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Desde niña, Yuvelis Morales Blanco aprendió que cada mancha oscura provocada por algún derrame de petróleo en el río que da vida e identidad a su pueblo pesquero significaba devastación ambiental y escasez de comida. Por eso, cuando apenas comenzaba sus estudios de ingeniería ambiental, en 2019, se movilizó con sus compañeros para tratar de parar un proyecto piloto de fracking en su natal Puerto Wilches, situado en la margen oriental del río Magdalena, uno de los más importantes de Colombia y que el propio García Márquez tomó como metáfora del tiempo en novelas como El amor en los tiempos de cólera (1985).
“El Magdalena no es solamente la columna vertebral que sostiene un país, sino mi identidad propia. Soy Yubelis Morales, hija del río Magdalena”, dice en entrevista virtual esta joven de 24 años, recientemente galardonada con el Goldman Environmental Prize 2025, también conocido como el “Nobel Verde”, por su lucha contra esta técnica de extracción de combustibles fósiles en su comunidad afrocolombiana.
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Hija de pescadores, Morales Blanco recibió hace unos días este premio, otorgado por la Goldman Environmental Foundation, creada en 1989 en San Francisco por los filántropos Rhoda y Richard Goldman. El premio reconoce años de defensa de su territorio pese a las amenazas e intimidaciones que ella y su familia han enfrentado, y que incluso la llevaron al exilio forzado en Francia hace algunos años.
El galardón llega, además, en un momento coyuntural para Colombia, donde en plena elección presidencial hay facciones que se oponen al uso de esta técnica y otras decididas a extraer hasta la última gota de petróleo del subsuelo a cualquier costo. Un debate que trasciende las fronteras colombianas y que puede funcionar como espejo de lo que podría ocurrir en otros rincones del continente, incluido México, donde el fantasma del fracking ha vuelto.
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¿Cuándo inicia tu activismo con las organizaciones locales y qué es lo que lo detona?
No sé muy bien cómo contestar esa pregunta porque, más que activista, soy hija de pescadores. Para nosotros, la vocación de cuidado hacia el río Magdalena ha sido el eje fundamental de nuestra propia vida. Más bien diría que empecé la lucha contra el fracking cuando tenía 18 años, en 2019. Iniciamos con grupos locales en el municipio de Puerto Wilches, con la Alianza Colombia Libre de Fracking, que hereda su nombre de la Alianza Mexicana contra el Fracking; somos organizaciones hermanas.
Puerto Wilches es un pueblo ribereño ubicado en la margen derecha del río Magdalena, el más importante del país. Al estar en la región del Magdalena Medio, también hacemos parte del complejo de Ecopetrol, la petrolera estatal más grande de Colombia. De aquí se ha extraído energía por más de 100 años; en mi región es donde nace la industria petrolera colombiana. Yo soy parte de la comunidad de pescadores artesanales del río Magdalena y vemos este río no como un recurso, sino como un espíritu, una madre dadora. Existe una conexión intercultural y ancestral. El Magdalena ha sido siempre el eje central de nuestra cultura e identidad. Por eso empecé esta lucha contra el fracking, por la defensa del río, por lo que significa para mí, para mi familia, para quienes estuvieron antes de nosotros y quienes estarán después.
¿Qué consecuencias ambientales y en la salud de la gente ha dejado la extracción de hidrocarburos en ese territorio?
Colombia es un territorio libre de fracking. A diferencia de México, Estados Unidos y Argentina, no es un territorio donde se usa la técnica, por eso nuestra alianza se llama Alianza Colombia Libre de Fracking. Llevamos 10 años en esto. Sin embargo, la extracción de hidrocarburos en nuestro territorio con técnicas convencionales, sí ha dejado contaminación que afecta una cadena completa de vida, no solo a los seres humanos, sino también a los no humanos.
Hemos visto cómo los derrames de hidrocarburos parecen haberse normalizado en nuestros ecosistemas. Hemos visto desastres monumentales, como el del pozo Lizama 158, un derrame sin precedentes por el mal abandono de pozos.
