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Un par de preguntas surgidas mientras le leía mitos griegos a su hija para ayudarla a conciliar el sueño fueron el origen de Principio, medio, fin (Feltrinelli Editores, 2026), nuevo libro de Valeria Luiselli (Ciudad de México, 1983) con el que el sello italiano debuta en México. “¿Por qué en todos estos mitos de origen del mundo las cosas siempre están hendidas en dos? ¿Qué significa hendir en dos mitades?”. Las dudas de su hija revolotearon durante días en la cabeza de la escritora hasta conducirla de vuelta a la mitología griega. El retorno a ese origen terminó por convertirse en el alma de ese relato situado entre el ensayo y la novela, donde conviven la ficción y la autoficción.
Ganadora del American Book Award 2018 por su ensayo Los niños perdidos, Luiselli marra en Principio, medio, fin la historia de una escritora recién divorciada que emprende un viaje por Sicilia con su hija para reinventar esa relación filial, mientras siguen a la distancia el deterioro mental de la abuela, establecida en México. En la isla del Mediterráneo, madre e hija van tras las huellas de la bisabuela, quien trabajó como excavadora en un yacimiento arqueológico antes de emigrar a América. Con el amenazante volcán Etna de fondo, esa geografía —donde la autora suele pasar algunos veranos—, se convierte en el escenario de una reflexión sobre la memoria, el origen y la reinvención de las cosas.
En entrevista, realizada durante su visita al país para promocionar el libro, Luiselli habló con Confabulario sobre la escritura como un ejercicio de reaprendizaje y reinvención personal, así como de algunos temas que pueblan esta novela, como la ruptura familiar, la maternidad y la violencia de género. La autora que radica en Nueva York también se refirió a la censura de sus libros en algunas escuelas y bibliotecas de Estados Unidos, particularmente su ensayo Los niños perdidos, que da cuenta de la cruda realidad de los niños migrantes que llegan solos a ese país. “Es el momento más oscuro que yo haya presenciado en Estados Unidos”, compartió.
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La protagonista de tu novela en algún momento dice que regresar a la escritura siempre es un proceso lento, difícil, ¿cómo ha sido para ti el comienzo de este libro?
Fue un proceso de reaprendizaje en términos de mi relación con la escritura. La escritura, como todas las relaciones en nuestras vidas, sea una actividad profesional, una pasión, las parejas, los hijos, requieren una reinvención porque si no se convierten en relaciones movidas por la inercia y por los hábitos acumulados o, en el peor de los casos, en relaciones destructivas. Siento que a mis 30 y pico había llegado a un tope con la escritura, a una relación ya no movida por el juego, la alegría, el gozo de la exploración, sino que estaba llena de agotamiento, de dudas, de conflicto interior. Necesitaba reinventar esa relación y la reinventé. Primero, regresando al origen de las cosas: escribir unas notitas a mano todos los días a partir de las 5 de la mañana y hasta que se despertaran mis hijas, sin un objetivo claro, simplemente para escribir constantemente. Y desde ese caldo primordial que se armó en esas mañanas, empezó a surgir lo que eventualmente fue esta novela, en un periodo en el que mi hija mayor ya tenía 9, 10 años y estaba pasando por un periodo de mucho insomnio, y yo le leía para que se durmiera. En un momento escogimos una serie de mitos griegos, que creo que le producían más insomnio.
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En una de esas noches me preguntó algo enorme: ¿Por qué en estos mitos de origen todo siempre está hendido en dos? ¿Qué significa eso de hendir en dos mitades?. Yo pude responder la segunda pregunta, pero no la más importante: ¿por qué esa ruptura está en el origen de todas las cosas?. La novela empezó a tomar forma explorando esa pregunta, tanto en un nivel cosmogónico de los mitos de origen del universo, como en el nivel ínfimo de las relaciones humanas y las muchas pérdidas que hay a lo largo de una vida y los momentos en que tenemos que volver a empezar, a partir de una gran ruptura o una gran caída.
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Hablando de los mitos, justo en la novela madre e hija están leyendo La Odisea y cuestionan a Odiseo como el gran héroe de Occidente. Y, en otra escala, tú has dicho que reconstruir una familia es parecido a una Odisea.
