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La amapola, el fentanilo y la incierta pacificación

13/07/2018
02:02
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En la sierra de Guerrero, o en parte de ella, no había más fuente de ingreso que la amapola. La adormidera daba para sobrevivir a algo más de un centenar de comunidades. Incluso, producía excedentes. Hay historias, tal vez ciertas, de campesinos comprando pantallas planas o de agencias de automóviles colocando unidades de último modelo en municipios serranos.

Pero eso fue antes. Desde hace varios meses, el corredor de la amapola vive una crisis monumental. Los productores están vendiendo la goma de opio a 8000 pesos el kilo, menos de la mitad de lo que recibían el año pasado. A ese precio, apenas cubren costos. Algunos productores han tenido que sustituir cultivos o salir de la región.

La causa de esta hecatombe es la irrupción del fentanilo en el mercado estadounidense. Para los no iniciados, el fentanilo es un opioide sintético. Es una sustancia de laboratorio, 50 veces más potente que la heroína, usada como analgésico y producida mayoritariamente en Asia (particularmente en China e India).

El fentanilo ya no es solo un complemento de la heroína en los mercados ilegales, como lo era hasta hace no mucho. Crecientemente, en muchas regiones de Estados Unidos, se ha vuelto un sustituto. En un reporte reciente, la DEA señaló lo siguiente: “Algunos indicadores sugieren que el fentanilo está afectando significativamente la participación de mercado de la heroína y, en algunos mercados, la ha suplantado”.

Ese fenómeno puede transformar de raíz el narcotráfico mexicano. Como argumenta Keith Humphreys, un profesor de psiquiatría de la Universidad de Stanford que ha estudiado muy de cerca la crisis de los opioides en Estados Unidos, el fentanilo no necesita tierra y demanda poco trabajo. Una banda de tamaño medio, con acceso a precursores y algo de conocimiento de química, puede producir lo que antes requería miles de manos campesinas. O, mejor aún, lo puede importar de Asia sin mayor complicación y sin tener que poner pie en Guerrero.

El fentanilo parece estar logrando lo que décadas de erradicación y multitud de programas de desarrollo alternativo no han podido: romperle la espina dorsal a la economía ilegal de la amapola en México.

Ese hecho, sin embargo, no parece estar teniendo por ahora muchos efectos pacificadores. De acuerdo con información del gobierno de Guerrero, algunos grupos criminales han buscado sustituir el ingreso perdido por la caída del precio de la goma de opio con secuestros, extorsiones y robos. Ignoro si eso es cierto, pero un hecho es indudable: la violencia homicida ha seguido al alza en Guerrero en estos meses de crisis de la amapola. En los primeros cinco meses de 2018, mil 99 personas fueron asesinadas en ese estado, 15% más que en el mismo periodo del año pasado.

Esos datos deberían de informar el debate sobre una posible política de pacificación en el próximo sexenio. Olga Sánchez Cordero, la probable secretaria de Gobernación del gobierno de Andrés Manuel López Obrador, ha planteado en repetidas ocasiones que se debería de permitir y regular la producción de amapola con fines farmacéuticos. Eso puede ser una buena o mala idea, pero parte de una premisa básica: la eliminación o contracción de la economía ilegal de la amapola tendría efectos pacificadores en las zonas de cultivo y trasiego. ¿Qué pasa si esa premisa no se sostiene? ¿Qué sigue si el fin de la amapola no es el fin de la violencia en Guerrero y otras zonas de producción?

No tengo una buena respuesta a esas preguntas, pero me parece que la irrupción del fentanilo y la devastación de la amapola nos obliga a repensar nuestras categorías analíticas. El mundo ha resultado ser mucho más complicado de lo que suponíamos.

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