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No miren solo su plato. Miren el viaje que ha hecho lo que hay en él. Ese trayecto —cada vez más largo, opaco y digital— evidencia la creciente externalización de un acto vital básico como la alimentación, en el marco de la globalización contemporánea. Se ha delegado en la cadena global y en el algoritmo aquello que, durante milenios, fueron saberes prácticos vinculados al territorio, en un contexto en el que el acto de comer era fuente de reforzamiento de los vínculos sociales comunitarios.
Todo ello ha ocurrido a la vez que hemos cambiado la huerta por la tableta, entendida esta en su doble acepción: como pantalla táctil y como alimento industrial ultraprocesado. En este proceso, algo profundo se ha quebrado.
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La cocina como “hecho social total”
Hubo un tiempo, no tan lejano, en el que la alimentación constituía un auténtico hecho social total; un proceso en el que se integraba todo: la economía doméstica, el conocimiento práctico, las relaciones de género, los ciclos de la naturaleza y los ritos de la comunidad. La huerta familiar, o la del vecino; el mercado semanal, donde se saludaba y se regateaba; la estricta ley de las estaciones, que dictaba el menú. El saber no residía en un manual, sino en la memoria de las manos: en el tacto que reconocía el punto de la masa, en el ojo que sabía cuándo la fruta estaba madura, en el oído que escuchaba el hervor de la mermelada. Se sabía no por una etiqueta ni por rastrear el recorrido de un alimento en una pantalla, sino porque se había visto crecer la lechuga o porque padres y abuelos habían enseñado, sin palabras, el secreto de la tomatera. Comer era, ante todo, un acto de pertenencia: a un lugar, a un clima, a una red de rostros conocidos.
La gran fractura: el supermercado y la “descualificación”
Luego llegó la gran fractura. El éxodo rural y la urbanización acelerada cortaron el primero y más físico de los vínculos. La ciudad prometía modernidad, pero nos desterró del origen de nuestra comida. En ese nuevo paisaje, el supermercado pasó a organizar la compra como un ritual de abundancia continua, donde las estaciones dejaron de dictar el menú y los productos de los mares y territorios lejanos, convertidos en informaciones de etiquetas, aparecían enlatados o embolsados ante nuestros ojos tentando nuestros olfatos y paladares. Estos cambios fueron fascinantes y liberadores, pero también el comienzo de una ruptura lenta y profunda de los vínculos entre lo que comíamos y los territorios que lo hacían posible.
Aquí se instala lo que puede definirse como la “descualificación alimentaria”, una de las paradojas fundamentales de nuestro tiempo. Nunca hemos tenido tanta información a nuestra disposición —calorías, porcentajes, orígenes geográficos, listas de ingredientes impronunciables— y, sin embargo, nunca hemos sabido tan poco en la práctica sobre lo que comemos. Aprendimos a elegir marcas y a comparar precios por kilo, pero olvidamos cómo se elige un buen tomate por su olor, su tacto y su peso en la mano.
Delegamos el conocimiento en la industria alimentaria. Cambiamos, casi sin darnos cuenta, la soberanía por la comodidad y la facilidad de acceso a los alimentos. En aquel mundo, incluso quienes no producían directamente participaban de sistemas alimentarios próximos y comprensibles; hoy, tras haber sido compradores informados, nos hemos convertido en meros seleccionadores de productos envasados bajo luz fluorescente.
La mutación final: la pantalla como intermediario absoluto
El viaje no terminó ahí. La desmaterialización culmina en la “tableta” contemporánea. Por un lado, el producto ultraprocesado, una comida-materia, totalmente desconectada de cualquier raíz socio-territorial reconocible, reducida a una formulación química y nutricional. Por otro, la pantalla táctil, que convierte el acto de alimentarse en un servicio digital. A su alrededor florece un ecosistema completo, articulado en la solicitud de comida a domicilio que satisface antojos a medianoche, el tutorial de YouTube que guía cada corte del cuchillo, la lista de la compra digital sincronizada y el repartidor anónimo cuyo recorrido seguimos en un mapa.
La comida se ha convertido en un commodity fluido que se pide, se rastrea, se recibe, se consume y se evalúa con estrellas. El algoritmo anticipa y modela nuestros deseos. “¿Te gustaría volver a pedir ese sushi?”, nos pregunta la máquina, haciéndose pasar por familiar. Hemos externalizado incluso el gusto.
El impacto sobre el ritual social es profundo. La mesa, ese último bastión de lo común, se fragmenta. Comemos solos frente a la pantalla del ordenador o juntos físicamente, pero con la mirada y la atención ancladas en el móvil. Compartimos la foto del plato en Instagram mientras desatendemos la conversación con quien tenemos enfrente. La “comida compartida” se degrada, con frecuencia, en una “comida en paralelo”; reflejo de una soledad conectada en la que el vínculo es con la red, no con la persona.
Recuperar la soberanía cotidiana: un acto de resistencia
Ante este panorama, la pregunta no es nostálgica. No se trata de un imposible y romántico regreso al huerto, ni de mitificar el pasado con sus miserias y escaseces crónicas, ni tampoco de demonizar una tecnología que ofrece comodidades indudables. La pregunta es política, en el sentido más amplio y humano del término: ¿podemos recuperar el control y ejercer una soberanía alimentaria cotidiana?
Esta no es una consigna reservada a los agricultores ni a minorías militantes; es una posibilidad abierta a toda la población cada día. Es la decisión consciente de comprar, de vez en cuando, en ese mercado tradicional que aún resiste. Es el gesto —cada vez más contracultural— de dedicar veinte minutos a cocinar algo sencillo, reconectando con la transformación elemental de los alimentos. Y es, sobre todo, la defensa deliberada de la mesa como último espacio analógico: el lugar donde se apagan las pantallas para encender la conversación, donde se escucha, se debate y se transmiten historias.
En esta tarea, quienes hemos vivido el cambio contamos con una perspectiva privilegiada. La madurez, con su tiempo parcialmente recuperado y su acumulación de experiencia, no es una desventaja, sino un activo valioso. Nos permite comparar, comprender el trayecto completo y elegir con mayor conciencia. Nos convierte en testigos y, quizá, en transmisores necesarios de este relato hacia generaciones más jóvenes que nacieron ya con el mundo en la palma de la mano.
Entre el dedo que desliza una pantalla y la mano que amasa el pan existe un espacio de libertad. Es el espacio de la elección consciente, del saber práctico recuperado y del vínculo compartido sin intermediarios digitales. En un mundo que optimiza obsesivamente la eficiencia y el consumo individual, reivindicar ese espacio no es un gesto nostálgico, sino un acto de resistencia civilizada y, quizá, la primera —y más olvidada— receta para el bienestar en una sociedad hiperconectada y, paradójicamente, profundamente desconectada.
Nuestra relación con la comida sigue siendo el termómetro más fiel de nuestra relación con el mundo, con los otros y con nosotros mismos. Por eso vale la pena —siempre que dispongamos de tiempo para ello— mirar el plato y tomar conciencia del viaje que ha hecho lo que ponemos en él, un gesto que no es trivial, sino una forma modesta de atención crítica en un contexto que la dificulta sistemáticamente. Obviamente, disponer de ese tiempo no depende solo de decisiones individuales, sino también de las condiciones sociales que lo hacen posible o imposible. Reivindicar ese tiempo es también una forma de señalar lo que falta.
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