Lo que no voy a hacer en 2019

Alejandro Hope

El país desaprovecha una oportunidad única para construir una procuración de justicia independiente del poder político

Son las primeras horas de 2019 y no sé aún qué me depara el año nuevo. Por ahora, son más las incógnitas que las certezas. Pero hay algunas cosas que sé que no voy a hacer.

No voy a pedirle resultados inmediatos al nuevo gobierno. Los funcionarios entrantes se merecen un espacio para poner en práctica sus ideas, para ensayar cambios, para cometer errores de novato. Sería injusto exigir una mejoría instantánea o una transformación súbita. Hay que dar algo de espacio y tiempo.

No voy a confundir el beneficio de la duda con un cheque en blanco. Si los nuevos responsables de la política de seguridad caminan hacia la desinstitucionalización, habrá que decirlo. Si se pretende hacer lo mismo que en el pasado, ahora en paquete nuevo, habrá que decirlo. Si se busca malinformar con números parciales, sesgados o confusos, habrá que decirlo.

No me voy a obsesionar con las cifras de homicidio. Por varias razones: 1) a escala nacional, la tasa de homicidio es un indicador que responde mal a cambios de política pública, sobre todo en el corto plazo, y 2) hay muchas otras maneras de medir las condiciones de seguridad y el desempeño de las autoridades, desde encuestas de victimización hasta indicadores de gestión de las instituciones de seguridad y justicia. No todo es ni debe ser un conteo mecánico de cadáveres.

No voy a aplaudir el proceso de selección del primer Fiscal General de la República. El país está desaprovechando una oportunidad única para construir una institución de procuración de justicia independiente del poder político. Podría tener un primer fiscal dotado de plena legitimidad y autonomía. Va a tener en cambio a un acólito del Presidente López Obrador.

No me voy a quedar callado en el asunto de la Guardia Nacional. Es una idea mal articulada, mal concebida, presentada como alternativa única cuando abundan opciones, y que va a trastocar la relación entre militares y civiles en beneficio de los primeros. Además, se construye sin mayor evidencia de que la institucionalización de la participación militar en labores de policía tenga un impacto particularmente notable en las condiciones de seguridad.

No me voy a dejar atrapar por la obsesión chilangocéntrica. En materia de seguridad, lo más interesante sucede lejos de la Ciudad de México. Para bien y para mal. En diversos estados y municipios, hay experimentos sumamente alentadores de reforma policial, además de prácticas prometedoras en materia de prevención del delito y de operación del sistema de justicia penal. En contrapartida, se pueden observar lejos de la capital algunos fenómenos particularmente preocupantes, desde la captura completa de aparatos de gobierno por parte de bandas criminales hasta la multiplicación de ataques a infraestructura crítica (los trenes, por ejemplo). Por ello, por lo bueno y por lo malo, el futuro del país se juega en lo local.

No voy a dejar de denunciar el maltrato a los servidores públicos del sector. A los policías, los militares, los agentes del ministerio público, los custodios. Las primeras víctimas de la corrupción y el abuso de las instituciones de seguridad es el personal que labora en ellas. Eso tiene que acabar. El primer paso para construir una sociedad segura es proteger a los que nos protegen. Y eso significa fortalecer los controles internos y la supervisión externa sobre las instituciones.

No voy a parar de escribir. Mientras siga teniendo la oportunidad, aquí voy a andar, necio y reiterativo, tres veces por semana. Gracias de antemano a los que me quieran seguir acompañando en esa brega cotidiana.
 

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