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Cinemaldito mexicano

José Xavier Návar

Desde que apareció por primera vez la revista Belcebú con diferentes portadas en diciembre de 2014, ya ha corrido gore. Mauricio Matamoros Durán y Sergio Santiago Madariaga, fundadores de la publicación especializada que cuenta con un comando bonzo de especialistas en el bizarro del horror, la sangre a punto del coágulo, lo mórbido y lo enfermizo en la frontera mexicana de lo fantástico, llega a su número cinco, homenajeando los 50 filmes más importantes del cine mexicano en su variante de terror, horror, grotesco y mexican explotation.

La filmografía subversiva escogida que seguro le abrirá el horizonte a una generación de millennials irredentos que vive en los perpetuos mensajitos de WhatsApp, en lugar de hablar, cuando no son esclavos de tiempo completo en Facebook, está basada en los gustos y perversiones personales de críticos y entusiastas como Rubén Sano (periodista y productor), Tim Lucas (especialista en todo tipo de cine y fundador de Video Wathdog), Rafita Aviña (investigador privado), Pete Tombs (preservador de cine y fundador de Mundo Macabro), José Luis Ortega (fundador y editor de Cinefagia), Jorge Grajales (Gurú de cine asiático, investigador y programador de cine extremo) y Sergio Santiago Madariaga (diseñador y editor de Belcebú).

 

 

 

El cinco de Belcebú destinado a ser un icono de la marginalidad del cine maldito mexicano, es el que se ocupa (y se preocupa) por poner en los senderos del mal para castos y desgraciados títulos endiablados, tremendistas y canijos de la inventiva nacional de parejas maldecidas por los santones de la Cineteca Nacional como Santo y el Demonio (Azul), hermanas de la caridad criminal (Las Poquianchis), vampiros de exportación y veneración global (Germán Robles), fantasmas, ladrones de cadáveres, muñecos infernales, varones del terror (reverenciados hasta por Frank Zappa), lloronas, brujas, espectros, estranguladores, charros, momias, gatos locos, mansiones de la locura, pandemónium satánicos y serial killers proféticos como el entrañable Goyo Cárdenas en contexto de libros de piedra y vidas ejemplares como la del Alucardo, Juan López Moctezuma.

Un número que rezuma cine psicotrónico mexicano listado por Mauricio Matamoros, heavy metal y perversidad al estilo de El Apando, Canoa y Las hermanas Poquianchis, con entrevistas caladoras de huesos a Felipe Cazals y de absoluto divertimiento que han marcado el imaginario colectivo nacional del buen gusto del mal gusto, esperando tan sólo al lector que por primera vez se enfrente a esta colección variopinta de películas al margen de, por ejemplo, el cine de absoluto horror —en sentido literal— de vividores fílmicos como Alejandro Pelayo y merolicos profesionales de la crítica como Nelson Carro a los que, parece, con la cuarta transformación se les acabará su beca.

Un revista de culto y a la vez una guía alterna del cine mexicano que no aspira a Globos de Oro (a menos que éstos sean de Cantoya) y menos a un Oscar, pero sí a un honesto “Puñal de Obsidiana” o un lápiz del Ataúd del Vampiro del que, por cierto, se incluye una sabrosa entrevista, junto a una del Demonio azul que en vida se llamó Alejandro Muñoz Moreno.

El precio de la revista es de escalofrío y, al mismo tiempo, de calor de hogar y añoranza familiar por este mundo macabro, en algunos casos, de gustos desviados del cine de arte de alto pedorraje tipo ROMA. Gracias pero me quedo con este sicotrónico hecho en México.
 

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