Nuestros son los muertos

Carmen Boullosa

Hace unos días, en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, participé en el Festival Eñe (convocada por Manuel Rivas, director en turno), en un diálogo con Raquel Robles, novelista, Premio Clarín, hija de desaparecidos —tenía cinco años cuando con su hermano de tres presenció el secuestro de sus padres—, fundadora y militante de H.I.J.O.S. (“Hijos e hijas por la Identidad y la Justicia contra el Olvido y el Silencio”), y de la causa Campo de Mayo, donde, explica Raquel, “estuvieron secuestrados mis padres”. Según los informes de testigos en la prisión, Celia Pasatir —mamá de Raquel— estaba embarazada, dio a luz en cautiverio a fines de 1976; no se sabe el destino de el segundo hermano de Raquel.

Estas son las palabras con que H.I.J.O.S. explica su causa: “Exigencia de justicia, la necesidad de reconstruir la historia personal, reivindicar las luchas de nuestros padres y madres” y de los 30 mil detenidos-desaparecidos, más “la exigencia de la restitución de la identidad de nuestros hermanos apropiados”.

Organizaron escraches para señalar a los impunes —escrachar es romper, destruir, aplastar, y también fotografiar a una persona—, presentándose en el domicilio de los asesinos, torturadores, o los orquestadores del crimen de Estado a quienes Menem había regalado el indulto. En algún comunicado de H.I.J.O.S., Raquel Robles escribió: “Todos debemos indignarnos si algún genocida anda libre”.

El diálogo que hubiera querido tener con Raquel Robles era sobre su labor de Antígona hija —la Antígona de Sófocles es la hermana del caído—, ahora que en México tenemos miles de Antígonas madres, padres, familiares que reclaman a sus desaparecidos, que quieren saber sus paraderos o que les entreguen los cuerpos de sus seres queridos para darles humana sepultura, y que exigen esclarecimiento de los hechos y justicia. Quería, pues, un diálogo entre dos escritoras de dos generaciones distintas y dos polos del “continente” latinoamericano, la Argentina y México. Al sur, la que pasó la infancia despojada de sus padres por la criminalidad del régimen militar argentino. Al norte, la mexicana que, saliendo de la adolescencia vio llegar al país a los que acogíamos con los brazos abiertos, y que hoy presencia lo que jamás imaginó ocurriría: México en el centro de la violencia, donde ocurren las desapariciones, donde los ejércitos entrenados para aterrorizar, donde las torturas, donde las fosas. Pero no podemos hablar de las “luchas” políticas de nuestros detenidos-desaparecidos, o de sus “causas”, sino las más de las veces de la casualidad, de haber estado en un momento azaroso en el lugar equivocado, (en muchos casos) sin ton ni son, criminalizados por la “justicia” estatal. La complicidad del Estado mexicano en esta tragedia es diferente de lo que fue la del argentino; la voluntad asesina no es voceada, explícita y frontalmente por el Estado, ni proviene orquestada desde un sólo poder central, pero no es una responsabilidad menor. La complicidad es barroca, silenciosa, siniestra, porque el crimen organizado no divide su coto de poder, se expande con las filas amigas de aquellos que cobran también tajada por labores burocráticas, policiales, organizativas, de vigilancia. Porque el Estado no ha atacado de raíz los orígenes de la violencia: el prohibicionismo, la miseria y la falta de oportunidades, el tráfico de armas de alto poder.

Nuestras y nuestros Antígonas mexicanas, arriesgando el pellejo como la de Sófocles, reclaman cuando aún reina la violencia —la Antígona de Sófocles busca la sepultura de su hermano cuando el ejército enemigo ya se replegó, mientras que aquí las tropas enemigas no pueden “replegarse” porque el enemigo es de casa, como lo fue en el caso argentino (y no olvidemos en ambos casos el papel estadounidense)—.

Nos hace falta nombrar a todos las y los Antígonas mexicanos muertos (como Marisela Escobedo, Juan Nepomuceno Moreno), ellos sí por su causa (enterrar y hacer justicia a sus muertos). Al sur, los que han exigido justicia y la necesidad de reconstruir la historia personal, como Raquel Robles, escriben, tendiendo un puente al futuro para su hijos, vivos y con memoria.

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