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En Binnizá, los seres de las nubes (México, 2024), barroco largometraje documental enésimo del realizador-fotógrafo capitalino de 61 años Juan Carlos Rulfo (Del olvido al no me acuerdo 99, En el hoyo 06, Los que se quedan 08, Cartas a distancia 21), con argumento e investigación de Antonio Valle, el invocativo poema cosmológico en lengua zapoteca o diidxazá El lagarto de las nubes de Irma Pineda Santiago inspirado en el anónimo multisecular Popol Vuh y recitado fuera de campo en el original subtitulado sirve como torrencial hilo conductor para integrar líricamente impactantes imágenes de un istmeño Juchitán devastado tras el sismo de 2017 y en medio de una tierra otrora fértil, ahora reseca a causa del saqueo del agua para la explotación industrial de los recursos naturales y el aprovechamiento de la humedad y los acuíferos a través de la proliferación de ventiladores eólicos en el paisaje desolado, entre otros factores del abandono de la tierra, el deterioro medioambiental, la violencia y la drogadicción asediantes, pero donde todavía existen pálpitos de vida comunal y habitan criaturas presentes y futuras prometidas al declive y a un posible resurgimiento casi resurreccional de un inesperado e inédito cosmos disperso.
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El cosmos disperso toca entonces un límite del cine del compulsivo fotógrafo desatado con mínimas camaritas extraligeras Rulfo en su decisión de crear personajes volátiles, semejantes a los desdentados labriegos añorantes que viajaban mentalmente Del olvido al no me acuerdo o los albañiles de En el hoyo o las familias rurales en espera de Los que se quedan o los enfermos de covid-19 de Cartas a la distancia, ciudadanos rodeados por carreteras destruidas y próximos a la costa del Pacífico tan extremos como el vetusto artista campesino Obad Fuentes que traza dibujos divagantes sobre la arena para dar forma a sus verbalizados sueños y alucies-signo, los discípulos de grabado o pintura aún activos en el taller pictórico polifacético del difunto patriarca juchiteco Francisco Toledo (un taller de gráfica, elaboración de papel y serigrafía), el dulce muxe corpulento de chongo Lukas Avendaño que evoca sin rencor alguno en una ribera o en el bosque las humillaciones recibidas por su tradicionalista opción sexual y sigue en la búsqueda incesante de su hermano víctima de una desaparición forzada, el jocundo campesino José Pánfilo Martínez Vázquez que asimismo funge cual fabricante de papel artesanal de corteza arbórea e infatigable chofer de mototaxi urbano (“El maíz está seco, todos somos recuerdo”), raperos en zapoteco y activistas políticos como un Rosty Bazendu de camiseta intraducible y lúcida e inatajable verba autoafirmativa de la sangre nativa o defensiva territorial, la bella artista gestual oaxaqueña Didxazá García Jiménez que presta su cuerpo a los colores y al lodo para encarnar materialmente el mito de la ceiba sagrada y su pérdida o la propia poeta Pineda Santiago haciendo además brillantes y sagaces declaraciones a cuadro, para redondear la conformación de este mosaico sociocultural.
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El cosmos disperso recurre, más que al realismo documental, a una radiosa aunque oscura y reiterativa poética de la alusión y el atisbo, gracias a la acción denodada de dos contrastantes editores de lujo como el también realizador excuequero en largo receso e imprescindible salvapelículas rulfianas Ramón Cervantes y el veloz hiperelíptico armapelículas ultracomerciales Jorge Porri García, para generar el más experimental, abstracto, hermético e inaccesible de los originales largometrajes de Rulfo como director, donde la letanía de la poeta Pineda (“Mujer tierra soy, tierra rasgada, tierra lastimada, tierra violentada, tierra que quiere secarse, tierra que quiere llorar”) no remite a la imparable perorata in situ penumbrosa de la María Sabina, mujer espíritu de Nicolás Echevarría (79), sino a la invención híbrida con montaje rutilante de imágenes de la más diversificada asociativa visual o disparada procedencia provocadora, segmentos significativos en continuum que no guardan pretensión alguna, ni antropológica (cero cultura del maíz, nulo regodeo doméstico o inquietud de laboral denuncia) pese a la diafanidad del sonido directo de Armando Martínez y Mauricio Santos, sólo episodios en torno a determinado motivo en particular canalizado por la hipnótica música antifolclórica de Leonardo Heiblum y un diseño sonoro antinaturalista de Nerio Barberis y Maluz Orozco, un bombardeo de imágenes cadencioso y dispar a la vez, fragmentos que parecen resueltos a encontrar equivalencias fílmicos archiexpresivos de las figuras retóricas de la metáfora y el polisíndeton mediante choques de montaje con visiones dantescas del árbol con bolsa recolectora y los regueros de envases o la tierra cuarteada y los conatos de peregrinación y fiestas patronales con tehuanas nostálgicas o los incontables daños fehacientes al ecosistema.
El cosmos disperso vehicula en su conjunto la idea mitológica y telúrica ancestral de que el universo es una hamaca sostenida por dos lagartos que al moverse con brusquedad provocan temblores de tierra, y sustenta la creencia en seres originarios llamados binnizá que proceden de las nubes y hoy viven diseminados porque han perdido su camino, un camino primordial de arribo y de retorno de todas las cosas, en la confluencia de los afanes humanos, las culturas y los destinos fundamentales y deseados, por lo que toda agitación humana resulta perentoria y plagada de tropiezos y fracasos tan efímeros como los que ha logrado captar el film en su decurso estancado, dando vueltas para llegar al punto donde había arrancado y a las invocaciones poéticas primordiales y vagamente estructuradoras (“Es el mito”).
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Y el cosmos disperso vuelve a invocar ritualmente los orígenes y a la memoria, mientras algún campesino extraviado pero cósmico no cesa de laborar la tierra yerma en una eterna inmensidad onírica (“Los binniza morirán cuando muera el sol”).
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