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Ilustres raperos

José Xavier Návar

O amas al rap o lo odias. No hay términos medios y el acercamiento que dos yuppies blancos (David Foster Wallace y Mark Costello) pretenden dar validez a “esa música” generada por sonidos hablados y palabras rimadas, hoy, con un vasto texto escrito originalmente en 1989 que Malpaso, la editorial española que mete las manos al fuego por efervescentes textos roqueros y de música non sacra, ha exhumando ahora el texto original, de algún modo corregido y aumentado, para que el rap sea explicado a los blancos.

Contra todo pronóstico, el libro que incluye un E-Book fue dedicado al controvertido crítico de Creem y Rolling Stone, Lester Bangs que, como muerto, ya no tiene derecho de reclamar la afrenta. Pasionales, los autores, se meten en las profundidades del ADN de este género nacido predominantemente en el Bronx neoyorquino (aunque documentales de Netflix lo ubican en la Florida) que basa su poderío en el marcaje social y cultural de la geografía racial estadounidense.

Los grandes ídolos del rap y el hip hop, en su mayoría, pertenecen a la comunidad oprimida negra con una música abrumadora que ha sobrepasado hasta su propia moda, generando ganancias inusuales, y balas, entre miembros del otrora llamado gangsta-rap (Tupac Shakur y The Notorious B.I.G., por citar sólo dos ejemplos de rivalidad). Todas las canciones de rap en el empaque de rítmica hablada, cargada de contenidos, cadencias y tonos, prácticamente suenan a lo mismo. Para muchos todas son cortadas por la misma tijera, aunque sus bases se ubican en la riqueza del funk.

El libro de tres grandes apartados: El derecho a hablar, Impedimento y Adquisición, habla de una “música” que retrata la comunidad donde nació y es donde pontifican los autores sobre sus orígenes de denuncia y hostigamiento racial. Hip hop y rap son uno, y como tales han sufrido las de Caín, aun en su hábitat natural. Ahora en lo musical, salvo notabilísimas excepciones (The Neptunes, por ejemplo) suenan exactamente a más de lo mismo en tonalidades vulgares, toscas y sucias, según muchos críticos.

Un frustrado matrimonio con el rock se dio cuando RUN-DMC y Aerosmith entonaron en el idílico altar que montó en el Record Plan Studios de NY su debut y despedida con “Toys in the Atic”. Sin embargo, como dice el dicho: Más vale solo que mal acompañado. Y ahí está el angelino, Kendrick Lamar, fundamental artista de epopeya y del libro que ha convertido el hip hop en el rock de nuestros días, se adjudicó el Pulitzer de la Música y Grammys que ni Los Beatles ni el megalómano Kanye West y colegas como Drake, Lil Wayne y Eminem.

En el caso del oyente, el que finalmente va a pagar un disco o una descarga, no parece haber nada definitivo. Wallace y Costello puntualizan en una parte del libro: “Todo lo que el oyente blanco del rock paga por disfrutar viene de la cultura negra (…) y todo lo que la cultura negra expresa viene determinado por la posición que le concedió el ciudadano blanco en nuestra sociedad, cabría añadir. El rapero del suburbio que intenta subsistir en un entorno hostil es el tataratataranieto del esclavo que no consiguió una vida digna ni a él ni a sus tataratataranietos. Esa desigualdad centenaria es el contexto histórico a partir del cual se puede comprender el hip hop. El rap serio”.

Entre tanto, yo como Sabina, sólo canto: “¿No comprendes que yo no sopor…, no sopor…, No soporto el rap?

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