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El escritor brasileño Joaquim Machado de Assis (1839-1908) fue de origen humilde, hijo de un afroamericano descendiente de esclavos libertos y de una mujer de oficio lavandera, nativa de las islas Azores. La salud de este célebre autor también le fue desfavorable: sufría ataques de epilepsia y era tartamudo, lo cual no le impidió figurar en el mundo de las letras de su tiempo hasta lograr el reconocimiento póstumo de la crítica, pues se le considera el renovador del cuento, a la altura de Anton Chéjov y Henry James.
Aunque Machado de Assis cultivó prácticamente todos los géneros literarios, es reconocido por sus relatos y novelas, como es el caso de Los papeles de Casa Velha (Editorial Funambulista, 2010), una “pequeña obra maestra” situada entre la modernidad y la tradición de la historia brasileña del siglo XIX. En efecto, en la trama del texto se contrapone el tránsito del imperio al sistema republicano; del romanticismo al realismo y, sobre todo, se advierte la pugna entre las costumbres familiares, que entre otras cuestiones pactan los matrimonios de los hijos, en perjuicio de las libertades individuales.
El conflicto de Los papeles de Casa Velha simula una estrategia de investigación objetiva, basada en la pesquisa y lectura de unos documentos importantes que un reverendo prófugo del púlpito desea realizar para la gloria del emperador Pedro I; sin embargo, como era de esperarse, el interés del narrador testigo muy pronto se desvía hacia los personajes que habitan la Casa Velha, cuyo universo gobierna doña Antônia, una viuda perteneciente a la aristocracia rural, defensora de las buenas costumbres y celosa guardiana de la memoria de su marido, un exministro del gobierno.
La controversia central de la obra radica en la oposición de la madre al casamiento de su hijo Félix, de 20 años, con Lalau (Claudia), una muchacha adorable a la vista de todos, pero de humilde cuna. La mayoría intuye el amor de los jóvenes, quienes se procuran embelesados bajo la mirada flamígera de la madre. Pero hay otros que también se interponen en la consumación de este romance, como el narrador testigo y la bella Sinhazinha, cuya dote suma dos haciendas y quinientas cabezas de ganado, tesoros de la tierra que la madre no puede desdeñar.
Pese a la aparente banalidad de la anécdota, el narrador introduce en la historia matices que desvelan la complejidad de los personajes y diversifican sus deseos y aspiraciones. En este contexto, el narrador, que es un clérigo e historiador, como ya habíamos mencionado, asume en silencio su amor platónico por Claudia; Félix, a pesar de su atracción por la joven, no se aleja de la ruta pavimentada por la tradición y termina por engullir la herencia de Sinhazinha. Mientras tanto, la hermosa Lalau nos da la nota más alta de la novela cuando rechaza los amores del muchacho hacendado. En este punto, la novela rompe con el cliché romántico y asume la crudeza del realismo.
Este final anticlimático representa un hito histórico que preludia la transformación de la sociedad brasileña. La Casa Velha simboliza un espacio de dominio orientado hacia el pasado colonial, una época en la que imperaban las desigualdades raciales y la esclavitud. Doña Antônia pertenece a ese mundo que se niega a desaparecer, mientras que los jóvenes asumen las novedades de su entorno; tal es el caso del destino libremente asumido por Claudia, quien elige la dignidad como principio vital de su existencia.
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