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Para mí hay dos grandes épicas mediterráneas que, de algún modo, constituyen nuestro inconsciente colectivo sobre qué es una diáspora, un viaje, un exilio, las guerras. Una es La Odisea, donde los héroes griegos ganan una guerra, vagan por el Mediterráneo un tiempo, se pierden, matan a seres maravillosos como Polifemo, trafican a las pobres mujeres de Troya como esclavas sexuales y luego regresan a casa después de su odisea. No me interesan nada esos héroes vencedores de las guerras, traficantes de mujeres. Y hay otra épica, que creo que leemos menos en América Latina y que me parece mucho más interesante, más adecuada a nuestro presente, que es la de Virgilio en La Eneida. Sus héroes no son vencedores de una guerra, sino los troyanos, los que pierden la guerra y pierden su casa y tienen que salir como refugiados de sus tierras, se pierden en el Mediterráneo, todos los dioses son unos hijos de puta con ellos, acaban en las orillas de Cartago y están, a partir de ahí, tratando de imaginar dónde y cómo encontrar una nueva casa. Es decir, se parecen mucho más a los verdaderos héroes contemporáneos, los cientos de miles de refugiados que hay y que habrá en nuestros tiempos por cuestiones políticas, climáticas, de violencia familiar o estructural. Me interesaba mucho más esa épica, pero aquí no reescribo la épica de Virgilio. Está presente como el alma y esto es una épica ínfima, no de dos personajes refugiados ni mucho menos, pero sí de una pequeña guerra que se pierde, que es la pérdida de una familia, de un matrimonio y, en esa escala ínfima, contrastada con la escala grande, la humanidad, me interesaba bregar con el tema de cómo volver a empezar cuando se pierde algo.
¿Crees que tenemos que reaprender a leer estos clásicos?
Yo no prescribiría nada a nadie, que cada quien haga lo que quiera. Hay que leer lo que nos apasiona e interesa porque no hay tanto tiempo en esta vida. Yo estudié Filosofía en la UNAM y fui profundamente feliz leyendo a los presocráticos y luego a Platón, mucho menos a Aristóteles; también a algunos de los escritores latinos como Séneca, pero después tomé una dirección en la carrera muy distinta, acabé haciendo cosas de filosofía contemporánea, que no debí hacer, y dejé de leer a los clásicos años y años. Fue hasta que, durante el Covid, encerrada en casa, en noches de extrema angustia mientras hacía escuela casera con mi sobrina de 17 años que acababa de llegar a vivir conmigo y mi hija de 10. Tenía que educar a estas dos y regresé a esas lecturas viejas. Uno siempre regresa a su origen, y para mí el origen de mi formación era ese, el de la literatura y filosofía griega y latina antigua. Ahí encontré paz y, sobre todo, una capacidad de observación atenta que me estaba haciendo mucha falta. Ahora lo enseño en mis clases, el curso de escritores que vengo de dar este semestre todo se trató sobre vientos, volcanes, la luna, mareas, tierra, todo eso a través de la mirada de los presocráticos y los latinos. Creo que al principio mis estudiantes, que además en Estados Unidos hay más resistencia a los clásicos, decían “No, no. Eso es como muy highbrow", pero aguantaron, después todos estábamos en el mero mole de la delicia de estos textos antiguos. Creo que es cuestión de sentarse a verlos, leerlos en voz alta y platicarlos.
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En el libro hay diálogos de esos clásicos con el presente, como el de las Troyanas y Las Tesis para hablar de los feminicidios.
Las Troyanas, por lo menos en la versión de la obra de Séneca, es uno de los primeros ejemplos en la literatura de una colectividad de la voz femenina frente a un aparato opresor que silencia, trafica, violenta, mata a la mujer. Se levanta la voz colectiva de las mujeres por primera vez en la literatura y me parece fundamental y hermosísimo. Un poquito antes del Covid, por ahí del 2019, me acuerdo leerle a mi hija Las Troyanas y discutir la imagen de esas mujeres y entonces tenía muy presentes a Las Tesis, estas mujeres que encuentran en la voz colectiva la única manera de hacer frente a la violencia sistemática. Ahí están presentes ambas colectividades. De hecho, no sé si sea claro en una primera lectura de la novela, pero hay un solo fragmento escrito en colectivo. Todo está escrito desde una primera persona, pero hay un fragmento en voz colectiva, que es uno sobre los hombres que se bajan y cierran el zipper. Es un fragmento sobre la violencia sexual y está escrito desde un “nosotras”.
