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En Alpha (Francia-Bélgica, 2025), carcomido tercer largometraje de la truenacocos autora total parisina de 42 años Julia Ducournau (Voraz 16, Titane 21), la inadaptada chica mestiza francoárabe de 13 años Alpha (Mélissa Boros) ve trastornarse su vida cuando se le practica un tatuaje presuntamente séptico en el brazo derecho durante una fiesta, tanto como se perturba la tranquilidad de su aterrada mamá médica soltera de ascendencia berebere (Golshifteh Farahani), la cual, aparte de someter a su hija a cualquier tipo de pruebas clínicas, enfrenta la deserción casi completa del personal de su sanatorio, a causa del mortífero brote epidémico de un sanguinolento virus agrietador de la piel, y por añadidura debe sufrir el retorno de un negado hermano menor yonki ya esquelético Amin (Tahar Rahim), al que aloja en el cuarto de la asustada Alpha, invadida de pronto en su intimidad, sospechosa de ser transmisora del virus atroz incluso para su hipócrita galancito colegial Adrien (Louai El Amrousy), homologada con su profe de inglés aborrecido por gay (Finnegan Oldfield), buleada por sus compañeros hasta lograr su expulsión de la escuela, obsedida por la supersticiosa abuela monolingüe árabe creyente en el inoculador designio maldito de un viento rojo del desierto (Zahra Benbetka), y al final la infeliz Alpha es encerrada por su sobreprotectora madre al lado del tío Amin con pavoroso síndrome de abstinencia, quien por la noche la conmina a escaparse con él, llevándola a un antro para irremediables infectados del virus y luego salir en pos de una ansiada sobredosis mortal de droga, de la que sólo podrá ser salvado en una playa, y prácticamente resurrecto, como años antes, por la hermana-madre doctora que acude a su rescate delante de su angustiada Alpha, impotente para intervenir, paralizada dentro de un auto por las turbulencias de su propio asumido y participante cuerpo devastado.
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El cuerpo devastado sitúa su característica trama genérica de cine del cuerpo, o terror corporal, en un triángulo muy nuevo a lo posCrónenberg y posLynch, y a la vez muy antiguo, de cine fantástico de horror clásico, formado por tres lados muy distintos, aunque coincidentes en la expresividad desatada y frenética de lo narrativo y lo estético: una arista satírica y de humor negro, que utiliza la cámara para endiosar y burlarse a medias de los estereotipos sociales, las instituciones y los valores raciales antimusulmanes y homofóbicos aún virulentos de la época; una dimensión de crítica social en torno a ese virus de lo inconcebible actual que viene a ser una detonante mezcolanza de VIH y Covid-19, con actitudes que atacan la ley del rebaño, el odio a la diferencia, la prevalencia del prejuicio (desquiciando en flashbacks a una inerme niñita Alpha a los 5 años (encarnada por la Ambrine Trigo Ouaked), el temor infundado y las supersticiosas creencias ancestrales vueltas erizada poesía pura, con esos azotes del Viento Rojo (en el evocado mundo hipotético o al final); y por último, un lado distópico cienciaficcional, donde se conjugan lo cotidiano vuelto extrañante, el asco, lo misterioso, lo turbio en semitinieblas, el encierro y lo trascendental.
El cuerpo devastado se disemina en secuencias de intempestivo alto voltaje emocional salido de la nada, como la inyección clavada por propia mano por una temerosa Alpha desafiada por la buenaonda enfermera omnicomprensiva (Emma Mackey), el cuchillo enarbolado por Alpha contra un pariente entrometido del que ni siquiera conocía de su existencia pero ya en las últimas inhumanas, la mancha de sangre que aísla y parece denunciar a la heroína en la piscina de la que huyen todos en estampida, el tierno reclinarse del anciano deshecho sobre el profe de inglés en la sala de espera ante esa Alpha de aquiescente barbilla partida, la herida del pinchazo autoinflingida por la madre devota para mezclar su sangre con la filial decidiendo compartir su destino cualquiera que sea, los cadáveres vivientes ya apergaminados, los abrazos a la abuela y al tío por encima de la comprensión de la lengua o de las ansias e intenciones subyacentes, los irreconocibles cuerpos esparcidos a lo ancho de la escalera, el descubrimiento de un tatuaje análogo al suyo en el dorso del galancillo falsario Adrien, el aquelarre alucinado de criaturas contagiosas, las deambulaciones baldías a la orilla del mar inmostrable, o la reanimación brutal contraria a la voluntad expresa (“¡Amin, despierta!”).
El cuerpo devastado añora así, desde su caótico, disperso e hipertrofiado tono menor, la impactante perfección zombiesca de Voraz cruzando como una novedad femenina el universo de los muertos vivientes y la ultraerotizada incandescencia metálica femenina de Titane, reconvirtiendo ahora la fotografía crucial de Ruben Impens en un pálido juego de colores azulosos o amarillentos, vehiculando una edición multilineal de Jean-Christophe Rouzy que funde sin previo aviso el pasado traumático tanto de la superconsciente madre facultativa impotente y la recluida hija todavía en soledad atormentadora y embotada, asaeteadas ambas por la retumbante música de Jim Williams, sustituida de pronto con creces por un canturreo que arrulla a la preadolescente Alpha al proclamarla victoriosa en pruebas y más pruebas existenciales, hasta ver, contemplar y padecer en el desazonante alejarse de los hermanos bajo la azotadora nube del viento rojo, haciendo futurismo de la realidad tradicional desechable, aunque sólo sea para observar al agónico suicida resucitado Amin desintegrarse y desplomarse, sin soltar la mano de su frankensteiniana recreadora imposible.
Y el cuerpo devastado culmina con la lejana toma de conciencia y la percepción total en big close-up de Alpha, sacudida por el Adagio de la Séptima sinfonía de Beethoven en frenética versión para piano y el ojo sangrante presintiendo, como su nombre helénico lo indica, del principio del fin, quizá en busca de una Omega que acaso lleva ya incluida.
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