Ya empezó septiembre y, para completar el Nacionalismo de calendario que por estos días nutren generosamente el pozole y los chiles en nogada, nos viene la sobresaturación de Huapangos de Moncayo, Sones del mariachi de Galindo o Danzones de Márquez que tanto indigestaban a Mario Lavista. “Todos quieren componer su Huapango”, decía al referirse a esas partituras que, más que exaltar el patriotismo, creía que buscaban la popularidad que nunca logró ninguna de las suyas. ¿Qué diría, de saber que el Danzón 2 de Márquez ha superado mundialmente el número de interpretaciones del mismísimo Bolero de Ravel?

Nuestra Música es más que eso y, por ello, hoy voy a compartirles algunas estampas de ese caleidoscopio sonoro que es nuestro México y he podido degustar en estos días.

Malinche. Una vez más, me dejé llevar por la frase que más atesoro de Carlos Monsiváis, opté por ser “más curioso que digno” y este 29 de agosto me enfilé al Frontón México para presenciar el musical de Nacho Cano que tantas ámpulas ha levantado en los puristas de ocasión que no dejan de reprochar que “así no fue” la historia. Estoy seguro de que nunca pretendió contar la historia ni, mucho menos, desvirtuarla. Es, pura y llanamente, una fantasía donde el nombre de Malinche es un mero pretexto –si quieren, casi casi metido con calzador- para vender mejor un espectáculo que, visualmente, no puede resultar más deslumbrante.

Ante la nitidez de una pantalla de 300 metros cuadrados y miles de pixeles tenemos una pirámide azteca de más de 14 toneladas, a la que se suman 20 toneladas de equipo de audio y video que, además de 270 micrófonos subterráneos, incluye cascadas y un par de piscinas con más de 30 mil litros de agua que mantienen en la temperatura adecuada para que los artistas que tengan que mojarse no acaben resfriados… este portento escenográfico fue diseñado por José Luis Aguilar. Javier Soria firma un vestuario muy vistoso y Nury Martínez una iluminación impecablemente cuidada. Es la producción mexicana más impresionante de cuantas hay en cartelera, y la parte humana no es menos afortunada: once músicos en vivo y 80 artistas que cantan y bailan con gran solvencia y soltura. Sus números de flamenco son maravillosos, aunque nada tengan que ver con “la Historia”.

El espectáculo incluye  éxitos de Mecano, anexados al final para levantar al público. Cortesía.
El espectáculo incluye éxitos de Mecano, anexados al final para levantar al público. Cortesía.

Me habría encantado contar con un programa de mano detallado para dar crédito a algunos de los artistas -como a la niña que interpreta a la epónima-, pero creo que ése no es el problemita principal que, para mí, tiene este “musical” que abre y cierra con México mágico, un tema que cumple exaltando nuestro orgullo patrio. Su problema es que, pese a lo gratos que, momentáneamente, sean sus números musicales, ninguno resulta memorable. No has terminado de salir del recinto y, lo único que recuerdas, son los éxitos de Mecano anexados al final para levantar al público.

Despertares. Horas después me dirigí al Auditorio Nacional para disfrutar la cita anual a la que nos convoca ese inmejorable portador del hashtag #OrgulloDeMéxico que es Isaac Hernández. Debo admitir que no le faltó razón a la amiga que precisó que, “más que una gala de ballet, fue una revista muy variadita”; lo cierto es que no cualquiera logra algo tan variadito con los mejores exponentes a nivel mundial de cada género dancístico, y quienes se pregunten cómo le hace Isaac para reunirlos en nuestro país, la respuesta va más allá de las ovaciones que puedan cosechar o el caché que puedan cobrar.

Está en la hospitalidad y calidez que disfrutan durante su estancia. Una vez más, me reconozco privilegiado: al día siguiente, los ví zangolotearse desenfadadamente al son del mariachi que tocaba La Bamba, el Noa Noa o La Chona durante el brunch que les ofreció César Cervantes en su Casa Pedregal. Más mexicana, no pudo ponerse la party.

Inmortales: El Canto Eterno de México. Si no me quedé hasta el final de la fiesta, fue porque esa tarde asistí al Centro Cultural Roberto Cantoral de la SACM para dar fe de la falsedad de aquel dicho que afirma que “los mariachis provocan una doble alegría en quienes los escuchan: cuando llegan, y cuando se van”.

Con motivo de los centenarios de Rubén Fuentes, Tomás Méndez y José Alfredo Jiménez, se organizó un magno concierto conducido por César Costa que nos permitió recordarlos escuchando las canciones más queridas de este trío que, por sus méritos como compositores, arreglistas o intérpretes, también merecen ser reconocidos como Orgullo de México. ¿Por qué digo que fui a dar fe de la falsedad de tal dicho?, porque además de la participación en algunas canciones de Luis Alfredo Jiménez –nieto de José Alfredo- y de esa extraordinaria intérprete vernácula (“como las de antes”, dijo atinadamente una de mis vecinas de asiento) que es Rosy Arango, el evento fue confiado al Mariachi Vargas de Tecalitlán y, no sé si habrá uno mejor que ellos para poner en duda el slogan con que se venden como “el mejor mariachi del mundo”, pero sí puedo afirmar que son el mariachi más afinado que he escuchado, y que además de tocar su instrumento correspondiente, la mayoría de sus integrantes canta “bien y bonito”.

Tan es así, que nadie quería abandonar la sala tras tres horas de concierto, sin intermedio. Mis felicitaciones a José Alfredo Jiménez Medel y Tomás Méndez Jr., productores ejecutivos de este evento que, espero, repliquen muchas veces y en muchos escenarios más, porque, aquí sí, todos salimos canturreando más de una canción y con el orgullo muy en alto.

La 155: Este miércoles 2 viajé a Toluca para compartir con el Maestro Rodrigo Macías la charla que se ofreció esa tarde a los abonados de la OSEM para presentarles los 15 programas, conciertos especiales y giras que conforman la Temporada 155 que, en coincidencia con el 55 aniversario de la orquesta, inició este viernes 4 y concluirá el próximo 20 de diciembre.

Como no tenía idea de a qué sonaban la media docena de obras de compositores mexicanos vivos incluidos en el primer programa, llegué temprano para escuchar el ensayo. Lo confieso: tenía miedo de que fueran ruiditos inmamables, de esos que dizque componen las Marcelas, Enricos, Trigos y tantos “apóstoles de la vanguardia” cuya consigna pareciera ser atormentar a la audiencia.

¡Vaya sorpresa tan grata que me llevé! De entrada, el estreno mundial de la Suite Áurea para metales de Jorge Vidales, a quien considero el mejor compositor de mi generación. Tras ella, otro estreno, Xcanda de Maximiliano Díaz, Perenne mar, de Estrella Cabildo, Paraíso, de Alejandro Sánchez Navarro, la Samba de Arturo Zanabria y, para cerrar gozosamente, Masso Ye’eme, de Nubia Jaime Donjuan. A pesar de haber sido una primera lectura, me dejaron una inmejorable impresión y la certeza de saber que, todavía, hay quien compone Música “de a de veras”. Hay esperanza.