La corrupción desató el infierno de Tlahuelilpan

Raúl Rodríguez Cortés

¿Qué motivó a esa multitud enloquecida a congregarse en la toma clandestina de gasolina que finalmente explotó y la devoró con sus llamas? ¿Qué imprudente pulsión los acercó a esa fuente volátil e inflamable, sin medir el peligro que significaba para sus vidas? ¿Acaso la ignorancia, la necesidad o la codicia se impusieron al más primitivo de los humanos instintos, el de salvaguardar la vida a cualquier costo?

Algunos interpretan que la tragedia de Tlahuelilpan fue consecuencia de la escasez derivada de una mala estrategia del gobierno de AMLO (cerrar de ductos), para acabar con el extendido robo de combustibles.

Quienes así lo piensan (señaladamente quienes la critican acremente, sin decirnos cuál es la buena y por qué no la implementaron cuando fueron gobierno), aseguran que la gente salió a hacer acopio de un combustible que llega a cuentagotas a esa y otras regiones del país desde que se puso en marcha el combate al huachicol. Pero si lo analizan objetivamente, esa razón parece insuficiente como para exponer la vida.

La escasez, sin embargo, puede dar lugar a otra motivación: la de hacer acopio de la preciada mercancía para sacar un provecho pecuniario con su ilegal venta en un mercado donde es poca la oferta y mucha la demanda y en la que los eventuales compradores serían el consumidor mismo o los grupos delincuenciales que, en complicidad con autoridades y grandes empresas, se dedican a su distribución masiva. La pulsión, entonces, tendría que ver con la codicia, valor supremo en estos tiempos. O, peor aún, con nuestra mexicanísima y demencial proclividad a chingar, en su acepción de violar, que nos viene desde la Conquista. Chingarse algo (en beneficio sin costo) o a alguien (en plan de sometimiento) para demostrar superioridad en audacia y valor.

 
El alfalfar por el que vimos correr y gritar a verdaderas antorchas humanas, cubría zanjas y tuberías en llamas, igual que encubre las tomas clandestinas que vinieron a suplir la vocación agrícola de esa comunidad desde que hace unos años encontró en el huachicol una manera más redituable, aunque ilegal, de satisfacer necesidades apremiantes. Es la misma lógica de los campesinos que siembran para los traficantes de droga.

Pobreza y necesidad, ciertamente, son causas de fondo. Pero ¿justifican asociarse con la delincuencia, arriesgar a comunidades enteras u ofrendar la propia vida? También parecen razones insuficientes.

Cuando se desató el infierno, la multitud de Tlahuelilpan robaba combustible. Que hacerlo se volvió lo común, cierto.

Que a nadie se castiga por eso, también. El razonamiento es: si el poderoso queda impune de sus innumerables latrocinios, por qué los jodidos no. ¿Robar se justifica por la desigualdad y la marginación? No, a riesgo de desmadejar por completo el tejido social. La corrupción gotea desde arriba y contamina lo de abajo.

 ¿Por qué esa masa no atendió el llamado de soldados y policías para alejarse del peligro? Otra vez la impunidad, ahora justificada por la pulsión de desafiar a la autoridad que, secularmente, ha abusado y violado derechos humanos. Se entiende que esas razones estén arraigadas en el subconsciente colectivo, pero los muertos en aquel alfalfar ¿no alcanzaron a entender el viernes pasado que se les disuadía de exponerse a la muerte?

 Hay todo un debate sobre el por qué las Fuerzas Armadas fueron tan tibias para poner orden. El alto mando reconoció que la multitud los rebasó y que se optó por la prudencia para evitar una confrontación provocada, como se ha expuesto en diversos testimonios videograbados, por los insultos y agresiones de las propias comunidades.

 Esa humillación y abierto desafío son muy graves. Las Fuerzas Armadas siguen en el peor de los mundos: si actúan, mal; si no actúan, también. Pero seguimos enfrascados en la discusión sobre crear o no una guardia nacional que permita, a la larga, regresar a sus cuarteles a soldados y marinos.

 Otro debate: ¿por qué tardó Pemex en cerrar ese ducto? Sus directivos dicen que siguieron los protocolos. Pero explican que al hacerlo no acaba automáticamente el flujo en caída casi vertical del combustible que transporta. 

Si la FGR ya investiga a autoridades involucradas en el huachicol, y la Unidad de Inteligencia ya ubicó empresas y cuentas a lo largo de la línea en que opera, urge que muestren caras e identidades. Si soldados y policías tienen responsabilidad, que se demuestre y castigue. Si la estrategia del combate al huachicol es equivocada, pues que se corrija, pero sin abandonar el objetivo final de limpiar al país de corrupción. Si las comunidades están coludidas con la mafia del robo de combustibles, que también se les aplique la ley. Si se robó por ser pobre, pues castigo para el que lo hizo y apoyo social para que la necesidad no siga siendo justificación del ilícito. La lucha contra la corrupción debe seguir y nos afectará a todos porque, desgraciadamente, la corrupción somos todos. 
 
INSTANTÁNEA:

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