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No es que Paco Jémez sea una mala persona o un mal entrenador, aunque los números tampoco lo ponen entre los mejores, es la falta de serenidad ante uno de los cientos de insultos que técnicos, jugadores y árbitros reciben en los estadios de futbol. Me extraña de Jémez que a tantas funciones de lucha ha ido y en las que las mentadas de madre son lo más fresa que se escucha.
Claro que nada justifica que insulten a su familia, pero debió ser más inteligente ante ese cobarde que agarró valor entre la multitud, y sobre todo, más iluminado al momento de justificar una acción que lo ha puesto una vez más como el ogro.
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