In memoriam Ruth Slenczynska (1925-2026)

El domingo pasado, mi querida Silvia Cherem fue la primera en enviarme un mensaje que se repitió constantemente a lo largo del día. Como nunca antes, varios amigos me preguntaban por qué no había escrito sobre las actuaciones que, en días recientes, había ofrecido Alondra de la Parra en nuestra ciudad. Procedo a disiparles el por qué y, ya encarrilados, compartirles mis impresiones.

Originalmente, pensé combinar en una sola reseña los eventos que me llevaron a asistir a mi amado Blanquito durante un par de días seguidos, algo que no hacía desde hacía mucho tiempo; tras revivir el gozo de aquellas noches maravillosas cuando el Maestro Diemecke ofrecía temporadas memorables, como aquella que le consagró como el primer mexicano en dirigir íntegro el Ciclo Mahler, coincidiendo con los 60 años del Palacio, o cuando realizó aquella que llamó “La Sinfónica va al cine…”, y con tanto que –habrán visto- debía ser consignado en torno al Homenaje a Falla, consideré más justo dedicarle una sola columna a cada evento, optando por hablar primero, de lo que ocurrió primero.

Poco más de un mes antes, el Maestro Ludwig Carrasco había externado su asombro en las redes: las localidades para los conciertos de la Orquesta Sinfónica Nacional con Alondra de la Parra en calidad de Directora Huésped, ya se habían agotado. Algo que también tenía mucho de no ocurrir y que, poco a poco, ha ido logrando gracias a una programación atractiva, plena de rescates de música mexicana que teníamos años (¡o siglos!) de no escuchar, pero, sobre todo, a la acuciosidad –más propia de un kapellmeister- con que él ha ido trabajando cada sección, para devolverle a la orquesta el brillo y la probidad perdida durante la gestión de su antecesor.

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 Foto: Festival  Paax GNP 2026
Foto: Festival Paax GNP 2026

Un antecesor que, tal vez por la certeza de que no saldría muy bien parado ante una inevitable comparación, me informan varios músicos de la OSN que había vetado –entre otros- a quien fuera su Maestro, el gran Jorge Mester, y a quien es actualmente nuestra batuta con más presencia y prestigio internacional, la citada Maestra de la Parra.

Si algo retumbaba en mí desde antes de que sonaran las primeras notas del Preludio a la siesta de un fauno de Debussy con que Alondra inició la velada, era la frase más emblemática de Volver, aquel tango que tanta fama le diera a Gardel. La lánguida atmósfera lograda con Debussy cedió ante la electrizante versión del Concierto en Sol de Ravel que tuvo por solista a Thomas Enhco, un pianista que suma a su talento la rara inteligencia de reconocer qué obras son afines a su temperamento y virtuosismo particular.

Además, su consanguineidad con Robert Casadesus –aquel legendario intérprete que trabajó directamente con Ravel-, le brindó el acceso a las partituras atesoradas en su familia por contar con las correcciones autógrafas del autor, y gracias a ello le escuchamos una ejecución lo más fiel posible a los deseos del compositor, ya que la Edición Durand por todos conocida tiene erratas que, además de notas equivocadas, cuenta con numerosas dinámicas y fraseos errados. El iridiscente touché y elegante fraseo con que Enhco abordó el Adagio assai queda en mí como un referente, a la par de la versión que Marguerite Long grabó en 1932, dirigida por Ravel.

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Tras el intermedio, los siete incisos que De la Parra extractó de las dos suites del ballet Romeo y Julieta de Prokofiev fueron los que, para sorpresa y beneplácito de la concurrencia, revelaron a una orquesta que teníamos años de no escuchar. Sin aspavientos de la directora, desbordaron dramatismo y teatralidad. A la euforia de cuantos les ovacionaban de pie, se sumaron los gritos pidiendo “otra” y aquello, rayó en la locura. Vino primero el Danzón 2 de Márquez, después, el Huapango de Moncayo y entonces, fuimos conscientes de haber presenciado un milagro inesperado: al romperse el conjuro de quien la tenía vetada, Alondra arrancó a la Chafónica del letargo en que la había sumido el ingeniero, para devolvernos a una orquesta viva, sensible y atenta a la precisión gestual de quien acababan de tener en su podio.

