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“Hay puertas que no se ven, pero que siempre están abiertas. El problema es que, luego de que uno las cruza, resulta imposible regresar”, advierte la abuela Ignacia en la parte central de El terror de las puertas (Alfaguara, 2025) la nueva novela de Ethel Krauze. Con 147 páginas distribuidas en tres grandes apartados, este relato propicia reflexiones sobre el despertar a la vida adulta y sobre lo que significa ingresar en un mundo en donde hay cosas que pueden ser dichas y otras que no.
En la parte inicial, titulada “primeras puertas”, escuchamos el discurrir de una menor de once años que nos perfila su mundo: con lenguaje y psique propios de una niña a punto de dejar de serlo, la voz define las presencias más importantes en su entorno: su padre, su madre, su hermano y su hermana, todos mayores que ella. Describe su casa como “una casa sin puertas verdaderas”: un hogar tembloroso, inestable como una gelatina, un recuerdo que a cada instante amenaza con deshacerse. Pero en el primer capítulo encontramos una puerta más: un cuaderno de tapas negras donde la joven protagonista deposita al mismo tiempo esperanzas y terrores.
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Conforme avanzan las páginas nos enteramos de cómo se formó la familia: cuando era joven, la madre soñaba con ser azafata, vocación que en un inicio le fue prohibida por su padre bajo el argumento de que ese no es un oficio sino una coartada para poner en práctica conductas vergonzantes (otra vez, el silencio). Sin embargo, tras mucho porfiar, la aspirante a sobrecargo consiguió que le permitieran probarse en el oficio solo para toparse, a diez mil pies de altura, con un cambio de itinerario: en su segundo vuelo, un ingeniero que iba a una planta petrolera le pidió un jaibol… y terminaron casados y con tres hijos.
Desde el arranque, la novela está llena de puertas simbólicas: a la madre le acaban de practicar una histerectomía. Ha desaparecido esa puerta biológica por la que “se cuelan todas las desgracias” y por la que “salen los bebés envueltos en una cobijita de sangre”. El padre se ausenta durante lapsos cada vez más largos, y se marcha de la casa “con un portazo cada vez”. Mientras tanto el hermano, en un reclamo de privacidad adolescente, cierra la puerta de su cuarto. ¿Qué hará allí dentro, que el padre amenaza cada lunes y martes con enviarlo a una escuela militarizada?
En esta primera parte del libro, Krauze utiliza el recurso magistral empleado por Nellie Campobello en Cartucho, por Rosario Castellanos en Balún Canán y por Juan Pablo Villalobos en Fiesta en la madriguera: hechos terribles nos llegan contados por una voz narrativa infantil, sin malicia, que no termina de comprender su entorno. No obstante, por debajo de las palabras llegan a nosotros verdades incómodas, golpes difíciles de asimilar. ¿Qué puerta ha cruzado el hermano mayor de la protagonista, quien finalmente es enviado a la academia militarizada? ¿Cuál puerta ha cruzado la madre, cuyas risas y cuchicheos al teléfono su hija no alcanza a descifrar? ¿Qué puertas ha cruzado el padre, cuyas miradas engendran terror en sus hijos?
En El terror de la puertas, la autora de Samovar y de El país de las mandrágoras apuesta por una literatura sin restricciones: somos testigos de los sospechosos intercambios entre la madre y un enigmático vendedor de cortinas, de las fiebres del hermano mayor y hasta de un episodio de incontinencia de la joven protagonista. La perspectiva elegida para contar la historia es uno entre los muchos aciertos de la novela, pues nos permite mirar los rincones más íntimos de cada situación. Así, por ejemplo, en el capítulo cinco somos testigos de cómo la madre y sus dos hijas preparan donas para la suegra que viene de visita. Las vemos cocinar despeinadas, en ropa interior y bebiendo clericó. Un par de párrafos después, a la llegada de la suegra Doña Mefista, nos encontramos con un comedor impecable, con un mantel de brocado y un plato de deliciosas donas. Y sin embargo, recordamos que tal perfección es una puesta en escena cuando la protagonista se desliza debajo de la mesa y nos describe los tacones “chatos y apestosos” de la visitante, las uñas renegridas de su hermana e incluso los botines viejos de la abuela Ignacia.
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Es durante la segunda parte de la novela cuando la inocencia de la protagonista comienza a disolverse, y en su lugar se instala un terror permanente, una serie de abrasadoras dudas que la empujan a sostener un diálogo con su cuerpo cambiante en un entorno que también muta. En ese difícil proceso que es crecer, la ficción cobra un papel central. Su cuaderno de tapas negras, que ella procura mantener oculto, es descubierto por la madre (quien, sin permiso, abre esa puerta). El resultado es que por primera vez la relación madre-hija adquiere, en la conciencia de la hija, dobleces, sombras y rincones inaccesibles. A pesar de ello un secreto orgullo nace en la pequeña, de modo que la literatura se le revela como una vocación “capaz de abrir puertas a fuerza de palabras”, pero que al mismo tiempo es “la puerta más aterradora de la vida”.
En esta novela sobre lo que puede y lo que no puede ser dicho, destaca la gran destreza de Ethel Krauze para manejar implícitos: construye inteligentes diálogos que pone en boca de sus personajes femeninos, quienes, sin explicitar nada, entablan feroces discusiones en torno a situaciones que no deben enunciarse.
Antes “no entendía todo ese juego de sentidos, pero ahora ya sé de qué se trata todo este relajo”, dice la protagonista en última parte. Rebasado el umbral de la inocencia, la muchacha comienza a abrir puertas por decisión propia, como lo han hecho antes sus hermanos. No corren tiempos fáciles: con 1968 llegan aires de libertad, con minifaldas y teatro experimental, pero arrancan también la lucha estudiantil y la marcha del silencio. Como durante siglos han hecho las mujeres, los desposeídos, los outsiders, los jóvenes han aprendido que el silencio puede ser un arma.
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