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Barcelona. - Entrar a la Sagrada Familia, obra maestra de Antoni Gaudí, es una experiencia sobrecogedora. Su monumentalidad, concepción artística y arquitectónica inspirada en la naturaleza, la proeza estructural del conjunto y cada uno de los detalles escultóricos y ornamentales, generan la sensación de estar dentro de una creación cercana a la divinidad.
Según la hora del día, un baño de luces celestiales, filtradas por los enormes vitrales de las naves laterales, recibe a los visitantes. Por las mañanas, los de la fachada del Nacimiento, despliegan una gama de azules, amarillos y verdes. Pasado el mediodía, se iluminan los de la fachada de la Pasión con tonalidades rojas, amarillas y naranjas. En ambos casos, los haces se proyectan dando colorido en las bóvedas y pilastras de piedra blancuzca, cuyo sistema de hiperboloides crea una suerte de techo estrellado.
No hace falta ser religioso para entregarse al disfrute de la belleza y el simbolismo cristiano del conjunto, cuya construcción suma más de 140 años y a la cual el arquitecto dedicó 43, incluyendo los últimos de su vida. Nacido en Reus, provincia de Tarragona, España, el 25 de junio de 1852, decidió consagrar su arte al colosal proyecto desde 1914, y no atender ningún otro encargo arquitectónico. Para entonces ya había dejado su impronta en Barcelona, con obras tan emblemáticas como el Park Güell, la casa Milá (conocida también como La Pedrera), y la Casa Batlló, así como en otras ciudades de Cataluña.
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La Basílica de la Sagrada Familia no es sólo un espacio para la devoción, es un emblema de la arquitectura modernista catalana. Su fachada del Nacimiento y la Cripta, que su autor alcanzó a ver construidas antes de su muerte, fueron declaradas Patrimonio de la Humanidad por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco), por tener un “valor universal excepcional”, entre otros criterios del organismo internacional como “representar una obra maestra del genio creativo humano”.
De hecho, el lugar reservado para la oración y el recogimiento se acondicionó en la nave del ábside con unas cuantas bancas de madera y letreros que piden guardar silencio. Está separado del resto del edificio mediante unas mamparas que apenas logran aislarlo del bullicioso e interminable ir y venir de los visitantes que llegan de diversos lugares de España y del mundo, más extasiados por su genialidad artística que por su carácter de templo expiatorio, concebido para orar y para purgar pecados.
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Pero la basílica y la vida misma de Gaudí están llenas de misticismo. Conmueve escuchar en las visitas guiadas su entrega a este proyecto, al punto de dejar su casa en Park Güell para vivir en una pequeña y modesta habitación en su taller de construcción en la Sagrada Familia. Se le describe como un hombre devoto, cuya fe le motivó a plasmar en las fachadas una “Biblia de piedra”, en la cual se narra el nacimiento de Jesús, su vida, la predicación de los evangelios, la pasión y la gloria.
Se puede citar al poeta e historiador de arte barcelonés Juan-Eduardo Cirlot (1916-1973), quien al describir al reconocido arquitecto en su libro Gaudí una introducción a su arquitectura (Triangle Postals, 2001) destaca en él una variedad creativa que, dice, no ve ni en Frank Lloyd Wrigth o Pablo Picasso:
“Y es porque la diversidad de Gaudí no tiene orígenes meramente terrenos, meramente intelectuales o instintivos. El punto central del misterio de la personalidad de Gaudí reside precisamente en esa capacidad innata para descubrir, revelar, recrear un universo entero. Mejor que razones de su destino, que influencias de su educación, lo que debió aproximarle a Dios hasta convertirle en un místico, en un beato, debió de ser el vivo descubrimiento --compensado por su humildad profundísima-- del factor divino que residía en su interior. Su misma capacidad portentosa de invención, asombrándole en el gozo, debió empujarle hacia Aquello (sic) con lo que se sentía emparentado hasta el fondo de todo su ser.”
Considerado ya desde su muerte como “el arquitecto de Dios”, fue declarado “venerable siervo de Dios” en abril de 2025 por el papa Francisco, con lo cual el Vaticano dio el primer paso para su beatificación; posteriormente se iniciaría el proceso para su canonización, hacerlo santo. Pero es un proceso que puede durar mucho tiempo, siglos incluso. Debe comprobarse un milagro ocurrido por su intercesión para ser beato, y lo mismo debe ocurrir para alcanzar la santificación.
