufren de despoblación.

La cultura de México es equiparable a la egipcia, a la griega, a la de la India. En cultura, somos primer mundo: desde las cabezas olmecas hasta los murales de Diego Rivera. Por eso, Carlos Fuentes, al reflexionar sobre las culturas fronterizas o culturas fusión, barruntaba, no sé si con excesivo optimismo o ánimo visionario, que, por la fuerza de nuestras culturas, vamos a ser, como los antiguos griegos, los que conquistemos culturalmente a estos nuevos romanos. También Fuentes, medio en broma, imaginaba que íbamos a convertirnos en Mexamérica. Ya en serio, y cuando los historiadores comienzan a escribir historias continentales y no por países, ¿sobrevivirá México a la globalización o más precisamente al neoliberalismo?

En La Joya, el profesor Alex Zaragoza me invita rumbosamente a comer unos camarones en crema de jalapeño que se considera platillo mexicano ¿será? Los poetas y novelistas chicanos escriben en espanglish, mientras los teóricos debaten si se trata de una nueva lengua o de la fusión de dos, yo sólo puedo atestiguar que el lector tiene que ser bilingüe. La pintura chicana recupera símbolos como la Virgen de Guadalupe, pero sobre todo nace híbrida al mezclar lo culto con lo popular, al expresarse en los automóviles adornados de forma charra (recargada) y en la llamada cultura del barrio. Lo chicano es sólo parte, no hay que olvidar, que México es un país pluriétnico, plurilingüe y pluricultural.

El señor Fukuyama postuló el fin de las ideologías, se le olvidó que la globalización iba a traer la más nefasta de todas: el racismo. En la posmoderna torre de babel ya asoma el huevo de la serpiente.

Profesora de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM e Integrante del Centro de Análisis de Coyuntura Económica, Política y Social, caceps@hotmail.com

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