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El primer título de Agatha Christie que cayó en mis manos fue Diez negritos. Me lo obsequió en el verano de 1976 mi tía Merry Cáceres Martín junto con un libro de Erle Stanley Gardner —El caso de la inquietante pelirroja—, escritor norteamericano al cual ella, lectora empedernida de novelas policiacas, le tenía tanto respeto como a Christie.
Publicado en 1961 por la mítica editorial barcelonesa Molino, aquel volumen de Diez negritos tenía ya la portada carcomida y las hojas amarillentas. Era obvio que había pasado por muchas manos antes de caer en las mías. Y no era para menos, el enigma de esta decena de personas que eran invitadas a una lujosa isla por un huésped desconocido y que desde la primera noche comienzan a ser asesinadas una a una siguiendo las indicaciones de una canción tradicional infantil, me mantuvo embelesado durante varias horas.
Entonces no importaba que el título de la que sería la novela negra más vendida de todos los tiempos fuera “políticamente incorrecto”. A nadie se le hubiera ocurrido cambiar Diez negritos por Y no quedó ninguno como sucedería muchos años después, debido a las gestiones del bisnieto de Agatha Christie, quien deseaba eliminar “connotaciones racistas” asociadas al título. En ese tiempo, lo único importante era que la historia fuera lo suficientemente seductora como para atrapar irremediablemente al lector.
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Así que, fascinado por lo que acababa de leer, decidí que durante aquellas vacaciones de verano conseguiría más títulos de esa autora británica que recién había descubierto.
El tesoro lo hallé en el segundo piso de La Literaria, una papelería y librería ubicada en la calle 63 del centro histórico meridano, cuyo propietario se preocupaba por traer novedades literarias desde España, Argentina y Ciudad de México. Allí, en una de las mesas principales se exhibía una buena cantidad de títulos de Christie publicados por la misma editorial barcelonesa Molino, pero en ediciones recientes, de 1975, con unas portadas brillantes y coloridas.
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Asesinato en el Orient Express, Cianuro espumoso, Un puñado de centeno, Sangre en la piscina, Navidades trágicas, Muerte en el Nilo, Tres ratones ciegos, La muerte visita al dentista, El asesinato de Roger Ackroyd y Muerte en las nubes fueron los primeros diez títulos que adquirí con los ahorros de mis “gastadas” más un extra de efectivo facilitado por mi madre.
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—¿De verdad es tan buena? —inquirió mamá, al verme llegar emocionado a casa, cargando todos esos libros, extrañada de que a mi corta edad me atrajeran tanto aquellas novelas de crímenes que transcurrían en otros continentes.
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—Lee y verás —respondí con seguridad, sin tomar en cuenta que el carácter pragmático de mi progenitora iba a impedirle compartir conmigo la devoción, casi enfermiza, que experimenté por Agatha Christie durante mi preadolescencia.
No puedo dejar de reconocer que, en muchas ocasiones, la lectura de estos libros me desconcertó. Sobre todo, en lo que se refiere a las costumbres culinarias de sus protagonistas. Llamaba mi atención que muchos de los personajes, a pesar de hospedarse en lujosos hoteles y vivir en grandes residencias victorianas con mayordomo y ama de llaves, desayunaran café, huevos pasados por agua y “tostadas untadas con mermelada o mantequilla” en vez de frutas, cereales, leche y un buen plato de huevos revueltos, amén de que pensaba que esas tostadas las habían elaborado con harina de maíz y no de trigo. También me causaba asombro que la lengua de vaca y los riñones fueran manjares centrales en las suntuosas cenas descritas por la autora, cuando en casa, mi madre siempre despreció aquellas partes del bovino. En cuanto al sagrado ritual del té, fue a través de estas historias que supe de su importancia en el Reino Unido. Sándwiches de pepino o queso crema con salmón, scones, muffins, apetitosos pasteles y bizcochos esponjosos solían complementarlo. Solo de imaginar aquellos bocadillos se me hacía agua la boca.
Pero nada de lo anterior era tan importante como disfrutar del proceso de investigación encargado a los héroes nacidos de la imaginación de Agatha Christie: Hércules Poirot, el detective belga que confiaba en sus “pequeñas células grises” para resolver crímenes mediante la lógica, el orden y la psicología y Miss Jane Marple, la sagaz anciana que, utilizando su profundo conocimiento de la naturaleza humana, solía resolver complejos casos evocando personajes del apacible pueblo ficticio de St. Mary Mead donde había transcurrido su infancia.
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En enero de 1976, siete meses después de haberla yo descubierto, murió Agatha Christie. Fue la primera vez que sentí dolor por la ausencia definitiva de un ser querido. Para entonces había leído ya los treinta y ocho títulos de su autoría que tenía en existencia La Literaria. Recuerdo con especial asombro dos de ellos: El asesinato de Roger Ackroyd y El testigo mudo. El primero por el inesperado giro que revela como culpable al menos probable de los sospechosos y el segundo porque el testigo del crimen en cuestión era, nada más y nada menos, que un perro.
En los estantes de mi biblioteca, en un rincón especial, reposan todavía estos treinta y ocho libros. De vez en cuando abro alguno y recuerdo con nostalgia el inmenso placer que me embriagaba despojarlos de su cubierta de papel celofán, abrir sus primeras páginas y toparme con la guía del lector:
“En un orden alfabético convencional relacionamos a continuación los principales personajes que intervienen en esta obra”.
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Aquel anuncio era el anticipo de una vorágine de emociones en las que habría de sumergirme las siguientes cuatro o cinco horas. Atrapado en el oasis criminal de Agatha Christie y en la morbosa curiosidad de averiguar quién era el culpable, me dejaba hechizar por la lectura. Y no me detenía hasta llegar al desenlace. Curiosamente, nunca pude ganarle a la autora. Era tan hábil que me hacía sospechar de todos menos del verdadero criminal.
Ahora bien, no todo es miel sobre hojuelas. A pesar de su éxito abundan críticos que tildan a la británica de simplista, de llevar de la mano al lector hasta la resolución de sus casos como si éste fuera un niño. No falta a estas alturas quien concuerde con Raymond Chandler, el maestro de la novela negra estadounidense, quien afirmó en su momento que “por inverosímiles y artificiales solo un idiota no podría adivinar al culpable de estas novelas si prestara atención a las trampas lógicas de la escritora”. Para no ir tan lejos, mi hijo Emilio, al que intenté contagiar mi pasión por Agatha Christie, después de leer tres de sus mejores títulos, opinó que la pasó bien, pero que no era lo que esperaba. Aunque posteriormente reconoció haber disfrutado muchísimo en el cine la versión reciente de El asesinato en el Orient Express dirigida por Keneth Branagh en 2017.
A cincuenta años de su fallecimiento, Agatha Christie se mantiene más vigente que nunca. Y aunque su éxito sigue siendo un enigma, puesto que describe formas de vida prácticamente en vías de extinción, los más de dos mil millones de ejemplares vendidos a la fecha y las adaptaciones continuas de sus novelas, ya sea en radio, televisión abierta, cine o plataformas televisivas, son prueba palpable de que sigue siendo la reina indiscutible del misterio. Tan solo en enero de este año, Netflix estrenó la miniserie Agatha Christie, las siete esferas, basada en una de sus obras, que no tardó nada en posicionarse como una de las más populares series cortas de esta conocida plataforma.
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En lo personal, es mucho lo que le debo a Agatha Christie: la pasión por la lectura, la obsesión por el detalle, el gusto por las novelas de misterio y, por supuesto, uno de los veranos más felices de mi vida.
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