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Una joven colombiana se instala en Londres para probar suerte e intentar darle la vuelta a una vida que considera insignificante y anodina, aunque ella se sabe loba y ser curioso por naturaleza cuyos aullidos cubren el bosque y la ciudad. Un día, la llama que desencadena el fuego: conoce a un inglés, profesor de literatura y dramaturgo, “el tipo de hombre que estira la mano y agarra aquello a lo que cree tener derecho”. De una cabeza y un corazón agitados y convulsos que se encuentran por azar nos habla Sara Jaramillo Klinkert en El cielo está vacío (Lumen, 2025).
Ambos intentan comprenderse en medio de las dificultades que implica hablar dos lenguas diferentes. Su idioma es el malentendimiento, pero sabe que a pesar de ello ese hombre refinado que recita a Lord Byron es un caballo que eclipsará su vida, la contagiará con su brío y le enseñará cientos de cosas que no son aguaceros o ranas.
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Ella añora a su padre que hoy es fantasma y foto gastada, a una madre que es todo pragmatismo, a su manada que es recuerdo y fundamento. Es una huérfana que se rehúsa a serlo, buscando en otra patria un padre que ya no está, rol que hoy entrega al viejo sabio que lleva en la mano su corazón palpitante.
Hace poco vi en Instagram una publicación en la que usted tiene una camiseta que dice: “Ten cuidado o acabarás en mi novela”. Me hizo pensar en Cómo maté a mi padre, donde usted es la protagonista y aquí reaparece una de sus historias en otra clave afectiva y narrativa. ¿Cómo se siente volviendo a ser protagonista, acabando en su propia novela?
Fue muy bonito y fue muy interesante. Fue bonito porque recién escribí ese capítulo para Cómo maté a mi padre —el del amante inglés, que fue el que amplié en esta novela—, me surgieron muchas preguntas, pero yo no estaba lista para abordar este tema, que sí tiene mucho más hilo por cortarle. Me daba pena hablar de esa relación porque fue muy clandestina; yo nunca le había contado eso a nadie, o lo había contado muy por encima. Me daba mucha vergüenza porque parecía una cosa muy rara que yo, con veintitrés años, anduviera con un tipo de cincuenta. Cuando lo escribí en Cómo maté a mi padre la gente me preguntaba: ¿Esto de dónde salió?, ¿esto ocurrió de verdad?, ¿yo por qué no me enteré? Quise ahondar en esa historia porque la gente leía y me decía: Esta novela es autobiográfica, cuénteme más, ¿por qué pasó esto? Entonces pensé que algún día, cuando se me quitara la pena, iba a escribirla.
Escribió y publicó otras cosas antes de animarse a hacerlo.
Pues tuvieron que pasar dos novelas, seis años y muchas columnas de prensa —que son muy autobiográficas—. Llega el momento en que, como lo decimos en Colombia, uno coge callo, ya dejan de darle pena ciertas cosas y se da cuenta que lo que uno escribe es literatura. Uno deja la bobada de: Van a pensar que esto me pasó a mí, ¡me va a leer mi abuelita! Esa bobada se quita escribiendo sobre uno hasta que llega el momento en el que deja de importar. Yo también soy de las que cree que uno no es tan importante para nadie como para ponerle tanta tinta.
¿Cómo recibió la propuesta su editora?
Cuando decidí entrarle a esta historia, se la propuse y a ella le gustó mucho: ¿Sara Jaramillo va a escribir una historia de amor? Yo le dije: No, todo lo contrario. Es más, durante un tiempo el título provisional fue, precisamente, Esta no es una historia de amor. Es que a mí no me gustan las historias así y me parece que la delgada línea entre el romance y la cursilería es muy fácil de cruzar. Otra razón por la que le tengo miedo es porque los finales son muy predecibles y a mí me gustan los finales que sorprenden, que impactan, que emocionan. La editora me dijo: Usted va a tener un problema porque solamente tiene dos escenarios para el final; la protagonista accede a verse con el inglés o no accede a verse a ver con él. Si accede, le gusta, él ya viejo, o no le gusta; usted no tiene más opciones, ¿ha pensado en eso?
¿Usted había pensado en eso?
No, y entonces entré en pánico y gran parte de la escritura de la novela la hice con una angustia existencial de: ¿Cómo voy a acabar esta novela? Yo tengo que encontrar otro final; me niego a creer que solo haya esa opción. Le eché mucha cabeza y el día en que encontré ese final no lo podía creer. Me devolví, sembré todos los indicios para que el lector dijera: ¡Claro, eso se veía venir pero yo no lo vi! Porque los finales malos son los que lo cogen a uno de sorpresa, de sopetón, sin dar indicios de nada. El otro reto era incorporar ese mundo vegetal que está tan presente en todas mis novelas.
