Ejércitos de ciudadanos denunciantes

Guillermo Sheridan

Las denuncias de “faltas a la moral” se institucionalizan velozmente en todos los ámbitos. Contra ellas, en su cotidiano informe a la Patria, el Primer Magistrado ha ejemplificado cómo activar un instantáneo tribunal en el que una acusación suya es para todo efecto una condena de la que el “debido proceso” es, si acaso, relleno judicial. Como el impacto de una denuncia tendrá siempre mucha mayor resonancia que una retractación, y siempre más fuerza que la verdad, no hay desperdicio.

La ciudadana secretaria de la Función Pública (SFP), Dra. Irma Eréndira Sandoval, anunció que “tenemos que generar ejércitos de ciudadanos denunciantes, dándoles anonimato y garantías laborales a quienes delaten actos de corrupción y tal vez recompensas a quienes nos ayuden a recuperar la riqueza de todos.”

Los tribunales populares no son nuevos. Durante los años 30, copiando esquemas de Stalin y/o Mussolini, proliferaron en México los “comités de salud pública” que llevaban al Partido o a la Cámara de Diputados sus exigencias de castigo lo mismo a “elementos indeseables” (judíos, chinos, homosexuales) que a los “traidores a la revolución” y hasta a los escritores y periodistas “ajenos al sentir popular”.

No fue agradable. Los políticos se ponían el capirote y desde la tribuna o la prensa oficial apelaban a la “moral revolucionaria” para aniquilar oponentes, cobrarse venganzas o purgar envidias. La presunción de inocencia se subastaba y el chantaje era moneda de cambio.

El fervor de acusar, delatar, juzgar y dictar sentencia instantánea sin tribunales de por medio ya prolifera en otros ámbitos. Del Palacio de Gobierno a las cabañas de las redes sociales, (casi) todo ciudadano, por el hecho de serlo, es presunto culpable de lo que se le ocurra a un acusador o “denunciante”. ¿Cómo saber si obra con desinterés? Crear una industria de la delación anónima es delicado en un país en el que si la corrupción “es ante todo un problema estructural” —como opina la secretaria Sandoval—, delatar a nombre de la moral no escaparía a lo corruptible…

En 1938, el dramaturgo alemán Bertolt Brecht estrenó (obviamente no en Alemania) Terror y miserias del Tercer Reich, una colección de escenas de la vida diaria en esos tiempos aciagos. Me ha vuelto a la memoria en estos días de ejércitos de denunciantes uno de sus cuadros, “El delator”. Lo abrevio con grosería:

La escena es en casa de un matrimonio y su hijo de 12 años. El papá, que es maestro, se indigna al leer en la prensa que el gobierno ha creado una “Defensa Civil” para denunciar a los enemigos de la patria que tendrá cuarteles en cada barrio. La mamá le pregunta si es prudente decir eso frente al niño. El papá dice que en su casa dice lo que quiera y repela también contra la “prensa oficial” que la escuela obliga a leer a los estudiantes. La mamá, nerviosa, manda al hijo a comprarse un helado y regresa a seguir discutiendo. Insiste en que no debe decir “ciertas cosas” en voz alta.

ÉL: “¿Qué dije que sea incorrecto?” ELLA: “Hablaste mal de los vigilantes, de la Defensa Civil, del periódico oficial; el niño no escucha nada positivo en su casa, lo estás desmoralizando y, como dice el líder: ‘en estos días la niñez y la juventud son esenciales para la patria’” (esto lo dice fuerte para que escuche la sirvienta).

El papá pregunta entonces dónde está el hijito. Se ponen a buscarlo, no lo encuentran y se aterran. El papá pregunta si habrá ido a denunciarlos. La mamá dice que lo envió a comprarse un helado. El papá piensa que la “Defensa Civil” dirá que el helado fue para sobornar al informante. La mamá, al borde de la histeria, dice que “somos inocentes”. El papá responde que “Todo mundo es sospechoso si se declara una sospecha”…

El papá grita que “¡Yo sería el último en hablar mal de la resurgencia moral que acomete el pueblo en estos días!”. La mamá le pregunta si lo han denunciado por algo en la escuela. “No sé. Yo enseño lo que me ordenan”, responde, y se va a buscar el retrato de Hitler y la bandera nazi para colgarlos en la sala. Pero el niño va a decir que el ratrato no estaba ahí esta mañana y “será obvio que nos sabemos culpables”. Su terror ya es total…

Entonces regresa el hijo comiéndose su helado. “Fuiste por un helado”, dice el papá. “Sí, ¿a dónde más iba a ir?”, responde y se va a su cuarto. Los padres se quedan viendo unos momentos y respiran calmados, hasta que él le pregunta a ella: “¿Crees que esté mintiendo?”

Y entonces cae el telón…

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