La visita a la Casa-Museo Gaudí en Park Güell permite ver que vivía con ascetismo. Fue la casa muestra para el proyecto de urbanización del parque, impulsado por su maestro, amigo y mano derecha Francesc Berenguer. Con mobiliario diseñado por el arquitecto para otros espacios, recrea aspectos de su vida, como su devoción religiosa. En la recámara, por ejemplo, apenas se exhibe una cama individual, con un buró al lado, una silla y un sencillo reclinatorio, a los pies de un Cristo crucificado.
Un breve video relata su vida en esa residencia, que ocupó entre 1906 y 1925. Vivía con su padre, Francesc Gaudí i Serra, y su sobrina, Rosa Egea i Gaudí. Él falleció en octubre de 1906 y ella en enero de 1912. Tras lo cual el artista fue cuidado y asistido por monjas carmelitas. Hasta que decidió trasladarse al taller de la Sagrada Familia.
Aunque es ampliamente difundido su trágico final, estremece ver en el documental imágenes en blanco y negro de su cortejo fúnebre. Gaudí contaba ya con un gran reconocimiento como un revolucionario de la arquitectura de la ciudad barcelonesa, aunque vivía precariamente en el taller del templo expiatorio. Se dice que hasta por abandono de su propia persona había perdido varios dientes y su vestimenta le hacía parecer un vagabundo.
Solía ir a la iglesia de San Felipe Neri, de quien era devoto. El 7 de junio de 1926, al dirigirse a misa por la Gran Vía de las Cortes Catalanas, fue arrollado por un tranvía. Debido a su aspecto no fue reconocido. En consecuencia, se le trasladó en calidad de desconocido al Hospital de la Santa Cruz, y cuando por fin fue localizado por uno de sus asistentes ya era muy tarde: Murió ahí tres días después del trágico accidente, el 10 de junio de 1926. A su cortejo asistieron alrededor de 30 mil personas.
Y las obras continúan…
Este 2026 se conmemora el centenario de su fallecimiento, declarado Año Gaudí por la Junta del Patronato de la Sagrada Familia. Desde 2025 inició un programa de actividades, entre las cuales se recordó el aniversario cien de la terminación de la Torre de San Bernabeu y la fachada del Nacimiento, que Gaudí alcanzó a ver terminadas.
Exposiciones, conciertos, presentaciones editoriales, visitas gratuitas, celebraciones religiosas y otros actos rinden homenaje al arquitecto, que fue consciente de que no vería el templo concluido; decía que no era su obra personal, sino el trabajo de varias generaciones de artistas, arquitectos, artesanos y muchos otros trabajadores que han continuado con base en documentos, planos, bosquejos y maquetas que se exponen en un espacio museográfico dentro del conjunto. Algunos de ellos han sido recuperados o reelaborados, pues los originales fueron destruidos en 1936 durante la Guerra Civil española.
Las distintas versiones apuntan a que se trató de un incendio ocasionado por un grupo anarquista, y otra lo atribuye a los bombardeos de las fuerzas franquistas. En todo caso, diversas fuentes hablan de un duro golpe para el sucesor de Gaudí, Domenec Sugranyes, quien dejó el proyecto ese mismo año y falleció en 1938.
Continuó Francisco de Paula Quintana, quien murió en 1966, a quien sucedió Isidre Puig i Boada y Lluís Bonet i Garí. Dos décadas más tarde asumió Francesc Cardoner i Blanch, y en 1985 Jordi Bonet i Armengol fue nombrado arquitecto coordinador y director de las obras. En 2012 el Patronato de la Junta Constructora designó responsable al arquitecto Jordi Faulí i Oller, quien sigue al frente.
Desde años atrás se esperaba que las obras estuvieran concluidas para el centenario, pero debido a la pandemia de covid se interrumpieron entre marzo y octubre de 2020. En 2021 se terminó e inauguró la torre de la Virgen María, coronada por una estrella de doce puntas, que se ilumina por las noches.
Por otra parte, el 2 de febrero pasado, ya de lleno en el Año Gaudí, se colocó la última pieza de la cruz que remata la Torre de Jesucristo, situada al centro del conjunto de 18 torres: la dedicada a la Virgen María; 4 a los evangelistas Marcos, Lucas, Mateo y Juan; las de los doce apóstoles Santiago el Menor, Bartolomé, Tomás, Felipe, Andrés, Pedro, Santiago el Mayor, Judas Tadeo, Simón, Matías, Pablo y Bernabé. Los tres últimos no fueron parte de los doce, pero sí discípulos, y sustituyen a Mateo y Juan (autores de dos de los evangelios), y a Judas Iscariote.
