El efecto distractor de AMLO

Raúl Rodríguez Cortés

AMLO fue abucheado el sábado en un estadio de beisbol. Habría unos 20 mil aficionados. De entre ellos provino la rechifla cuando llegó a inaugurar la nueva casa de Los Diablos. ¿Serían cinco mil o diez mil los que expresaban así inconformidad? Qué más da, el hecho es que le exigían que se fuera. 

   Por su reacción al llamarles “porra fifí”, se infiere que nada bien le cayó el abucheo. Había acudido —amparado en su deporte favorito y en la popularidad que le dan las encuestas— para batear a sacarla del parque, pero terminó ponchado por una masa que, como siempre, reprueba a la autoridad en turno cobijada en el anonimato.

  Esto quiere decir que, si bien AMLO cuenta con una aprobación de entre 70 y 80 por ciento, según las encuestas, hay entre 20 y 30 por ciento de mexicanos que lo reprueban. Y más aún: que ese sector de la población ha empezado a descontar puntos al bono de credibilidad con que llegó al poder, porque hasta ahora no se ven hechos contundentes y verificables que vayan más allá del discurso del cambio prometido contra la corrupción, la impunidad o la inseguridad, por solo citar algunos de los muchos problemas que tenemos como país.

   La habilidad política mostrada por el presidente en su camino hacia el poder, hace impensable que sea ciego y sordo ante tales expresiones. Es más verosímil que le hayan encendido luces de alerta.
   Y quizás sea en esa señal de alarma donde debe empezar a analizarse el por qué del sorpresivo mensaje que publicó el lunes pasado para informar de cartas enviadas al rey Felipe VI de España y al Papa Francisco, en las que solicita se pida perdón a los pueblos originarios por las atrocidades cometidas durante la Conquista.

   No se trata —como ya se viralizó en las redes sociales— de la innecesaria locura de traer a cuento hechos acontecidos hace 500 años, ni de una ociosa ocurrencia que pone en riesgo sólidas relaciones con España, segundo inversor extranjero en el país y puerta de entrada al mercado europeo. Se trataría, más bien, de una estrategia política cuidadosamente calculada. 

  Los servicios de seguridad del Estado suelen llamarla “desconcentración de operaciones en el tiempo y en el espacio”. En este caso, distraer de los efectos de una polarización creciente, al enfocar un enemigo común a las partes confrontadas. 

   Aunque para muchos es una reclamación extemporánea (ni México ni España son los mismos que hace 500 años, ni son iguales las circunstancias en que se desarrolló la Conquista), para López Obrador es un asunto que está en el terreno de sus convicciones. Él no cree que abrió viejas heridas y está convencido que, de tan profundas, no han cicatrizado del todo.

   Y la razón parecen dársela dos hechos: 1. La histérica reacción de numerosos mexicanos que se asumen mestizos y que aparentemente no desean, ni pueden, renegar de esa mezcla de sangre indígena y española, pero que abjuran y se apenan de esa parte originaria de su identidad y aspiran a ser como el padre que los dominó, tal como lo advierte la teoría de psicoanálisis; y 2. La refriega política que la solicitud de disculpas para nuestras etnias ha desatado en España, donde los sectores más conservadores (entre los que se encuentran muchos de los empresarios que invierten en México y algunas de cuyas empresas han sido señaladas por hechos de corrupción) se escandalizan tan solo de pensar la humillación que sería para su rey y su reino, disculparse de las atrocidades cometidas con los indios no solo durante ese hecho histórico sino durante tres siglos de explotación colonial y que ya con criollos y mestizos en el poder, se ha perpetuado a lo largo de nuestra historia.

   Acaso en los términos de la relación con los inversores españoles de hoy, esté otro objetivo estratégico de la carta de López Obrador

   Ya se verá si el error de mostrarse intolerante ante la crítica se quiso reparar con otro error, el de la carta del perdón. O bien, que los detractores de AMLO siguen sin entender que no lo entienden y que, por eso, les ha metido tantos goles.
 
Instantánea:
 NO QUIERE IRSE. Son ya cinco mil las firmas captadas por la página change.org para respaldar la decisión del secretario de Salud, Jorge Alcocer Varela de renovar las políticas de salud mental y no mantener más a Virginia González Torres al frente del Centro Integral de Atención y Salud Mental (Cisame). Los firmantes se pronuncian también a favor de que ese organismo esté integrado por verdaderos profesionales altamente calificados y no por funcionarios respaldados por intereses políticos. Es el caso de Virginia González Torres quien al amparo de sus hermanos Jorge, fundador del Partido Verde y Víctor, dueño de las Farmacias Similares, se ha perpetuado en el cargo y que, por lo visto, no lo quiere soltar como ya lo habíamos comentado en este espacio.
 

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