Para detener la sangría

Alejandro Hope

Un hombre llega a la sala de urgencias de un hospital con un balazo en el abdomen. Sangra profusamente.

Ese individuo fuma como chimenea y bebe alcohol en exceso. Proviene de una colonia marginada. Está desempleado desde hace meses y no pasó de la primaria.

Dado todo lo anterior, ¿qué hay que hacer primero para ayudar a ese hombre? ¿Referirlo con un especialista? ¿Darle acceso a tratamiento para adicciones? ¿Otorgarle un empleo temporal?

No: lo primero es frenar la hemorragia. Si se sigue desangrando, se muere inevitablemente. Ya estabilizado, se pueden hacer otras intervenciones. Pero la tarea inicial es salvar su vida.

Thomas Abt usa esa analogía en la introducción de su reciente libro sobre violencia urbana, Bleeding Out. Abt es un criminólogo de la Universidad de Harvard que ha estado directamente en las trincheras del combate al delito: fue durante algunos años fiscal y luego se convirtió en funcionario público tanto a nivel federal como estatal.

Para Abt, la hemorragia es la violencia homicida en las comunidades urbanas de Estados Unidos, mayoritariamente habitadas por afroamericanos y latinos. Es cierto que esa violencia tiene causas estructurales: la persistencia a lo largo de generaciones de racismo y exclusión ha generado bolsones de pobreza en esos barrios, creando a su vez múltiples factores criminógenos (desempleo, deserción escolar, etc.).

Pero la violencia letal refuerza la trampa de la pobreza: ahuyenta a la actividad económica, reduce el valor de las propiedades inmobiliarias, dificulta la dotación de servicios públicos y estigmatiza a comunidades enteras. Según una estimación, un homicidio impone un costo de 10 millones de dólares que desproporcionadamente paga la población más desfavorecida.

Abt argumenta que, en consecuencia, la tarea más inmediata para ayudar a las comunidades urbanas marginadas es reducir la violencia homicida. Para eso, la evidencia indica que es necesario atacarla directamente.

¿Cómo? El autor argumenta que las intervenciones para contener la violencia urbana deben partir de tres principios. En primer lugar, foco: en las ciudades, la violencia letal es obra de unos cuantos, ocurre en pocos lugares y está asociada a unos cuantos comportamientos (portación de armas ilegales, distribución violenta de drogas, etc.). Hay que concentrarse en esos pocos individuos, lugares y comportamientos. Segundo, equilibrio: las intervenciones deben combinar en partes casi iguales incentivos positivos y negativos, prevención y castigo. Tercero, justicia: las comunidades deben percibir la intervención de la autoridad como justa y legítima. De otra forma, no colaborarán en el esfuerzo.

Partiendo de esos principios, se puede instrumentar un paquete de intervenciones que atiendan a las personas, lugares y comportamientos que generan violencia letal. Abt propone una docena de estrategias para las que hay evidencia sólida de eficacia (disuasión focalizada dirigida a grupos, mayor presencia policial en puntos calientes, terapia conductual cognitiva, etc.). El menú específico de estrategias depende de las condiciones de cada comunidad, pero aplicadas con recursos suficientes y perseverancia, pueden tener efectos notables: según las estimaciones de Abt, la aplicación en las principales zonas urbanas de Estados Unidos de un paquete de medidas como las propuestas podría reducir a la mitad la tasa de homicidio de ese país en ocho años.

¿Esas ideas son aplicables en México? Sí, con las adaptaciones necesarias. Pero más que las estrategias específicas, me quedo con un mensaje central: hay que atacar la violencia homicida directamente.

Para parar la sangría, lo primero es poner un torniquete.
 

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