Han pasado más de veinte años. El escándalo de los abusos sexuales del padre Marcial Maciel en contra de menores de edad cimbró, pero no caló.

La valentía de sacerdotes que dieron la cara para contar cómo el empoderado Maciel los violó fue inversamente proporcional a la vileza de empresarios, políticos y jerarcas que prefirieron desprestigiar a las víctimas antes que dar un paso en contra de sus intereses económicos-religiosos.

Reveló lo peor del conservadurismo. Encarnado en los hombres más ricos. Los de siempre.

La narración de José Barba, por ejemplo, conmovió a la opinión pública, pero no logró remover la maquinaria corrupta y corruptora.

Legiones de dólares que llenaron las arcas vaticanas marcaron la pauta de la impunidad.

El modus operandi de la Iglesia siguió su curso: Ante las inocultables voces de los pequeños, la reubicación de los depredadores. A más gritos de dolor, más tapaderas.

El tema vuelve a cobrar fuerza.

Ana Lucía Salazar publicó en redes sociales parte de su historia. Indicó que está buscando información sobre el integrante de los Legionarios de Cristo, Fernando Martínez.

“Él me abusó cuando yo tenía 8 años… Les agradecería me apoyaran con todo lo que saben porque este señor ha abusado a lo largo de su vida de muchas niñas que hoy permanecen en el anonimato. Yo decidí dar la cara porque al señor se le ha resguardado y protegido por años después de destruir nuestras infancias”, escribió.

En el mismo texto señaló que hay gente que sabe de los actos que cometió en los años 80 en el Cumbres de México. Que la Legión lo encubrió y lo reinstaló en Cancún, donde las atacó. Después, lo dirigieron a Salamanca.

“De ahí, le hemos perdido la pista… Gracias de antemano”, concluyó.

El lunes 6 de mayo, en entrevista en Milenio con mi compañera Azucena Uresti, brindó su desgarrador testimonio.

Valiente, conmovedor, indignante.

“En 1992 yo hablé… mis papás denunciaron… conté con mis padres que me fortalecieron, aunque estaban quebrados, porque esto quebró mi familia… había una maestra, mano derecha de Fernando Martínez… se encargaba de llamarnos, sacarnos del salón, presentarnos en la oficina de este señor… a mi me abusó muchísimo en las capillas…”

No es suficiente, pues, que la historia juzgue a los criminales y sus secuaces. Es necesario que enfrenten el Estado de Derecho.

A nivel internacional, los procesos legales en contra de clérigos pederastas siguen su curso.

En nuestro país, difícilmente arrancan.

Alberto Athié ha expuesto la complicidad del cardenal Norberto Rivera. Y ha reiterado que los curas suspendidos por estos delitos (más de 150) deben ser juzgados por autoridades mexicanas, y no quedarse en el mecanismo de sanción interna del Vaticano.

Se pretendió acallar esas voces críticas.

Se revictimizó a los heridos de por vida.

Marcial Maciel murió como un monstruo, abandonado, apestado.

Pero su legado permaneció.

Y la estructura enferma, obscena, doble moral de la iglesia, también.

RAZONES Y PASIONES:

Ayer, el Papa Francisco emitió una norma que obliga, por primera vez, a denunciar cualquier presunta agresión sexual o encubrimiento por parte de sacerdotes u obispos.

Dio un año a las diócesis para contar con el sistema donde se presenten los informes.

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