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Crueldad silenciosa en Ciudad de México

El viaje kafkiano que implica tramitar la credencial del Inapam es nada comparado con lo que atestigüé estos días en las oficinas de la Tesorería, en San Jerónimo 45 para pagar el predial con descuento
31/01/2018
01:52
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Hay formas de crueldad que no hacen ruido, tampoco aparecen testimonios o fotografías que las denuncien en los medios. Son mudas, cotidianas, indiferentes.

No hablo del horror que sufrió Marco Antonio Sánchez luego de su detención arbitraria y a lo largo de cinco días desaparecido. Tampoco del que padeció el actor Alejandro Axel cuando la policía lo exhibió y lo encarceló por un crimen cometido cuando él ni siquiera estaba en México. Ni me refiero al asalto cotidiano o a esas balas perdidas, como la que el domingo pasado mató a Fausto, el inocente velador de un edificio en la calle de Nuevo León.

Intento describir la crueldad silenciosa a la que son sometidas las personas de la tercera edad. El viaje kafkiano que implica tramitar la credencial del Inapam (Instituto Nacional de Personas Adultas Mayores) es nada comparado con lo que atestigüé estos días en las oficinas de la Tesorería, en San Jerónimo 45, al sur de esta ciudad, para pagar el predial con descuento:

Entro a un estacionamiento en declive y al aire libre. Miro a decenas de personas con las que haré fila de pie durante más de dos horas sólo para que, ya dentro de las oficinas, nos den una forma. Luego hay que pasar al “Módulo Universal” y después hacer una tercera cola hacia la caja. La crueldad de la burocracia tiene rostro en toda esa gente de más de 80 años, muchos con bastón, pañuelos y tos, artritis o aparatos auditivos, haciendo fila a la intemperie con un frío que cala hasta los huesos. Suben y bajan escalones de cemento y sin barandal para entrar y salir. No hay baño a la vista. Alguien advierte, en medio de la camaradería espontánea, que además de los originales indicados en la boleta, también exigen copias de todo. Unos y otros se cuidan los lugares para salir a la calle y hacer otra fila en un puestito cuyo dueño saca fotocopias mientras vende papitas. ¿Cómo le hará este gobierno para pasar de ese método al reconocimiento de voz que anuncian por todos lados? Llego al primer destino con dos nuevas amigas: una vendedora de periódicos (los lleva en el brazo) y una mujer de 82 años que acude por tercera vez a hacer el trámite con su marido recién operado. Un señor mal encarado revisa los documentos. Le sugiero que pida ayuda, sillas para los mayores, que los vea cómo están. Me clava una mirada de puñal. Y advierte: “Si no quieren hacer estas colas vénganse a las 5 de la mañana”. Leo en un cartel: “Serán atendidas de forma inmediata las personas en situación de vulnerabilidad: discapacidad, mayores de 60 años, personas que acudan con niños…” Frente a mí, formados, hay ancianos que apenas pueden caminar, otros cuyas manos tiemblan, niños que lloran. Superado el primer escritorio, hay que llenar una forma cuyas letras mi amiga no alcanza a leer. Y nos falta una fila de cinco horas. Así que regreso al día siguiente. Y sí, estoy de 9 am a 3 pm y miro a la multitud que anhela un lugar en las únicas 100 sillas disponibles. Me duele la mujer indígena con varices en las piernas, el anciano que sostiene sus papeles con firmeza mientras cabecea…

Toda esta gente quiere pagar sus impuestos, vivir en legalidad. A cambio se les maltrata, se les quitan horas de trabajo, se les obliga, en el absurdo, a formarse tres veces. Ganamos un descuento a cambio de aceptar la crueldad silenciosa. Los más humildes, los de mayor edad, no se quejan, se han habituado a vivir esperando, esperando, así que dormitan, tejen…

Ojalá empecemos a tejer otro tipo de historias. Porque en 2050, la cuarta parte de la población será de la tercera edad y merece un trato más digno.

 

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@amalvido