Betsy contra lo perverso

Carmen Boullosa

Es una cantante que ha perdido la voz. Pero Betsy sigue cantando con sus murmullos, con una belleza como ninguna, conmovedora, juguetona: en ella no cabe el lamento

“El influjo de lo perverso ha devorado la civilización, el orden institucional, el bien común”, escribe Sergio González Rodríguez en la introducción de su último libro, Los 43 de Iguala.

(Sobre Ayotzinapa, a la luz del reporte del domingo: quiero creer que el Estado reaccionará, y no sólo de dientes para afuera, después del informe presentado por la CIDH, Comisión Internacional de Derechos Humanos. El diagnóstico presentado demuestra, sin dar espacio a la duda, la directa intervención del Estado en los actos de violencia de la noche terrible, tanto del gobierno municipal, como de Guerrero y del poder federal. De no hacerlo, el costo para México será simplemente incosteable. Si el Estado deja pasar su co-responsabilidad en el horror, como si éste fuese una acción aislada o una acción de otros —ignorando las fosas en Guerrero, los desaparecidos en el país, la impunidad, la colusión del aparato de gobierno con el narcopoder— sería lo mismo que aceptar ser insostenible moralmente).

“Lo perverso” de que habla Sergio González Rodríguez incluye también la destrucción, en Siria, de Palmira, y el martirio, decapitación y sacrificio de su arqueólogo y custodio moral, Khaled al Asaad. Mientras escribo, observo su fotografía. Al Asaad posa junto a un sarcófago que tiene, como Palmira, más de 2 mil años de edad. Ver esa pieza de siglos atrás nos da sentido. Pero no ha sido para arrebatarnos este sentido que los terroristas de EI (Estado Islámico) decapitaron al custodio de la memoria, sino para sacar provecho, o (como alguien diría más púdica pero impreciso), para hacer un gran negocio. Los bienes de Palmira, invaluable tesoro, imponderable su intercambio comercial, han sido mercados internacionalmente por zopilotes del bien común que usan el escudo ideológico para avanzar en su cruzada de terror. La cruzada de terror necesaria para implantar el “influjo de lo perverso”, para devorar la civilización, e implantar el imperio de la barbarie.

Contra la inercia de que nos habla Sergio González Rodríguez, contra el común devorador de la ética pútrida ambiente, se alzan voces (como la del mismo Sergio). Entre éstas, la de Betsy Pecanins, que no nos grita: musita su auténtica belleza, convocando para hacerlo a otras artistas. Hace unos días, en el Teatro de la Ciudad, Betsy Pecanins nos regaló como un ave fénix el milagroso concierto Ave-Phoenix, autobiografía (nació en Phoenix Arizona), memoria, historia por la captura que hace de una generación, el concierto fue un testimonio sobre la excepción de su vida, conjuro de males físicos, invitación al placer y la risa, y nos invitó a sentir la excepcionalidad de toda persona.

Betsy no sólo ha hecho de la debilidad su fuerza y su belleza, y motor para su composición musical, energía y alimentador de su talento. Su talento (su alegría vital) le ha llevado la contra a adversidades que parecerían imposibles de remontar. Para empezar porque es una cantante que ha perdido la voz. Pero Betsy sigue cantando con sus murmullos, con una belleza como ninguna, conmovedora, juguetona: en ella no cabe el lamento. Todo en Betsy Pecanins es música felizmente: risa o lágrima, alegría y silencio.

Su aparición en el escenario brilló con la colaboración de otras reinas, Regina Orozco, Verónica Ituarte, Iraida Noriega, la joven Elena Garnes, extraordinaria, y el estable elenco de su propio grupo, con intérpretes talentosos, Julia González Larson, Mónica del Águila, Jorge García Montemayor, Felipe Souza, Alfonso Rosas, Héctor Aguilar.

Escribió la poeta estremeña del XIX, Carolina Coronado (tía de Ramón Gómez de la Serna, autor de un texto sobre ella):

dando por destino al ser humano

atizar el carbón de su caldera

Betsy Pecanins no quiere responder a la inercia de nuestro tiempo —de nuestro temible, espeluznante tiempo—, no acepta seamos los que atizamos el carbón de la caldera donde incineramos a nuestros pares, nuestra alma y nuestro ser. Confío, generoso lector, que tampoco sea su deseo; que aceptar ser el carbón de la caldera donde quemamos a los nuestros —así sea mentira, para ocultar a saber qué— le resulte a usted también inaceptable.

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