CDMX: la guerra que viene

Roberto Rock L.

La mañana del sábado, en el despacho del jefe de Gobierno capitalino, Miguel Ángel Mancera recibió simultáneamente a Alejandra Barrales, ya entonces ex dirigente nacional perredista; a Armando Ahued, secretario de Salud, y a Salomón Chertorivski, titular de Desarrollo Económico de la ciudad, para confirmarles que uno de ellos será el candidato a sucederlo, postulado por el frente opositor PRD-PAN-Movimiento Ciudadano.

Manuel Granados, quien se desempeñaba como consejero jurídico del gobierno, se dirigía entonces a tomar posesión como nuevo presidente del partido del sol azteca.

El episodio confirma al señor Mancera como voluntad casi absoluta en el PRD, un partido en el que no milita. Pero ambos han determinado construir una simbiosis, una apuesta elevada en pos de la mutua sobrevivencia.

El afán de evitar que Morena gane la ciudad por la vía de Andrés Manuel López Obrador y Claudia Sheinbaum, parece haber precipitado las decisiones adoptadas por el señor Mancera en días recientes, lo que incluyó renunciar a sus aspiraciones a una candidatura presidencial, respaldar la postulación del panista Ricardo Anaya y refugiarse en su enclave político, para defenderlo con la obsesión de quien libra una batalla en la que el ganador no dejará sobrevivientes.

No cabe ya duda de que Mancera determinará quién encabezará al Frente en la capital, pues los otros partidos no harán ninguna postulación. Hay indicios de que el pacto establecido permitirá al jefe de Gobierno seguir respaldando a la señora Alejandra Barrales. Pero si el camino hacia el infierno se dice que está empedrado de buenas intenciones, mucho más lo estará este.

Mancera bien podría cambiar de opinión antes de mediados de febrero próximo, tras negociar con múltiples líderes en el intento de que en realidad vayan en bloque a los comicios. Que la docena de puntos porcentuales que concentrará el PAN, así como el puñado de sufragios del MC, realmente acaben en las urnas a favor de la fórmula que el PRD proponga.

Un misterio por desentrañar es lo que ocurrirá con el PRI capitalino y su abanderado, Mikel Arriola, figura cercanísima al equipo de José Antonio Meade, abanderado presidencial del oficialismo. Por 20 años, desde que el PRD llegó al poder en la ciudad, el PRI y sus candidatos fungieron como sus compañeros de viaje, por llamar en forma amable a los aliados. Está documentado que en 2012, Marcelo Ebrard pactó con el entonces dirigente priísta, Cuauhtémoc Gutiérrez, que la militancia del tricolor votaría por Enrique Peña Nieto para la Presidencia de la República, y por Miguel Ángel Mancera para la jefatura de Gobierno. Pero luego vino 2015, con los errores del equipo de Mancera y el fortalecimiento del PRI y Morena.

La pregunta más importante hoy es: ¿El PRI capitalino y su candidato, Mikel Arriola, se enfrentarán a Mancera, o sellarán con él una alianza para minar la posibilidad de que Morena llegue al gobierno capitalino y restarle votos a López Obrador en su tercer y último intento por llegar a Los Pinos?

En el plano nacional, Mancera impugnó el proceso que llevó a la postulación del Frente en favor de Anaya. El cálculo desarrollado en los meses recientes (planteado incluso en este espacio) de que el mandatario capitalino abandonaría al Frente y se postularía por el PRD, parece haberse frustrado porque hubiera dejado en soledad al perredismo y a Mancera en la guerra por la capital del país.

Una faceta poco conocida es la manera en que jugaron las facciones internas del PRD, que parecen haber convenido respaldar al Frente y a Anaya en el terreno nacional, así como a Mancera en la capital, a cambio de crear cotos personales en los estados y regiones en donde cada una tenga interés.

Esa parece haber sido la señal de dirigentes del grupo de Los Chuchos y Los Galileos del PRD este domingo en el evento de Anaya. Pero también de Enrique Alfaro, alcalde de Guadalajara y seguro contendiente por la gubernatura de Jalisco. Este modelo, dictado por el más crudo pragmatismo, lo podremos ver en los nueve estados del país que irán a elecciones de gobernador el próximo año, o en entidades clave donde estarán en juego alcaldías, como el Estado de México.

Para efectos del PAN, el único actor que aún representa un enigma es Rafael Moreno Valle, ex gobernador de Puebla y precandidato presidencial, cuya ausencia en el acto de Anaya fue notable. Aún no puede saberse si Moreno Valle buscará registrarse en el Frente para competir contra Anaya, o si se retirará con la garantía de control sobre las candidaturas que surjan en Puebla, que de entrada ya tiene. Ello incluye la posibilidad de que su esposa, Martha Erika Alonso, se presente como candidata a la gubernatura.

Todo este nuevo capítulo de la historia apenas comienza, habrá que dejar espacio para la sorpresa.

 

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