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Debo admitirlo: aún sin haber visto un solo partido del Mundial hasta el momento de redactar esta columna, me fue imposible abstraerme del entusiasmo que nos abrazó hasta el domingo pasado. Aunque muchos no lo crean, el mundo seguía girando más allá del futbol, por ello, me permitiré recapitular brevemente sobre otros festejos que se han vivido en estos días… así como de otras patadas de las que sí he sido testigo, porque no se dieron sobre la cancha, sino debajo la mesa de nuestro cada vez más magro quehacer cultural.
Por andar festejando el décimo aniversario de la “Tradicional Vela de las Auténticas Muxes radicadas en la Ciudad de México”, olvidé que el sábado pasado se celebró el 250 aniversario de la Independencia de nuestros vecinos del piso de arriba, aunque podríamos afirmar que, en el ámbito musical, son mucho más jóvenes. En 1951, Salomón Kahan publicó Impresiones Musicales, libro en el que dedicó un apartado al “americanismo musical”, donde precisa que debemos distinguir entre compositores americanos y compositores nacidos en el Continente, y que aunque en éste viven y escriben música, no todo lo que es creado en América es música americana; tras glosar abundantemente, concluye –y coincido- que, apenas “se han cumplido veinticinco años desde que en el Aeolian Hall de Nueva York fue tocada por primera vez en público la Rhapsody in Blue, de George Gershwin, por la orquesta de Paul Whiteman. Un acontecimiento que debe ser considerado como una especie de proclamación de la independencia musical americana”.
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Hace medio siglo acompañé a mis papás a un largo viaje por los Estados Unidos, que estaba celebrando su Bicentenario. Más que el Golden Gate o el Empire State, que el Gran Cañón, los géiseres de Yosemite o las cataratas de Niágara, el recuerdo que más atesoro de aquel viaje es haber visto a Liberace, cuyo show presenciamos en el Fontainbleu de Miami. Verlo descender al escenario en una tirolesa mientras la orquesta tocaba de Stars and Stripes, vestido de bastonera, con un minúsculo pantaloncito y un saquito bordados de lentejuelas con las rayas y estrellas de su bandera, es una imagen que me marcó y me emociona evocar.
El furor que despertaba en sus seguidores, entre los que abundaban señoras “de cierta edad” que, por debajo de sus altísimos peinados de crepé miraban con envidia y sin pudor las fastuosas pieles y joyas que él portaba y ellas jamás podrían tener, es algo que no logrará nunca ningún apóstol de la vanguardia musical, ya que jamás sentiremos su música tan nuestra como Brasil, la polka Barrilito y tantas otras edulcoradas chusqueces que él arropaba con todos los arpegios, octavas y glissandos posibles. Si ahora lo evoco es porque, al igual que a nuestro Juan Gabriel, tan coreado en estos días, es a quien considero la máxima encarnación de la auténtica música popular norteamericana.
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Y no habremos continuado en la contienda futbolera, pero tenemos por qué estar orgullosos: este martes 7, en el Teatro de la Ópera de Roma, Carlos Fernando Reynoso se consagró como el ganador indiscutible del certamen “Voci en Barcaccia, Largo ai Giovani!”, organizado por la RAI. No han sido pocas las veces que he ponderado el talento y amor por la ópera mexicana de este joven barítono a quien debemos esa loable iniciativa que es Ópera: Nuestra herencia olvidada. De obtener el apoyo por seis millones de pesos solicitado a Efiartes a través de Torre de Viento –la productora fundada por Valeria Palomino y Juliana Vanscoit-, podremos presenciar “con todas las de la ley” el más reciente rescate de ONHE, Atala, de Manuel Meneses, que reestrenó a piano el año pasado el México Ópera Studio de Monterrey.
No todo ha sido grato. Así como quedó fuera la Selección y vimos gran cantidad de destrozos, heridos y hasta muertos tras las “celebraciones” post-partidos, así también recibí una gran cantidad de mensajes a raíz de mi columna “…y Antonio González regresó a Mazatlán” publicada el 28 de junio. Lamentablemente, no fueron buenos comentarios. ¿Qué los propició, si había celebrado el desempeño del Coro Ángela Peralta y hasta señalé que, si algo unifica a sus integrantes, es que están ahí por amor a la música? Pues resulta que, más que hacerme notar que no reciben remuneración, deben pagar una cuota mensual para poder cantar en este coro perteneciente al Instituto de Cultura, Turismo y Arte de Mazatlán, pues sus autoridades lo consideran un taller.
Ahí no para la cosa, resulta que Óscar García Osuna, actual director del Instituto “habrá sido muy bueno en su chamba en el Tecmilenio, pero aquí sólo ha mostrado ignorancia e insensibilidad. Será muy hábil pa’tirar choro como coach, pero aquí ya no sabe de dónde sacar dinero. Este gobierno no dé un quinto para la cultura y él quiere verse igual que la magistrada Buitres con las herencias, queriendo asaltarnos en despoblado”, comenta una de mis fuentes más airadas.
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El descontento es generalizado. Además de al coro, dicho funcionario ha negado el Teatro Ángela Peralta a otras agrupaciones que, tradicionalmente, nutren su cartelera. “Imagínese, dice que más vale tenerlo cerrado porque sale más barato que abrir para eventos que no se llenan, y Usted vio cómo estuvo nuestra función, pero claro, eso dice porque él no va a nada, ¡ah! pero para andar pidiendo entre 85 y cien mil pesos por evento sí está bueno, ya cobra hasta por la Casa Hass y hubiera Usted visto el desmadre que fue ahora el Día de la Música, ¡un karaoke de cantina habría lucido más”, me dijo otro de mis informantes.
Donde también se armó la rebambaramba fue en Saltillo. Un par de músicos de la Filarmónica del Desierto se inconformaron cuando su titular, Natanael Espinoza, los puso a huesear en el proyecto discográfico de un rapero, famoso por misógino y hacer apología del delito. No es primera vez que esta orquesta incursiona en esta clase de proyectos, de hecho, no les hizo gracia cuando, al cuestionar la salida del Maestro Ramón Shade de la Camerata de Coahuila, señalé que fue porque “no cedió al capricho de quienes querían imponerle una programación más popular y complaciente. Mal hicieron, porque, para eso, Coahuila tiene a la Filarmónica del Desierto…”
No estoy en contra de esta clase de proyectos ni sé cómo irá ese culebrón, pero, si algo realmente debiera molestarle al público y a los atrilistas, es la mediocridad de ciertos embaucadores incluidos en sus temporadas oficiales, como los que cerraron la más reciente. Por el llamado que lanzó la ex directora del Instituto Coahuilense de Cultura, Rosa del Tepeyac Flores Dávila, todo indica que, en Saltillo, las cosas van de mal en peor, y no solamente en lo musical… ¡mal andamos!
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