Tanto como la idea de lo animal.
En mis novelas no cabe un animal más, una planta más, los personajes se convierten en animales. En Escrito en la piel del jaguar Antigua Padilla atrae jaguares y dice que es capaz de convertirse en uno; en Donde cantan las ballenas Tobías se convierte en águila; en Cómo maté a mi padre mi mamá se convierte en un árbol. Yo siempre he tenido ese imaginario y así es como más me gusta describir; qué pereza uno ceñirse a la realidad; me hubiera quedado haciendo periodismo. Yo tengo una imaginación muy desbordada y amo la literatura porque me permite poner por escrito todo lo que se me ocurre. Cuando empecé a escribir esta novela yo pensaba: Me voy a aburrir porque esto es tan árido, estos personajes, estos témpanos de hielo que son los ingleses, una ciudad tan árida como es Londres, ¡cómo voy a meter animales y naturaleza aquí, si en Londres no hay nada!
Es que es clave la presencia de los animales y sobre todo la idea de lo animal: ella es un lobo, las manos como arañas, las moscas, las loras, los gusanos… Hay una descripción de ella entrando a un restaurante lujoso y va viendo el cocodrilo de las carteras, el carey de las peinetas…
¡Las chaquetas llenas de plumas de ganso que graznan!
Entonces, ¿de qué manera las ideas de lo animal y de los animales mismos le permitieron narrar esa historia?
Yo me di cuenta de que mi gran metáfora, a la que más me gusta recurrir, es el animal. A veces lo uso de manera metafórica y a veces, literal. En esta novela, cuando pensé cómo podría quitarle la aridez a la historia, me pregunté: si yo hubiera sido un animal a los veintitrés años, ¿cuál habría sido? Y muy rápido me llegó a la mente la imagen de la loba que había dejado su manada. Mi familia es muy grande, entonces yo era una loba que por primera vez estaba lejos de su manada y llega a esa ciudad tan hostil, donde siente que tiene que esconder sus dientes, sus fauces, su cola.
La loba es una metáfora bellísima.
Es que ella todo el tiempo está tratando de ocultar su esencia; cuando oculta la cola, metafóricamente está ocultando ese fuego que tiene por dentro, su forma de ser. Luego, cuando conoce al inglés, él le cierra el cerco porque la quiere para él y yo pensaba que era como un proceso de domesticación. El lobo es el único animal salvaje que no se ha dejado domar; prefirió extinguirse. Ese también fue tremendo descubrimiento porque, si ella era una loba, podía ver el mundo que la rodeaba con sus ojos de loba, con sus instintos de loba. Ella ya mira a los demás con los que se topa en el camino como animales de presa o como cazadores, o se mete a un pub, que para ella es una cueva, porque los pubs son húmedos y huelen a guardado y a viejo.
Pasó también con los miedos y los murciélagos, por ejemplo.
Yo decía: ¿cómo es un miedo? Es como un murciélago que entra y sale de la cabeza. Ya podía ver todo con ojos de animales. A ella el inglés le parece un caballo, el compañero de piso tan desgarbado le parece un potro, el amigo se parece a un búho con los ojos juntos. Fue una delicia encontrar eso porque yo ya no solo era la escritora, sino que era esa loba y trataba de ver el mundo como lo vería una loba.
Me resultó particularmente valioso todo lo que construye narrativamente alrededor de las complejidades y la dificultad en la comunicación cuando uno no habla bien una lengua extranjera.
Y ella al final concluye que el hogar no es el sitio o el país donde uno vive; el hogar de verdad es la lengua, porque cuando uno habla en su lengua nativa es cuando realmente se siente cómodo porque sabe exactamente cómo expresar las cosas. Uno en otro idioma tiene muchas limitaciones, incluso aunque lo domine. Hoy en día pienso tanto en esa época y me pregunto: ¿Yo de qué hablaba con ese señor si mi inglés era tan malo? Solo sé que hablábamos un montón. El idioma es toda una paradoja: yo tengo una amiga colombiana que está casada con un noruego; su inglés es muy malo y le ha costado horrores aprender noruego, y su marido habla noruego porque es su idioma nativo y el segundo es el inglés, que no lo habla tan bien. Yo los veo y pienso: Ellos llevan veinte años juntos, ¿cómo hacen? Un día llegué a la conclusión de que se entienden porque no se entienden. O sea, no pueden pelear bien porque no tienen las palabras.
