Educación, lo único camino a la mejoría, decía Miguel León-Portilla
Foto: Archivo El Universal

Educación, único camino a la mejoría: Miguel León-Portilla

01/10/2019
21:50
Redacción
Ciudad de México
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Héctor de Mauleón, colaborador de EL UNIVERSAL, habló con el historiador en julio de 2005 en el marco de la entrega del Premio a la Excelencia de lo Nuestro

El historiador, antropólogo y lingüista Miguel León-Portilla mereció el 7 julio de 2005 el Premio a la Excelencia de lo Nuestro de la Fundación México Unido. Héctor de Mauleón, periodista y colaborador de EL UNIVERSAL, lo entrevistó días antes de la ceremonia de recepción y se obtuvo la siguiente entrevista que se publica en honor al experto en literatura náhuatl.

MEDIO SIGLO IMPULSANDO LA HISTORIA

Aquél le parece ahora otro mundo. Como si la época colonial no hubiera terminado; como si Justo Sierra e Ignacio L. Vallarta no hubieran muerto: la gente se inventaba antepasados españoles como una forma de suavizar el desprecio que los rasgos indígenas provocaban en “los otros”. Se pensaba, como en el siglo XIX, que no había indio mejor que el indio muerto. Miguel León-Portilla (1926) acababa de volver a México luego de cursar estudios de filosofía en la Universidad de Loyola, en Los Ángeles, y un día, de pronto, tuvo entre las manos una traducción de poesía náhuatl, realizada por el padre Ángel María Garibay.

“Cuando vi esa traducción quedé impresionadísimo, porque yo había leído a los griegos, había leído a Platón, y me dije: ‘¡Qué barbaridad, aquí están los presocráticos en términos indígenas!”, recuerda León-Portilla medio siglo después, en su cubículo del Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM.

Esa tarde, el joven egresado de filosofía visitó al padre Garibay para decirle que quería conocer todo sobre la literatura náhuatl. De ese modo, sin saberlo, siguiendo una tradición que venía de fray Bernardino de Sahagún y pasaba por Francisco Xavier Clavijero, León-Portilla se afilió al humanismo.

Más de medio siglo después, tras una vida entregada al rescate de la “palabra antigua”, a través de la investigación, la publicación de obras, la docencia y la creación de instituciones de apoyo a las lenguas y las culturas indígenas, el historiador, antropólogo, y lingüista mexicano recibirá mañana el Premio a la Excelencia de lo Nuestro, que otorga la Fundación México Unido.

“Lo diré en mi discurso: el que habla de unión habla de diferencias, porque si no hubiera diferencias no habría nada qué unir. Yo he dedicado mi vida a creer en las diferencias”. 

—Y sin embargo, seguimos viviendo en un país que desprecia las diferencias...

—Yo veo las cosas de este modo: las distintas lenguas son como un coro para mirar el mundo desde diversos puntos de vista. Así son las culturas. El mundo se empobrece cuando se pierde una lengua o una cultura, y se empobrece también cuando todo se uniforma en modo alguno.

En México, las lenguas han sido objeto de tal desprecio que muchos indígenas tenían vergüenza de hablarlas en público.

—En los años en que usted inició sus estudios casi nadie usaba esa palabra: "diferencias".

—Se usaba poquísimo y era vista como un riesgo. Yo tuve la fortuna de tener dos grandes maestros: Manuel Gamio y el padre Garibay. Gamio era pariente mío. De niño iba con él a las pirámides y luego trabajé con él en el Instituto Indigenista Iberoamericano. Él me inició en algo muy importante: “No pienses nada más en el indio muerto”.

—¿El alzamiento zapatista de 1994 fue la demostración de que, a pesar de todo, hemos seguido pensando sólo en el indio muerto?

—Gamio estaba dando la lucha desde principios de siglo. Garibay lo hacía también a su modo, rescatando la riqueza cultural indígena. Pero fue necesario el aldabonazo de los zapatistas para que la gente comenzara a pensar que había indios en México.

—¿Nos ha llevado a algún lado esa visión?

—Durante mucho tiempo, en el Museo de Antropología, las salas principales eran las de abajo: las de los indios muertos. Había un desprecio terrible. Y había incluso próceres de nuestra historia, prefiero no decir quiénes, que pedían acabar con los dialectos porque no servían para nada y eran causa de atraso. Hoy las salas de arriba, las de los indios vivos, están un poco mejor, y eso es una señal de que en algo hemos avanzado.

—Ese prócer del que hablaba hace rato...

—¡Era Justo Sierra! Y claro, en su mentalidad positivista cabía todo eso.

—¿Está, pues, de acuerdo con ‘el aldabonazo de los zapatistas’?

—La violencia me pareció desde un principio muy lamentable. Pero las demandas formuladas por los indígenas, que cristalizaron en los acuerdos de San Andrés Larráinzar, puedo suscribirlas totalmente. Lo que me da tristeza es que si bien el presidente Vicente Fox envió los acuerdos a las Cámaras, las Cámaras banalizaron y modificaron todo hasta convertirlo en una especie de burla. Mejor no hubieran hecho nada: es lamentable lo que hicieron los legisladores.

—¿Politizar Chiapas?

Mucha gente piensa que la autonomía es un intento de soberanía, que se va a fraccionar México, y esos es una tontería. De hecho, hay grupos autónomos, como los yaquis. La UNAM es autónoma y el rector no es ningún rey: lo único que hace es organizarla para que funcione. Y nadie, en este sitio, quiere ser soberano: la soberanía del pueblo se ejerce a través de los poderes. Me parece injusto que un estado tan rico tenga a los mexicanos más pobres. Esto no quiere decir que echen al mar a los que no son indios, pero debemos recordar que estos son los indios más antiguos, los originarios.

—El problema se iba a resolver en 15 minutos...

—Esa fue una afirmación gratuita. Pero, otra vez, el Congreso se empantanó. Si una fracción dice “a”, la otra dice “no a”, sólo por contrariar, por seguir intereses que no tienen que ver con el bien del país. El subcomandante Marcos habla de darle un sesgo político al asunto de Chiapas, y me parece que por ahí puede estar la solución.

—Usted lleva medio siglo impulsando la historia, pero la memoria está cada vez más arrumbada. Había incluso el proyecto de suprimir de las escuelas el estudio de la historia... ¿Cómo se siente?

—La historia no es un lujo, es una necesidad. En la Academia Mexicana de Historia y en el Instituto de Investigaciones Históricas luchamos contra ese proyecto. Cualquier atentado contra las humanidades es un atentado contra el ser humano. Eso que querían hacer era un atentado contra la juventud: querían descerebrarla para manipularla mejor.

No se quiere entender que la educación es lo que único que nos puede dar el camino de la mejoría; y en la educación, las humanidades. Si estudiamos con criterio humanista, el resto de las ciencias se humaniza y el mundo se humaniza. Si nos preparamos, dejaremos de ser eternos proveedores de mano de obra barata para ese país tiránico, gobernado por un asesino. Es tristísimo que tengamos 30 millones de mexicanos allá, mal pagados, desenraizados, y que son los que mandan dinero para salvar a México. De algún modo, estamos viendo la consecuencia última de la caída de Tenochtitlán.

nrv

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