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“Ojalá que las hojas no te toquen el cuerpo cuando caigan…”

09/07/2019
02:45
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No importa a qué generación pertenezca: le aseguro que si gusta de la música, y de la letra musicada, se sabe usted, lector querido, el resto de una de las más bellas canciones en lengua castellana de la segunda parte del siglo XX, que no es poco decir sobre todo si muy cerca y merodeando andan el brujo mayor don Joaquín Sabina, el mago Joan Manuel Serrat, o Luis Eduardo Aute, el siempre joven maestro.

Por supuesto, a ese primer verso, le sigue: “Ojalá que la lluvia deje de ser milagro/ que baja por tu cuerpo;/ ojalá que la Luna pueda salir sin ti;/ ojalá que la tierra no te bese los pasos”.

Salvo el fragmento “ojalá” al inicio, no hay estribillo machacón, no hay trampa ni truco. Hay esa materia tan delicada pero tan identificable que hemos denominado como poesía. Ese “ojalá” que da pie a la serie de ideas que propone el autor, desde luego alude a las oraciones que pronunciaron algunas de nuestras abuelas, a la mística dicha, pero sin ir más allá.

Y, luego de un hecho tan concreto como el agua corriendo por un cuerpo femenino —ya que no tenemos a mano una lluvia mandada a hacer, ni una cascada, pensemos en la regadera de la ducha—, el autor pasa directamente a la astronomía y después se lanza de plano a la metafísica: si a la Luna le costara trabajo, por la ausencia de una mujer, cumplir con su ciclo, la Tierra y las mujeres todas y con ellas todos los varones nos iríamos directito al carajo, porque codependemos de nuestro satélite natural y en gran medida gracias a su influencia y las fuerzas que mutuamente mantiene con nuestro planeta, logró cuajar aquí la vida unicelular y después de eso todo lo que siguió. Pero, como las despedidas de una vez y para siempre implican que la persona amada se vuelva invisible y su peso específico sea muy poquito, escribió Silvio Rodríguez la plegaria de que la tierra, en este caso no el planeta sino el suelo como tal, no le besara los pasos porque esa mujer queridísima puede andar por todos lados —para empezar anda por toda la canción— pero el suelo no registrará su presencia, como si estuviera pero no estuviera, algo que explicaría la física cuántica pero que para nosotros es metafísica.

Amigos tiene uno —y muy queridos— que abominan al autor de Ojalá, y que tienen también una bajísima opinión del único intelectual con un rifle de alto poder y un escarabajo hablantín, el Subcomandante Marcos. No diferencian esos amigos —que necesita el que aquí escribe para la existencia— que si el enorme Silvio Rodríguez aceptó una invitación por parte del actual gobierno en el poder fue muy su gusto porque a ese man no lo controla nadie, y que había venido decenas de veces a México a cantar y a conocer desde hace lo menos tres décadas. Y, digo, no diferencian que el Subcomandante Marcos (aunque ahora se haga llamar Galeano o como se le dé su real gana que para eso es quien es y no se parece a nadie) y las comunidades a las que pertenece se opusieron de inmediato y por escrito al proyecto ilusorio, y criminal en contra del ecosistema, del tren maya. Y que por ahí, por esa aduana neozapatista, no pasará el régimen ni con cartillas morales ni con sus gansos.

Lector querido: mis amigos pueden diferir de mí todo lo que se les antoje y seguirán siendo mis amigos y si alguien va a defenderlos ante lo que sea, seré yo y como ha de ser la amistad: de manera leal.

He visto algunas veces, usualmente por asuntos periodísticos, al querido David Huerta, y digo querido como digo respetado poeta y hombre de letras. Ha sido un caballero en esas hasta ahora escasas ocasiones que hemos coincidido. Y es mejor decirlo de una vez: esto no es una respuesta a su texto publicado en estas mismas páginas. No puede serlo porque la magnitud de la obra y la presencia de Silvio Rodríguez en el mundo es tan apabullante que no necesita mis argumentos a favor, desde luego que no. Así que tampoco es una diatriba con David Huerta, nomás faltaba: tanto tiempo de no ver al querido hijo del Cocodrilo Mayor y gastar el cariño en infiernitos. Es, sí, un punto de vista que difiere de quien considere que Silvio no cuenta, no vale, no es. Porque cuenta, porque vale y porque es.

Si hay algo extraño en Ojalá, regresemos al texto, es que al parecer la mujer amada en realidad ha muerto y no es que se haya ido por voluntad propia. Y eso hace que todo dé un vuelco: “Ojalá que el deseo se vaya tras de ti,/ a tu viejo gobierno de difuntos y flores”, dice ya para el final. Y entonces ya nada tiene remedio, y tan es así que quien eleva la plegaria pide, todos lo hemos oído: “Ojalá que no pueda tocarte ni en canciones”.

Poesía, tal cual. Poesía y condena.

Lamento que Silvio aceptara esa invitación, y ya tendrá tiempo de reflexionarlo y manifestarse si le place, que no en vano es un intelectual fuerte como fuerte lo es Marcos. Lo lamento mucho, pero lo entiendo, y no por ello dejaré de beber un mexicanísimo café de altura en alguna tarde de descanso, mientras “llueve otra vez detrás de mis frontales” como en esta época y suena la guitarra de uno de los compositores e intérpretes más finos, complejos y queridos que ha dado Latinoamérica.

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