Es un fragmento fuerte, sobre todo si pensamos que cada vez más escuchamos de casos de violencia en lo íntimo, ya no tanto lo que se vive por fuera.
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Sí. Creo que eso es porque tenemos mucha más conciencia y maneras de nombrar esa violencia. No podemos hacer frente a lo que no sabemos ni siquiera nombrar. Yo siento que aprendí léxico sobre la violencia hacia las mujeres tarde en mi vida. Si hubiéramos tenido esas palabras a los 20 o 14, hubiéramos podido empezar desde entonces a hacer una fuerza colectiva en contra de eso. Nos tardamos un poco más y creo que ahora hay una conciencia mucho más colectiva de las formas de violencia y lo que constituye un acto de violencia. Nuestros límites están más claros también.
En la primera parte del libro hay esa angustia contenida de la madre, esa sensación que acompaña siempre a quienes crían, y al final está la otra parte, cómo ve la hija a la mamá. ¿Qué querías expresar al mostrar esas dos partes?
Justo eso. Las madres somos como volcanes contenidos, aguantamos, aguantamos, exhalamos cuando realmente ya no podemos, pero siempre hay una sensación de que nos toca cargar, sostener al mundo para las personas a quienes estamos criando. Y cuando digo sostener, me refiero por supuesto a lo económico, pero también a las pequeñas acciones del día a día. Tiene que haber desayuno todos los días, no importa si te dormiste a las 3 de la mañana porque tuviste insomnio; hay que hacer trenzas. Es un maratón infinito de muchísimos años. A pesar de los momentos de enorme fragilidad, hay que seguir sosteniendo el mundo. Entonces, se explora tanto nuestra resistencia como nuestra fragilidad. Trato de imaginar cómo nos ven nuestras hijas en los momentos en que parecemos fuertes y sólidas, aunque quizá nos ven con ojos de radiografía y ven precisamente lo frágil de todos nuestros huesos, del aparato que está tratando de sostener sus vidas.
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Y luego, yo no tengo hijos varones, siempre he tenido hijastros, pero tengo la impresión de que las hijas, tal vez más que ellos, se empiezan a sentir responsables de llevar la vida junto con nosotras más temprano. Ellas agarran las riendas de la vida antes de que nos demos cuenta y en esta novela se explora ese momento de transición de la infancia a la adolescencia, en donde una hija decide tomar las riendas junto a su madre.
Y está la otra generación, la madre que ve cómo su propia madre se está deteriorando con el tiempo.
Sí, yo tengo la fortuna de tener una madre presente, la última de su linaje, ya todas sus hermanos pasaron a otro plano. Eran nueve. Es muy difícil imaginar el mundo para mí sin mi madre, si bien a mi edad uno empieza a experimentar una y otra vez esa lenta erosión de la memoria de nuestros mayores, de nuestras madres, padres, tíos, tías, de los abuelos y abuelas o nuestros mentores o profesores, toda esa generación que nos sostuvo el mundo. Cuando se empiezan a ausentar, nos deja una sensación de enorme vacío y de responsabilidad: ¿Qué hacemos ahora? ¿Cómo sostenemos ahora nosotros eso que se nos sostuvo tanto tiempo?.
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Y los vínculos que la madre te puede dar con tu propia infancia, ¿no? Mencionas a Annie Ernaux y su libro sobre su madre (Una mujer), donde ella dice que cuando murió, se dio cuenta que era el vínculo que tenía con su infancia
Sí, el vínculo con el mundo. Hablando de cosas que son hendidas en dos, el nacimiento y nuestra conexión con todo es ese momento en el que una madre se parte literalmente en dos para que podamos salir nosotros al mundo. Una vez que esa persona no está, esa conexión material con el origen también se esfuma.
