Tercer día de viacrucis parrandero y etílico. Es miércoles. En el recuento de los daños, hasta ahora llevamos ocho refrescantes estaciones cantineras, al menos una caída y dos buenas cruces… ¿Cómo amaneciste?, ¿cómo está la cruz de tu parroquia? Y, sin embargo, felizmente los ánimos de mi sediento e infatigable amigo no han decaído ni un céntimo. A eso de las 10 de la mañana recibo un güats suyo: “¿En dónde nos vemos?”.

Hago memoria y recuerdo que, en medio de los efluvios de la borrachera de la víspera, le prometí a mi vagabundo amigo iniciar el recorrido de hoy en las bullangeras y palpitantes calles del costado oriente del Centro Histórico de la ciudad, a espaldas de Palacio Nacional, en el conocido Barrio de la Merced. “Paso por ti –le contesto–. Nos vemos a las 12:00 en el lobby”.

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Pocos minutos después del mediodía, bajo un sol cenital, mi amigo y yo cruzamos por la plancha del Zócalo con dirección a la calle Moneda. Antiguamente llamada Arzobispado, Moneda es una de esas calles que siempre fue; una calle de comienzos; uno de esos territorios de las primeras cosas. Nos detenemos por un instante ante el primer edificio de esta rúa, en su esquina con Seminario: de fachada amarilla, almohadillado de cantera chiluca y toldos azules sellados con el escudo de la UNAM.

Y viene a mí mente el libro México en 1554, que obsequiaré a mi amigo en estos días, de Francisco Cervantes de Salazar –el primer cronista de esta capital (quien vivió al fondo de Moneda)–, cuyo primer capítulo, que en realidad es un diálogo entre Mesa y Gutiérrez, está consagrado a la Universidad de México (Real y Pontificia), la primera de América, inaugurada en 1553, que inició cursos en una casona que existió en donde ahora se levanta este edificio.

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Escribe Cervantes de Salazar: [Gutiérrez] “¿Qué edificio es ése con tantas y tan grandes ventanas arriba y abajo, que por un lado da a la plaza, y por el frente a la calle pública, en el cual entran los jóvenes, ya de dos en dos, ya como si fueran acompañando a un maestro por honrarle, y llevan capas largas y bonetes cuadrados metidos hasta las orejas?”. Mesa –su guía en aquella ciudad real de 1554–, responde: “Es la Universidad, donde se educa la juventud: los que entran son alumnos, amantes de Minerva y de las Musas”. Larga es la historia de las sedes de la Universidad: luego de esta esquina se mudó, hacia 1561, a la primera calle de Guatemala y después, en 1589, a un solar de la Plaza del Volador, a la altura del ahora lujoso restaurante Burger King, en la calle Erasmo Castellanos, a la zaga de la Suprema Corte de Justicia.

“En los bajos de este edificio –le anoto a mi amigo– estuvo la afamada cantina El Nivel, inaugurada en el año de la Constitución de 1857, que tomó su nombre del monumento homónimo dedicado a Enrico Martínez, y que cerró sus puertas en 2009 cuando, finalmente, sucumbió ante la mojigatería de las autoridades de la UNAM. ¡Cómo va usté a creer que en las entrañas del inmueble más antiguo de la Universidad va a respirar un antro de vicio y perdición!”. El Nivel fue la primera cantina en ser regulada bajo licencia, durante el gobierno del presidente Sebastián Lerdo de Tejada, de ahí la tan sostenida creencia de muchos que la consideran la más antigua de México.

Un célebre cliente de este abrevadero fue Renato Leduc: bardo de peladez fina, periodista, experto en cantinas, autor del soneto “Tiempo”, amigo de Picasso y telegrafista de Pancho Villa (que el próximo 2 de agosto cumplirá 40 años de fallecido). Fue él quien fundó el grupo “Los nivelungos”, una caterva de asiduos borrachines de prosapia que despachaba y tertuliaba en las cuadrículas mesas de este congal.

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Retomamos nuestro andar. A nuestra derecha Palacio Nacional. Le señalo a mi amigo una placa en la pared: “Aquí estuvo la habitación donde murió la noche del 18 de julio de 1872 Benito Juárez, presidente de México”. A nuestra izquierda el Palacio del Arzobispado (1530), casa del primer arzobispo del continente: fray Juan de Zumárraga. Más adelante, la Casa de la primera Imprenta (1539); luego la primera Casa de Moneda (1535), que actualmente es el Museo de las Culturas del Mundo y sede del primer museo de América…

Crédito: https://cronicasdeasfalto.com/
Crédito: https://cronicasdeasfalto.com/

Cruzando Correo Mayor, nos topamos con el taller de José Guadalupe Posada (así lo anuncia una broncínea placa), y luego con la Iglesia de Santa Inés. Nos detenemos ante sus puertas exteriores. Espléndidamente tallada en madera, la hoja de una de ellas narra episodios del increíble martirio de esa santa, que pasó por infames prostíbulos y enloquecidos pretendientes… A esta altura, Moneda zigzaguea. Choca con pared, con media fachada de la Academia de San Carlos (1781), que antes albergó al Hospital del Amor de Dios, fundado en 1539 para sifilíticos. A partir de este punto Moneda comienza a llamarse Emiliano Zapata. Una cuadra más adelante, en el encuentro con Jesús María, se halla nuestro destino: La Potosina.

En la planta baja de un viejo edificio, custodiado en lo alto por la Virgen del Socorro, que descansa en una hornacina, y en lo bajo por un altar a la Santa Muerte, La Potosina blande sus puertas batientes desde 1890, siendo una de las cantinas más antiguas de México. Entre sus asiduos parroquianos es conocida como La Potrosina, pues durante algún tiempo fue Meca de los Potros del Atlante. El escritor y guardameta Félix Fernández Christileb, el defensa uruguayo Wilson Graniolatti o el delantero Tomás Cruz, son tan sólo algunos de los azulgranas que han visitado esta chupaduría. Una leyenda –alimentada por Beto Solórzano, el último de los tenderos de esta cantina–, afirma que a La Potosina llegó a beber Lee Harvey Oswald, el asesino del presidente Kennedy. De ser eso cierto, la visita habría ocurrido a finales de septiembre de 1963, cuando Lee hizo una misteriosa visita a la Ciudad de México, dos meses antes de consumar el magnicidio.

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Otra notable figura que mojó los bigotes en la barra de esta cantina fue el general Emiliano Zapata, nada menos que el Caudillo del Sur. Bebió coñac, su bebida favorita. En diciembre de 1914, tras la Convención de Aguascalientes, Zapata y sus hombres tomaron la Ciudad de México. Él se hospedó en un modesto hotel, en el 107 de esta calle, a tres cuadras de La Potosina. En su libro El águila y la serpiente, Martín Luis Guzmán ha narrado magistralmente aquellos breves y rebeldes días en que los zapatistas fueron amos y señores de esta parcela de la ciudad.

Continuará…

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