Y aunque esa noche la adrenalina no me permitió dormir, el domingo al mediodía ya estaba de vuelta en el Blanquito. Lo presenciado el viernes apenas había sido el presagio de lo que ahora ocurriría. De entrada, Enhco se ganó al público improvisando en torno a nuestra querida Estrellita de Ponce y la orquesta estuvo más “a punto” en cuanto a algo que no debemos dar por hecho: la afinación. Una vez más, los asistentes exigieron, enardecidos, sus propinas, y a pesar de repetir las mismas obras bisadas el viernes, la experiencia no pudo ser más diferente. Con la ligereza y el magnetismo avasallador que le distingue, Alondra involucró a la concurrencia a participar, llevando el ritmo con las palmas tanto en Márquez, como en Moncayo, llevándola del júbilo al paroxismo incontenible.

Lo más admirable fue que, tras estas extenuantes experiencias, más tardamos en soltar el plato que en dirigirnos al Teatro de la Ciudad, donde pude ver la enjundia con que Alondra acometió el primer ensayo de Gershwin, la vida en azul, el espectáculo que estrenó días después, el miércoles 29. Y digo “estrenó” porque, aunque el libreto es básicamente el mismo que presentó en Xcaret el 23 de junio del año pasado y con el que itineró después, lo que vimos ahora, es otra cosa.

Dicen bien que “menos es más” y Alondra tuvo la sensibilidad de hacer varios cambios: salió aquella cantante que “no daba el ancho” y, en su lugar, entro la fabulosa Olivia Chindamo; Sara Esty sumó su versatilidad al elenco y la parte visual fue totalmente renovada con proyecciones que, además de evocar la faceta de Gershwin como pintor, estaban impecablemente sincronizadas con la música. La Orquesta Filarmónica de las Américas también nos brindó una sorpresa, al entonar Summertime a bocca chiusa. En resumen, nadie hizo nada que no fuera lo suyo: los cantantes se limitaron a cantar, los bailarines a bailar, los músicos a hacer música, Thomas a tocar cual Gershwin revivido, y ella… brilló como nunca al permitir que brillaran los demás.

Tengo todavía muy fresca la impresión de aquel lluvioso 23 de septiembre de 2005, cuando De la Parra debutó al frente de la OSN. ¡Cuánto ha crecido… y vaya que ha pasado agua bajo el puente! No es metáfora: este 24 de abril volvió a llover, como en casi todas las ocasiones que Alondra ha dirigido en esta ciudad.

Entonces, titulé mi reseña Alondra ascendida y cerraba comentando que habíamos “sido afortunados testigos del prometedor ascenso de una novel directora hacia unos cielos mayoritariamente surcados por varones”, y que habría que “estar al pendiente de su desarrollo (…), en breve, la veremos planear por ellos con la gallardía y majestuosidad de un águila real. Posee disciplina, profesionalismo, talento y, sobre todo, carisma para lograrlo”.

No me equivoqué. Volviendo a Gardel, ¿quién dijo que “veinte años no es nada”? De entonces a la fecha ha dirigido las orquestas más importantes del mundo y no me lo cuentan: personalmente, la he visto ganarse el entusiasmo del público, la aprobación de la crítica y el respeto de los músicos de la Orchestre de Paris, la London Philharmonic, la Rundfunk-Sinfonieorchester de Berlín y de esa gloriosa creación suya que es la Orquesta Imposible, ese personalísimo instrumento con el que nos ha demostrado que, gracias a esa disciplina, profesionalismo, talento y carisma que tan bien ha sabido encauzar, no hay sueño que no se cumpla.

Hoy, hago votos para que no vuelvan a pasar otros veintiún años para volver a disfrutar de la madurez y excelencia de Alondra aquí, en su casa.

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