Hay una ironía fundacional en la biografía de Jean le Rond d'Alembert que ningún novelista habría osado inventar: el hombre que contribuyó más que ningún otro a sistematizar el conocimiento humano en la Encyclopédie comenzó su vida abandonado en los escalones de la iglesia parisina de Saint-Jean-le-Rond, de la que tomó su nombre, hijo ilegítimo de la escritora Claudine Guérin de Tencin y del oficial de artillería Louis-Camus Destouches. Su madre, que había abandonado los hábitos religiosos y frecuentaba los salones literarios más influyentes de París, lo dejó expuesto al frío de noviembre de 1717 sin aparente remordimiento. Su padre, al enterarse, se ocupó discretamente de financiar su educación sin reconocerlo públicamente. D'Alembert fue, desde el primer día, un hombre que el mundo oficial prefería no ver y que sin embargo resultó imposible de ignorar.

Esa condición de existencia al margen de las legitimidades establecidas, sin apellido nobiliario, sin herencia, sin la protección de una familia con peso social, modeló su inteligencia de una manera que sus contemporáneos más acomodados no podían replicar. Así, respecto a Voltaire que cultivaba la ironía y Diderot que se desbordaba en todas las direcciones, d'Alembert ejercía una disciplina intelectual que tenía algo de autodefensa: la precisión como forma de autoridad que nadie podía quitarle porque nadie se la había dado. Las matemáticas, a las que se entregó desde joven con una intensidad que alarmó a sus tutores jansenistas, fueron el primer territorio donde esa autoridad se volvió indiscutible.

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   Foto:Yadín Xolalpa
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Su contribución matemática más duradera, el tratado Traité de dynamique publicado en 1743 cuando tenía veintiséis años, formuló el principio que lleva su nombre y que permite reducir los problemas de dinámica a problemas de estática mediante la introducción de fuerzas de inercia. El principio de d'Alembert no fue solo un avance técnico: fue una forma de pensar el movimiento y la resistencia que influyó en el desarrollo posterior de la mecánica analítica, particularmente en la obra de Lagrange. En ese sentido, la Academia Real de Ciencias lo admitió ese mismo año. Tenía una edad en la que la mayoría de sus contemporáneos todavía buscaba un mecenas. Él ya había encontrado algo mejor: un resultado demostrable.

Pero reducir a d'Alembert a su obra matemática es cometer exactamente el tipo de fragmentación disciplinar que él pasó su vida combatiendo. El proyecto que lo definió históricamente fue otro, y llegó a él por una invitación que cambió el curso de la cultura europea. Diderot, que había concebido la Encyclopédie inicialmente como una traducción ampliada de la Cyclopaedia inglesa de Ephraim Chambers, comprendió rápidamente que necesitaba a alguien capaz de dotarla de coherencia filosófica y de legitimidad científica simultáneamente. D'Alembert era la única persona en París que podía hacer ambas cosas. Aceptó la codirección del proyecto y se encargó de escribir el "Discurso preliminar", publicado en 1751 junto al primer volumen de la obra.

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Ese texto es una de las piezas más sofisticadas del siglo XVIII y también una de las menos leídas fuera de los círculos especializados. No es una introducción en el sentido convencional: es una filosofía del conocimiento completa, una genealogía de las ciencias organizada según la clasificación de las facultades humanas que Bacon había propuesto y que d'Alembert refinó con criterios propios. La memoria produce la historia, la razón produce la filosofía, la imaginación produce las artes: ese esquema tripartito no era arbitrario sino la expresión de una convicción epistemológica central que el matemático sostuvo toda su vida. La Encyclopédie era, en ese sentido, menos una suma de saberes que una demostración práctica de su unidad subyacente.

La dimensión política de ese proyecto era perfectamente visible para quienes tenían razones para temerlo. La Iglesia católica y los sectores más conservadores de la monarquía francesa no se equivocaron al identificar la Encyclopédie como una amenaza: no porque propusiera abiertamente derribar el orden establecido, sino porque socavaba silenciosamente los fundamentos epistemológicos sobre los que ese orden descansaba. Si el conocimiento es producido por la razón humana a partir de la experiencia sensible, y no revelado por autoridad divina ni transmitido por tradición eclesiástica, entonces las instituciones que fundan su legitimidad en esa autoridad y esa tradición quedan expuestas a un tipo de crítica que no pueden responder en sus propios términos. La Encyclopédie no atacaba a la Iglesia: la volvía irrelevante como fuente de conocimiento, que era algo peor.

La relación de d'Alembert con esa dimensión política del proyecto ilustrado fue, no obstante, más cautelosa que la de Diderot o Voltaire. Abandonó la codirección de la Encyclopédie en 1758, después de que el séptimo volumen fuera prohibido por el Consejo Real y la presión institucional sobre los colaboradores se volviera sostenida. Sus biógrafos han debatido durante décadas si esa retirada fue cobardía intelectual o prudencia estratégica. La respuesta más honesta es que fue las dos cosas, y que la distinción entre ambas es menos nítida de lo que los juicios retrospectivos sugieren. D'Alembert no abandonó sus convicciones: siguió escribiendo, siguió colaborando indirectamente, siguió frecuentando el salón de Julie de Lespinasse, con quien mantuvo una relación intelectual y afectiva que duró hasta la muerte de ella en 1776 y que lo devastó. Lo que abandonó fue la exposición pública en un momento en que esa exposición tenía costos reales. No era heroísmo. Tampoco era deshonra.

Su posición en la Academia Francesa, de la que fue secretario perpetuo desde 1772 hasta su muerte en 1783, le permitió ejercer una influencia sobre la vida intelectual parisina que no dependía de la visibilidad polémica. D'Alembert no es un pensador que se deje resumir en una fórmula. Es, más bien, la figura que mejor encarna la contradicción central del proyecto ilustrado: la convicción de que la razón puede ordenar el mundo combinada con la experiencia cotidiana de que el mundo resiste ese orden con una obstinación que ninguna ecuación anticipa.

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