La muerte de ‘Arturo’

Arnoldo Kraus

La esquela de Arturo —no la tendrá—, debería decir: “Arturo. Oso polar. 1985 (Estados Unidos) – 2016 (Argentina). Su epitafio —no lo tendrá—, debería decir: “Murió por soledad. Lo mató el ser humano”.

Arturo, el último oso polar de Argentina falleció hace una semana en Mendoza. En Mendoza las temperaturas oscilan entre ocho y 30 grados centígrados; en el Ártico las temperaturas suelen llegar a menos 50 grados centígrados. El hábitat natural de Arturo era el Ártico; fue trasladado al zoológico de Mendoza cuando tenía ocho años. Las notas periodísticas que dan cuenta de su muerte retratan fragmentos de su calvario: “…desde hacía cuatro años vivía en la más absoluta soledad: su compañera Pelusa murió en 2012”; “…los medios lo bautizaron como el animal más triste del mundo”; “…el ambiente desértico y los calurosos veranos en esta ciudad no podían ser más opuestos al frío y húmedo hábitat de esa especie, por lo que el oso polar se refugiaba en su jaula con aire acondicionado”. Arturo, un animal no humano, murió fuera de su ambiente; en lo que va del año, 70 animales han fallecido en el zoológico de Mendoza.

La historia de Arturo se concatena con incontables sucesos similares. Fuera de casa, los animales no humanos, capturados y enclaustrados en espacios inadecuados, sufren todo tipo de vejaciones, inimaginables para quienes piensan que los animales no padecen o “sienten diferente”, y preclaras para quienes, desde la ética, consideran que los animales no humanos merecen trato digno.

Zoológicos, delfinarios y acuarios son hábitats antinaturales; los circos son parte de ese eslabón, mientras que las peleas de gallos y de perros y las corridas de toros son el culmen de las violaciones contra los animales. En una entrevista reciente, J. M. Coetzee externaba sus dudas con respecto al concepto de “derechos de los animales”. Y agregaba: el derecho más importante es el derecho a la vida.

La violación de los derechos de los animales cambiaría si los humanos apreciáramos de otra forma nuestros deberes hacia ellos y hacia la Tierra. Deber como principio ético; deber como compromiso humano hacia los animales no humanos. Incontables ecologistas y personas preocupadas por la Tierra han advertido desde hace siglos sobre la explotación irracional del ser humano de los recursos terráqueos y han subrayado los infinitos maltratos y asesinatos de animales.

De poco han servido esas advertencias; las actividades depredadoras del ser humano no tienen límite. El cambio climático y la desaparición de incontables especies animales es responsabilidad humana. Encerrar animales a miles de kilómetros de sus tierras,
aislarlos, alimentarlos de otra forma y exponerlos a la mirada continua de personas es una actividad humana desprovista de humanidad.

Gracias a etólogos, ecólogos y eticistas preocupados por la vida de los animales no humanos, sabemos que mamíferos y aves poseen conciencia. Sabemos también que humanos y chimpancés compartimos 99% de la información contenida en el ácido desoxirribonucleico. Poseer conciencia y material genético similar al nuestro debería modificar las conductas humanas hacia nuestros congéneres. Negar el sufrimiento de animales encerrados es absurdo.

La muerte de Arturo y otros animales innominados en el zoológico de Mendoza aviva otros sucesos. Por ejemplo, la execrable fotografía del entonces reyezuelo español, don Juan Carlos, en Botsuana, quien posa triunfante junto con su compañera asesina, rifles en mano, al lado de un elefante recién muerto. O bien, las historias de las orcas encerradas en acuarios en Orlando y Tenerife que han matado a sus entrenadores y a quienes la prensa llamó orcas asesinas.

Desde el punto de vista económico es inútil cuestionar las funciones de zoológicos y acuarios. Desde la ética es imprescindible hacerlo. Explicarle a los niños el sufrimiento de los animales encerrados, su soledad, el dolor del desarraigo y el maltrato al que son sometidos es fundamental. Esos sinsabores pesan más que la alegría o las supuestas enseñanzas al verlos enjaulados.

El suceso reciente en el zoológico de Cincinnati, Estados Unidos, donde el gorila Harambe fue asesinado a tiros después de arrastrar a un niño que había caído a su recinto, sin dañarlo, reaviva las discusiones éticas de mantener a animales en cautiverio. Harambe fue asesinado debido a la irresponsabilidad de los padres del niño. No sabemos si Harambe acunaría al niño o lo maltrataría. Tres días atrás, murió en el zoológico de Chapultepec el último gorila en México. Bantú falleció tras haber sido sedado con el propósito de
trasladarlo a Guadalajara. Las autoridades ignoran la causa del deceso.

La mala muerte de Arturo, en soledad, aislado en una pequeña jaula provista de aire acondicionado, debería ser acicate para discutir acerca de la ética de los zoológicos.

Notas insomnes. Es más prudente hablar de deberes humanos hacia los animales y no de derechos de los animales.

Médico

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