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El tercer capítulo de la Guerra Civil tuvo aroma a fiesta escarlata. Los Diablos Rojos del México no dejó escapar la oportunidad de firmar la barrida sobre Tigres de Quintana Roo y, frente a su gente en el Estadio Alfredo Harp Helú, armó una exhibición ofensiva para imponerse 15-7 en un duelo que confirmó algo: el orgullo también pesa en el diamante.
El mensaje llegó desde el amanecer del juego. La novena capitalina salió al terreno con el bat encendido y aprovechó una salida accidentada del abridor felino Brady Tedesco, quien jamás encontró el control del daño.
La primera entrada cayó como una tormenta escarlata sobre los Tigres. Robinson Canó cruzó el plato de caballito tras base por bolas a Julián Ornelas, pero apenas era el aviso. Carlos Pérez apareció con un doble productor que vació los senderos. El receptor remolcó tres carreras y, gracias a un error en el tiro del jardinero central Miles Simington, hasta alcanzó la antesala. José Marmolejos coronó la rebelión con elevado de sacrificio para colocar el 5-0.
EN el quinto episodio los escarlatas recordaron que todavía tenía cuentas pendientes. Otra vez Carlos Pérez respondió al madero con sencillo productor para el 6-0.
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Tigres se negó a morir en silencio. En la sexta alta, Phillip Ervin sacudió a los locales con un sencillo productor de dos carreras y por un instante pareció que el duelo tendría suspenso. Pero los Diablos respondió casi de inmediato, porque un error de Enrique Castillo abrió la puerta y Robinson Canó aprovechó con sencillo productor para restaurar la tranquilidad.
La visita insistió en la octava entrada. Ervin volvió a producir y Carlos Castro empujó otra con elevado de sacrificio.
Diablos guardó pólvora para el cierre. En la octava baja explotó un rally de siete carreras que terminó por derrumbar cualquier esperanza bengalí. Moisés Gutiérrez abrió la fiesta, Jon Singleton aportó con doblete, Carlos Pérez siguió su tarde brillante, Ramón Flores empujó dos más y Franklin Barreto puso el último golpe sobre la mesa.
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Tigres maquilló el daño en la novena con jonrón de Diego Madero y algunas carreras adicionales, pero el ataúd ya tenía demasiados clavos.
La Guerra Civil terminó teñida de rojo. En el Alfredo Harp Helú, los Diablos recuperaron la sonrisa, ganó confianza y, de paso, recordó a su rival histórico que en esta ciudad nadie regala el orgullo.
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