No hay manera de pelear así.
¡Es que pelear en otro idioma es muy difícil! Hay muchas escenas donde la protagonista quiere mandar a todo el mundo al carajo pero no sabe decir groserías en inglés. A mí me frustraba mucho —me frustra todavía porque mi inglés está lejos de ser perfecto— no poder comunicarme. Yo, en español, para una palabra tengo diez sinónimos, pero en inglés solo sé uno. Es muy frustrante no poder expresarse, no poder usar el léxico en todas sus capacidades; expresar los sentimientos —no solo las groserías— en otro idioma es muy difícil, empezando porque hay muchas ambigüedades. Mirá ese capítulo donde ella reflexiona sobre el I love you y el I like you; ¿cómo es posible? En español tenemos Me gusta, luego pasa uno al Te quiero y luego al Te amo. Ella todo el tiempo está patinando con esos obstáculos que le pone el idioma y eso es lo que la lleva a esa conclusión: la casa, el hogar es el idioma.
Un asunto clave de su protagonista es la dualidad de la libertad versus el miedo, la comodidad o la seguridad.
Sentirse libre da mucho miedo. Cuando uno de verdad siente que hay libertad, significa que va a tener que tomar un montón de decisiones, que va tener que resolver y hacerse cargo de un montón de cosas. Eso da mucho miedo, sobre todo si uno viene de su manadita donde ha estado tan protegido toda la vida, tan acompañado, tan querido, y de repente termina uno en el otro lado del mundo con la plata supercontada, pero con una libertad impresionante. Era la cuestión de por fin tener esa libertad que quería pero al tiempo el miedo de asumirla: me da miedo que se me acabe la plata, me da miedo que me pase algo y yo no tenga a quién llamar, me da miedo no conseguir un piso mañana o para dónde mudarme, me daban miedo muchísimas cosas. Fue también como enfrentar la libertad; es muy rico, pero eso significa encargarse de los miedos.
Miedos como el de sentirse sola, cuando está llenando el formulario para entrar a las clases de inglés y le piden el número de teléfono de alguien a quien pudieran llamar en el caso de una emergencia; usted termina poniendo una X porque no tiene a nadie.
Eso fue real. Cuando me preguntaron por un contacto en caso de emergencia, pensé: Yo no tengo a nadie, ¿a quién voy a llamar si me pasa algo? No lo había pensado hasta el momento en el que tuve que llenar ese formulario. Ese miedo me quedó incrustado. Cada día descubría miedos nuevos que tenía que enfrentar, y supongo que de eso se trata la vida, y de eso se trata crecer y madurar: de reconocer esos miedos para pretender ser más grande que ellos.
Otra “presencia” muy interesante es la de eso que uno podría llamar lo místico. Usted habla de fantasmas, espíritus, muertos, el tarot, la madre bruja que siempre lo anticipa todo, la telepatía, los sueños, las visiones, los presagios, el reino de lo no explicado.
A mí eso me encanta, pero te digo una cosa: soy la persona más incrédula del mundo. Me encanta escribir de eso y me encanta leer historias de fantasmas, de tarot, me encanta preguntar en todos lados si hay fantasmas, y al mismo tiempo me cuesta mucho creer en todo eso. Es una fascinación extraña y me parece que mostrar ese mundo paralelo, ese mundo alterno a lo físico, a lo que estamos viendo aquí, es muy interesante. Me encanta hurgar ahí, porque yo digo que no creo, pero siempre tengo la esperanza de que yo esté equivocada y aparezca algo algún día.
Y son asuntos que le dan una cierta chispa a los personajes.
Por supuesto. Yo muestro a mi mamá muy bruja, una mujer que lee el tarot y que pareciera que adivina todo lo que está pasando, pero es que ella para mí es una bruja —en el mejor de los sentidos—. Ella incluso tiene un dicho: A mí a veces me da miedo hasta pensar porque, lo que pienso, pasa. Es muy bruja a su manera, aunque yo más bien creo que tiene una intuición muy desarrollada. Muchas veces eso que creemos que es premonitorio es más bien producto de una intuición tan desarrollada que alcanza a ver más allá de lo real. Me gusta mucho jugar con esos temas aunque no crea tanto, porque en el fondo soy muy curiosa. Yo quisiera que ese ver me fuera revelado, el gran misterio de la vida, pero como no se me revela, entonces lo escribo; para eso tengo la literatura.
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