Todos los días las comunidades de pescadores denuncian derrames en sus territorios; vemos cómo el acceso al agua empieza a ser una pelea real, o tenemos petróleo o tenemos agua para vivir.
Vemos degradación ecosistémica, desplazamiento y, algo muy importante, la estrecha relación entre la extracción de hidrocarburos y el conflicto armado en nuestra región. Se ha documentado nexos entre la estatal petrolera colombiana y grupos armados ilegales y cómo han asesinado a líderes sociales y ambientales que se oponen a estos proyectos. Tenemos experiencia con la extracción convencional y, justamente por eso, reclamamos que no avancen los Proyecto Piloto de Investigación Integral de Yacimientos No Convencionales (PPI), que es como se le conoce al fracking en Colombia.
¿En Colombia cuándo empezaron a incursionar estos proyectos piloto y qué tanto han sido aceptados tanto a nivel político como social?
En Colombia se viene hablando de fracking desde 2010. Ya en 2016 comenzaron las perforaciones para posibles proyectos de extracción con esta técnica. Las comunidades se dan cuenta de esto y empieza una gran lucha por su prohibición, desde San Martín, César, hasta Puerto Wilches. Eso se da en varias coyunturas importantes en Colombia. La primera es la firma del Acuerdo de Paz. Siempre hablamos de la necesidad de paz, porque cada vez que en el Magdalena Medio se habla de la posible incursión donde un proyecto extractivista de combustibles fósiles la paz empieza a tener total ausencia. En 2016 empieza esta lucha, también nace la Alianza Colombia Libre de Fracking. En 2018, 2019 hay un principio de precaución de las comunidades de la Corte Constitucional colombiana porque se tenía muchas zozobras de lo que esto implicaba en la economía y el tejido social comunitario. Ahí Alianza Colombia Libre de Fracking empieza con las comunidades a escribir, redactar y vincular un proyecto de ley que busca la promoción del fracking y los yacimientos no convencionales en Colombia. Ya llevamos hoy cinco proyectos de ley, todos han sido archivados, lo que significa que ha habido tanta cobardía de parte de legisladores que ni siquiera se ha podido debatir alrededor del tema. Hoy los proyectos pilotos están suspendidos, pero fue una voluntad política desde presidencia, más que una prohibición real. Por eso reclamamos la prohibición legal mediante el proyecto de ley, una sentencia o un artículo que logre proteger las comunidades.
Ahora, en plena coyuntura electoral, el fracking ha sido uno de los temas centrales de la discusión energética en el país, lo que resulta bastante deplorable. Los candidatos de derecha hablan de la necesidad de implementarlo, agarrando estos supuestos grandes ejemplos de Estados Unidos y Argentina, bajo el argumento de la soberanía energética y el agotamiento de las reservas.
Consideramos que es una discusión irresponsable y superficial. Hemos estado en Texas; en Veracruz, México, y en Vaca Muerta, Argentina; hemos documentado y visto de cerca las consecuencias del fracking sobre las comunidades y los ecosistemas. Las guerras y las crisis actuales muestran que el combustible fósil sigue siendo el centro de disputa global. Colombia y el sur global no pueden jugar ese supuesto desarrollo a cambio de la explotación de sus territorios y su naturaleza. No tenemos que ser el patio trasero de Estados Unidos para intentar ser un país desarrollado en todas sus esferas; nuestro sur global necesita hablar y hacer realidad la transición energética.
¿Qué riesgos han podido ver en sus recorridos por territorios de otros países donde sí se aplica el fracking? ¿Por qué definitivamente esta técnica no es recomendable?
Desde la Alianza Colombia Libre de Fracking hemos documentado y generado literatura junto con otras Alianzas en Latinoamérica. Hemos visto cómo las afectaciones y las transgresiones a los derechos humanos son el pan de cada día en esas comunidades. Las promesas de un supuesto desarrollo nunca llegan y sólo aparecen la contaminación de las fuentes hídricas, de los terrenos para cultivos, la desviación de ríos y graves problemas sanitarios. Las enfermedades se vuelven una constante en todos los territorios donde se ha documentado fracking. También hemos visto cómo el agua, que es el sostén de la vida, pasa a ser el sostén de esta industria, desplazando de inmediato a las comunidades.