Sobre la geografía de Sicilia, ¿qué te permitió a nivel narrativo esa geografía volcánica y fronteriza?
Sicilia se parece tanto a ciertas cosas de México, no sólo sus nopales, también su naturaleza volcánica, su belleza y su fealdad, todo mezclado en uno. La tremenda corrupción política que hubo en el sur de Italia y Sicilia, el equivalente al narco, que era realmente dueño del territorio y cómo han podido, poco a poco, los sicilianos superar esa cicatriz de violencia que los definió tanto tiempo. Más allá de esa historia compartida con México, lo que más me llama de Sicilia es su carácter de tierra fronteriza por excelencia. Es la frontera tectónica entre Europa y África, debajo de Sicilia corre la falla que separa y une las placas tectónicas africanas y europea y, por ende, es un territorio en constante movimiento, por ende. Es una tierra volcánica por ese choque tectónico, entonces es un territorio en donde se siente como el origen del mundo muy presente, como el caldo primordial que generan los volcanes, pero también donde la noción del fin de las cosas está a la vuelta de la esquina. Muchos de los veranos en los que estoy ahí, las temperaturas llegan a más de 45º, hay un viento muy seco que trae arenas del Sahara y con los años empiezan a haber más incendios terribles en toda la isla. Hay una sensación de fin del mundo pegadita a la sensación de origen del mundo y otra cosa fronteriza de Sicilia, que es que fue realmente una isla a la que llegó toda el Mediterráneo, los cartagineses, los griegos, los romanos, los árabes, los fenicios, los normandos, todos quisieron en algún momento hacer vida en Sicilia, conquistarla, hicieron las guerras, ahí hicieron familias, se mezclaron y, así como en la Ciudad de México leemos las capas de la historia como palimpsesto, en Sicilia sucede con las capas de la historia, solo que allá son hasta más antiguas.
Como en Desierto Sonoro, aquí utilizas recursos como fotografías Polaroid y documentación sonora. ¿Cómo es tu proceso de trabajo en esos casos?
Esas dos cosas me ayudan mucho en el camino. Grabo muchos sonidos y tomo muchas fotos instantáneas Polaroid que luego constituyen un archivo que me permite, en un momento más avanzado de la escritura, esparcir sobre una superficie las fotos para encontrar una arquitectura para la novela porque, como escribo en pequeños fragmentos en los que todavía no encuentro hilos de trama, voy hacia atrás buscándola y estos archivos sonoros o fotográficos me ayudan.
Finalmente, ¿cómo se vive ahora en Estados Unidos? ¿Como creadora cómo ves esas políticas de libros vetados y revisiones constantes de discursos?
Mis libros han sido vetados ya en varios estados, de escuelas públicas y de varias bibliotecas. Los míos, entre los de muchas otras personas. Es un momento muy difícil, no hay manera de edulcorarlo. Es un momento donde la vida se siente un poco irreal, como una especie de sueño entre la bruma; un momento donde estamos aguantando la respiración para que esto acabe. La única esperanza que yo concibo en este periodo es que esto acabe lo más pronto posible. Es el momento más oscuro que al menos yo haya presenciado en Estados Unidos. Llevo 20 años ahí, llegué con la elección de Obama y siempre ha sido un país violento, oscuro, expansionista, bully, pero en este momento se siente mucho más oscuro y las pocas cosas que lo hacían un lugar prometedor, habitable, vital, como los centros de estudio, las bibliotecas, las universidades, ahorita están bajo terrible amenaza. La radio pública, todas esas cosas que lo mantienen un país interesante, están amenazados.
¿Qué libros tuyos han sido vetados?
Tell Me How It Ends, que es Los niños perdidos, y creo que también Desierto sonoro.
¿Y cómo has tomado todo esto?
Pues, ¿qué voy a hacer? No hay mucho qué hacer cuando tu trabajo está prohibido. Esperar a que la gente curiosa los encuentre.
¿Es una prohibición en bibliotecas públicas y escuelas?
En escuelas sobre todo. Los niños perdidos se enseña mucho en escuelas porque es un libro que atañe a los jóvenes, entonces en algunos estados ya es es blacklisted.
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