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Para Paco Valencia
Brotamos del subsuelo. Mi amigo y yo emergemos de las profundidades del Salón Bach. Afuera, sobre la calle Bolívar, el insaciable y atroz sol del mediodía nos lamparea de golpe. Libramos la ofensiva con nuestros lentes de sol. Esquivamos la ceguera. Frente a nosotros aparece un edificio de piedra broncínea que albergó las oficinas de Ferrocarriles Nacionales entre 1907 y 1997, año de la privatización del sistema ferroviario nacional. Fue entonces que el inmueble pasó a manos del Banco de México. Nos encaminamos, anhelantes, hacia otra caverna: El Astur. He decidido que tomaremos el camino largo, con tal de evitar la bulliciosa, atestada e intransitable avenida Madero. Caminaremos por 5 de Mayo.
Antes de tomar la calle en honor a la famosa Batalla de Puebla, acaudillada en 1862 por el general Nachito Zaragoza, le hago notar a mi amigo la construcción ubicada en la contra esquina. Se trata de uno de los primeros “rascacielos” de la ciudad: el edificio 5 de Mayo, el primero de 6 pisos en la capital. Inaugurado en 1904, en sus bajos alberga, hasta la fecha, una talabartería: La Palestina, especializada en arreos para caballos y mulas. Empotrado en su fachada, se conserva el último barandal para atar caballos y carruajes. Y a propósito de esto, cabe trae a cuento que las primeras cantinas tuvieron tres barandales o rieles en su haber. Dos adentro: uno en el copete de la barra, curvilíneo, para descansar los codos –para acodarse en la barra–; otro empotrado en el piso, a los pies de la barra (arribita de la canaleta para desaguar las múltiples aguas), que funcionaba como estribo, como descansapies. Y uno más afuera: para amarrar toda clase de especies ecuestres.
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De estos tres rieles o barandillas –generalmente de bronce– sólo uno ha logrado llegar hasta nuestros días: el que tiene funciones de estribo. Los otros dos se extinguieron. El de los caballos, sencillamente porque los equinos fueron echados de la ciudad al concluir la Revolución Mexicana. Todos los generales que sobrevivieron se bajaron de sus corceles para subirse a sus Cadillac. Conozco una cantina –que visitaremos en estos días– que aún conserva un barandal de este tipo: La Potosina, en la esquina de Moneda y Jesús María, en la que en diciembre de 1914 el general Emiliano Zapata blandió un par de copitas de coñac –su bebida favorita– y amarró, afuera, alguno de sus icónicos caballos.
El otro barandal, o barra (de ahí el nombre de “la barra”), se perdió para siempre. Yo sospecho que se quitó porque resultaba un tanto incómodo. Dado que los mexicanos, al menos los del centro del país, no somos muy altos que digamos, aquella barandilla parecía más una barra para colgar gimnastas… Pero vayan ustedes a saber. Por cierto, el barandal empotrado en La Palestina no es del todo el original. El 16 de julio de 2019 –en plena pandemia de Covid– cuatro caballos de bronce, que soportaban el barandal, fueron robados a plena luz del día. Entonces los dueños del negocio decidieron remover la barra y los sobrantes caballitos. En septiembre de 2020 fueron reinstaladas cuatro réplicas de los rocines hurtados junto con el resto de los originales. La barra, en cambio, fue sustituida por una de plástico pintada.
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En fin. Como se sabe, en donde ahora se levantan estos dos edificios –el de Ferrocarriles y el 5 de Mayo– estuvo el Teatro Nacional (obra del arquitecto Lorenzo de la Hidalga), conocido popularmente como Teatro Santa Anna, pues el que fuera tres veces dictador de México vivía en frente, en el número 14 de Bolívar (antes Vergara). En dicho Teatro, demolido por Porfirio Díaz entre 1901 y 1905, fue estrenado el Himno Nacional mexicano. Primero se estrenó la letra, compuesta por el poeta potosino Francisco González Bocanegra, la noche del 17 de mayo de 1854. La encargada de cantarlo fue la soprano Henriette Sontag, una celebridad en el mundo de la música. Treinta años atrás –el 7 de mayo de 1824– había participado en el estreno mundial de la afamada Sinfonía número 9 en re menor, op. 125 (también conocida como Sinfonía Coral o Novena Sinfonía) de Ludwig van Beethoven, en el Teatro de la Corte Imperial y Real de Viena.
Pues bien, la noche del estreno del Himno fue apoteósica. En un Teatro Nacional a reventar, bajo la dirección y música del italiano Giovanni Bottesini, la presencia del presidente Santa Anna, de su esposa Dolores Tosta Doloritas, y de toda la pléyade social y política de la época, la prima donna de origen alemán Henriette Sontag cantó por vez primera las letras de ese poema épico dedicado a la Patria (y de paso a las glorias de Su Alteza Serenísima) que hasta la fecha seguimos entonando.
Pero un mes después de aquella noche, Henriette Sontag murió en nuestro país de manera inesperada. Resulta que un grupo de admiradores mexicanos la llevaron a pasear al lejano pueblo de San Agustín de las Cuevas, hoy Tlalpan. Ahí, además comida típica, le ofrecieron de beber fresco y albo pulque. Pero la consistencia viscosa, espesa y vegetal de la bebida mexicana no convenció a la connotada soprano, quien prefirió beber aguas frescas. Craso error. Al día siguiente presentó síntomas de cólera y seis días después falleció a la edad de 48 años. ¡Todo por no tomar pulque! Sus restos fueron trasladados con honores al Panteón de San Fernando y, años después, repatriados a Sajonia, Alemania.
Mi amigo y yo doblamos la esquina y caminamos, contra el sol, sobre 5 de Mayo, “Nuestro Champs-Élysées” –agiganto–, con dirección al oriente; al Zócalo. Al fondo se yergue la ciclópea torre poniente del campanario de la Catedral, obra del veneciano Manuel Tolsá. Nos detenemos por un momento en el cruce con Motolinia –motete indígena de fray Toribio de Benavente–. “En esta calle (antes Espíritu Santo) –anoto a mi amigo– existieron notables y densas cantinas: La Fuente (a las afueras del Metro Allende), un gayo jacalón en forma de chorizo con aroma a orines (sólo los primeros 10 minutos); El Bar Alfonso (del que ya hemos hablado), de lujo y oropel, frecuentado por literatejos; la pródiga Buenos Aires, en la planta baja de un hotel del mismo nombre, que misteriosamente cerró sus puertas hacia 2017; la Gambrinus, en la esquina con Madero, que entre 2010 y 2015 se convirtió en el Bar Madero-Red; El tropezón (dueña de la barra más larga de la city); La Única de Motolinia, en el número 32, que ahora es una librería católica... ¡Vaya calle, amigo!, “millonésima en el dolor y en el placer”, como dijera Ramón López Velarde”.
Continuará…
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