Hemos documentado desplazamientos masivos, fracturas en el tejido comunitario y actividad sísmica, como en Vaca Muerta, en la provincia de Neuquén, Argentina. También vemos cómo aumenta el abandono estatal. Aunque estos territorios son presentados como fundamentales para la economía nacional, las comunidades quedan invisibilizadas y convertidas en zonas de sacrificio. Es como si los países quisieran poner un velo sobre las consecuencias reales del fracking y mostrar únicamente la supuesta riqueza que genera.
Lo hemos visto desde la región del Permian en Estados Unidos hasta La Patagonia, en Argentina. Es una técnica de extracción de energía extrema, a costa del bienestar de las comunidades y los ecosistemas. En Argentina hay una invisibilización tremenda hacia los mapuches, hacia los campesinos, hacia los mismos neuquinos, que son habitantes de esta región en donde se hace fracking. Recuerdo que en México nos decían que hacer fracking es incompatible con la vida digna de las comunidades.
Hasta hace poco se hablaba mucho de los Objetivos de Desarrollo Sostenible y de transición energética, pero parece que con las guerras ha tomado más presencia el discurso de la soberanía energética y la explotación de combustibles fósiles. ¿Cómo lees este cambio de postura global?
Es bastante reprochable porque yo creo que lo que está pasando con las guerras debería enseñarnos que ese no era el camino. Esta civilización fósil sigue haciendo de las suyas porque quienes gobiernan continúan aferrados a un modelo basado en la extracción de combustibles fósiles. Muchas veces en los movimientos juveniles hacemos chistes de esto, pero la realidad es muy dura, pues vemos cómo las generaciones adultas siguen condenando a las niñeces y juventudes a futuros que posiblemente no existan, con tal de sostener el status quo de la sociedad petrolera.
Sin embargo, también creo que las guerras nos están mostrando, con gran rudeza, que el mundo tiene que reconfigurarse.
Vemos cómo lastimosamente también en México Claudia Sheinbaum le apuesta al fracking, después de ser una de las mujeres que contribuyó a la ciencia para cuidar la vida. Es bastante controversial e irónico que nuestras posturas estén cambiando, solamente por obedecer a otros países y que ese mismo país más grande se reconozca a sí misma como la única América y nos discrimine, nos masacre, genere genocidios en otros continentes, secuestre y rompa la soberanía de nuestros propios países. La discusión alrededor de los combustibles fósiles es mucho más profunda, pero sigue siendo el eje de conquista y dominación de muchos países.
Este premio Goldman, ¿en qué momento llega para ti?
Bueno, el Goldman Prize llega en un momento coyuntural. Colombia en este momento se enfrenta a dos grandes extremos, que curiosamente no son el extremo de la izquierda o la derecha, sino los extremos de que uno lucha por la vida y el otro quiere sacar hasta la última gota de petróleo del suelo. También llega en un momento en el que Colombia está apuntando a una transición energética; del 24 al 29 de abril tuvimos la primera conferencia internacional para la transición más allá de los combustibles fósiles. Se reunieron más de 40 países, muchas nacionalidades y bastantes delegaciones del mundo entero dispuestos a conversar alrededor de la necesidad de una transición energética justa.
Así que el premio se convierte justamente en un gran portavoz de lo que Colombia y el Sur Global en general están gritando al mundo, que es la necesidad de justicia climática y justicia energética dentro de un sistema que sigue arraigado en los combustibles fósiles. Y aunque el premio llegue a mi nombre, reconoce una lucha colectiva de más de 10 años, construida junto a muchas compañeras y compañeros.
Significa mucho porque es un reconocimiento mundial que le grita al mundo que a una peladita, como decimos acá en Colombia, le están dando un premio por su lucha contra lo que para muchos sigue siendo el eje fundamental de la economía. También representa un rechazo a la sociedad petrolera y a la industria fósil.
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