Con la culminación de la cruz de Jesucristo, formada por cuatro brazos al estilo de la que remata la Casa Batlló y la del Park Güell, el templo alcanzó los 172.5 metros de altura, con lo cual se convirtió en la iglesia más alta del mundo, lugar que ocuparon por un tiempo la Catedral de Colonia con sus 157.38 metros, y la iglesia luterana de Ulmer Münster, de 161.53, ambas de Alemania.
Sin embargo, no supera en altura al célebre monte de la ciudad, Montjuïc --se enfatiza a los visitantes--, porque Gaudí consideró que ninguna obra humana podría ser más grande que la de Dios. Su deseo de honrarlo se plasma en los incalculables detalles internos y externos del monumento. Cada una de las fachadas muestra a través de conjuntos escultóricos, sorprendentes por su minuciosidad, las diferentes etapas de la vida del nazareno.
Gaudí inició la fachada del Nacimiento y terminó el campanario de san Bernabé, con la idea de que fuese modelo para el resto de las torres. Diseñó los conjuntos escultóricos, los pináculos de los ventanales de las naves laterales y sus remates con formas de cestos llenos de frutas y semillas, como nísperos, uvas, ciruelas, trigo. Es una exaltación a la naturaleza. El ciprés que remata la fachada del Nacimiento, por ejemplo, simboliza la vida eterna, y entre su verde follaje asoman blancas palomas. Hacia abajo, escenas bíblicas, la unión entre María y José, la anunciación, el natalicio, la adoración de los Reyes Magos, la matanza de niños ordenada por Herodes, entre otras, todo enmarcado por una exuberante ornamentación de follajes, flores, aves, animales del campo, del mar, símbolos. Imposible describir cada uno de los detalles, que se antojan infinitos.
El canto a la vida de esta portada contrasta con la fachada de la Pasión, cuya sobriedad y dramatismo transmiten el dolor de los últimos días de Jesús. Así lo deseaba Gaudí, consciente de que la vida no le alcanzaría para realizarla, diseñó un frontón sostenido por columnas en forma de hueso, y elaboró los bocetos para los conjuntos escultóricos, que fueron interpretados por el artista catalán Joseph María Subirachs (1927-2014), quien imprimió su estilo de formas geométricas y superficies ásperas.
La tercera fachada proyectada por Gaudí es la Gloria; aunque durante 2025 se intensificaron sus obras, se estima que podría estar terminada hasta 2035. Es la fachada principal, la entrada a las naves. El pórtico central fue diseñado por Subirachs con el texto del Padre Nuestro en catalán, en el centro, y alrededor la frase “el pan nuestro de cada día, dánoslo hoy”, en 50 idiomas.
Esta puerta se ha abierto sólo una vez, cuando el 7 de noviembre de 2010 el papa Benedicto XVI, durante su visita a España, ofició una misa con la cual la Sagrada Familia fue consagrada como basílica menor. Hay en el mundo sólo cuatro basílicas mayores: San Juan de Letrán, Santa María la Mayor, y San Pablo Extramuros, en Roma, y la de San Pedro en el Vaticano. Está previsto que reciba ahora al papa León XIV, quien el próximo 10 de junio oficiará la misa conmemorativa del centenario de la muerte de Gaudí e inaugurará la Torre de Jesucristo, con la presencia de cardenales, obispos y presbíteros y músicos y coros de Cataluña, será “uno de los momentos más significativos del Año Gaudí”, remarca la información de la página oficial de la Junta Constructora.
Las obras continuarán hasta ver culminado en su totalidad el sueño del creador. Uno de los retos mayores ahora no es arquitectónico, artístico ni estructural, es urbanístico y social. Su autor pensó en una monumental escalinata y plaza de acceso que implica la demolición de edificios residenciales, desde la calle Mallorca hasta la de Aragón, y entre Marina y Sardenya, con el consecuente desalojo de cientos de vecinos que están chocando con el proyecto. La solución tendrá que ser política, y ya se manejan varias opciones, entre ellas que la reubicación en predios sea dentro del mismo barrio.
“Se resolverá”, dice una guía arqueando las cejas, pues la Iglesia católica aún “es fuerte”. Y lo cierto es que también está el empeño de la Junta Constructora en avanzar la obra, sumado a la imagen de Gaudí, no sólo como el genio que creó la arquitectura modernista en Cataluña, sino por el halo que lo rodea como hombre generoso y preocupado por la gente, es un símbolo para los propios barceloneses: A un costado de la fachada de la Pasión se conservan las aulas que construyó para la educación de los hijos de los trabajadores del proyecto.
Debajo del altar mayor se encuentra la cripta subterránea iniciada por Francisco de Paula del Villar. Gaudí la concluyó respetando el modelo de su antecesor, y pidió que sus restos reposaran ahí, en las entrañas de su obra máxima.
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