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Treinta años no es nada

No se trataba de un “ser o no ser”, sino algo más inmediato, un dilema ético que resuelto nos condenaba a la invisibilidad
22/09/2015
21:26
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Recuerdo no preciso cada minuto de aquel día de hace 30 años (estaba yo embarazada de siete meses de mi querido Juan), el olor en las calles, la réplica y el miedo, más lo que se desencadenó en los siguientes meses, que fue de alguna manera el equivalente social: se desplomaron instituciones o costumbres enclavadas a base de falsedades, corrupciones, desidias, o sin el necesario cimiento. La nefasta herencia de corrupción del lopezportillismo, los mensajes cruzados del echeverrismo, la consistencia arenosa de una ciudadanía indiferente: se obligó al cambio.

En esa temporada de la vida, Alejandro Aura y yo trabajabamos unas 30 horas diarias —con sus adyacentes— girando alrededor de la Plaza de la Conchita en Coyoacán, en el teatro-bar El Cuervo, que el destino nos había puesto en las manos vía Jesusa, Liliana y Horacio Acosta. Ellas se habían enfrascado en la aventura de montar el Don Juan de Mozart que terminaría siendo su inolvidable, bellísima Donna Giovanna. Por esto no se daban abasto, ya no querían El Cuervo. Cayó en nosotros porque Alejandro tenía en la cúspide el éxito de su obra Salón Calavera, porque el sindicato de actores independientes no tenía espacios para que trabajaran los agremiados. La gran suerte que tuvimos fue que esto ocurría en un momento maravilloso de la vida cultural y social de la ciudad de México.

En el epicentro de la efervescencia creativa ochentera ocurrió el terremoto. Fue un poco antes de que Jaime López se presentara en el programa del monopolio televisivo que le daría mayor exposición, y que provocaría enfado mayúsculo entre sus seguidores habituales. “López cambia a Pepsi” pintaron en la barda de El Cuervo (de la Conchita) la misma noche de su presentación en la pantalla. Sus siguientes apariciones en El Cuervo —que siempre habían estado a reventar— se quedaron prácticamente vacías. El público lo castigaba por exponerse.

Hasta la fecha, aunque la comprendo, no comparto esa posición autófaga. Veíamos al monopolio televisivo como al monstruo de la película, porque era el brazo único del control estatal de los medios, la represión vestida de noticia, la mordaza con cara de pókar-zabludowska. Para nuestro círculo, aquello era el Mal encarnado. Pero era también la única manera de romper con la cadena que nos cercaba, una cadena viva, una amiba que jamás se cansaba de comer(nos), una perfecta cerca aislante. Asfixiante.

Fuimos muy firmes en nuestra posición. Nos sostuvimos frente a un dilema que no permitía salida alguna y que era nuestra trampa. No se trataba de un “ser o no ser”, sino algo más inmediato, un dilema ético que resuelto nos condenaba a la invisibilidad.

Los “buenos” de entonces decidimos quedarnos invisibles, optamos por ser fantasmas. El terremoto zarandeó el modelo cultural de resistencia autófaga, aunque no lo suficiente. Pero algo hizo: de no ser por éste, entre otros, Eugenia León no hubiera roto el cerco en el festival de Valparaíso. Su calidad, y el genio del compositor (Marcial Alejandro, El fandango aquí) son un hecho. Otro es la inercia de la fama. Y Eugenia, por suerte, por suerte nuestra, pudo acceder a ésta. Después no hubo el entusiasmo de los suyos para levantarla aún más, para llevarla al cielo merecido, como la merecían y merecen otros y otras de esa generación. Las carreras artísticas se producen, se acunan en grupo.

El terremoto desperezó virtudes sociales que habían estado paralizadas. Fue una tragedia fértil. Es detestable la idea de que la tragedia y la muerte produzcan renacimiento social —bien que pase entre animales, pero para algo somos personas, cada una de nosotros irreemplazable, como aquellos más de 6 mil que murieron en el 85, por no hablar de los bastantes más de 100 mil cadáveres acumulados en la peripecia absurda de cuidarles a los norteamericanos la libre transportación de sustancias psicoactivas para su recreación o suicidio. México somos su puente, pavimentado con cuerpos humanos, las víctimas de su política hacia las drogas. Y entre las víctimas, como suele ocurrir, brotan los que se aprovechan. Entre otros, aquellos que quieren, desean, intentan y esperemos no consigan revertir los efectos positivos del 85.

Carmen Boullosa, novelista, poeta y dramaturga, premios Xavier Villaurrutia, Liberaturpreis de la Ciudad de Frankfurt, Anna Seghers de Berlín, y Café Gijón, y cinco NY EMMYs.

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