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Cuando los osos “bailaban” por la ciudad

Mochilazo en el tiempo

A finales de los años 70 existió un dueto conformado por un oso y su domador que al ritmo del pandero ejecutaban una danza por diversas calles de la ciudad.

Texto: Carlos Villasana y Ruth Gómez

Diseño web: Miguel Ángel Garnica

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El caos y el cambio son dos de las características inherentes de esta ciudad; algunas transformaciones son tan rápidas que la “adaptación” es más obligatoria que optativa, mientras que otras son tan lentas que poco a poco vamos olvidando cómo era la vida antes de que pasaran, por ejemplo, la generación que hoy está cerca de los 50 años no recuerda una capital sin Metro, sólo aquellos con la edad de votar en 1997 recordarán la importancia de la primera elección para Jefe de Gobierno del Distrito Federal y los nacidos antes del 2014 pudieron presenciar números de animales amaestrados, primero en las calles y después en los circos.

En esta ocasión, Mochilazo en el tiempo se sumerge a la historia de los osos “bailarines” y sus domadores, cuyo oficio desapareció como resultado de un proceso de conciencia sobre el trato del humano hacia los animales y que, por las dimensiones que estos últimos suelen tener frente a nosotros, dejaban perplejos a quienes los miraban.

Aunque hoy nos parece inconcebible e incluso despiadado, la historia de este oficio va de la mano a la cronología de vida de muchas naciones europeas y asiáticas, fungiendo como sustento de decenas de familias que, históricamente, se les ha identificado como gitanos, que eran reconocidos, entre otras actividades, por ser domadores de animales (osos, elefantes, perros, monos, serpientes), acróbatas y juglares.

De acuerdo a la investigación de Pelin Tünaydin, doctora en Estudios del Cercano y Medio Oriente, el entrenamiento consistía en lograr que los animales imitaran poses o acciones humanas, como caerse, bailar, saltar, formar figuras o cualquier otra que fuera contraria a su naturaleza, ya que se dieron cuenta de que el público quedaba cautivado al ver al animal tratando de reproducir todo aquello que las personas solían hacer en su vida diaria.

Fue tal su importancia que se abrió una academia en Smorgon, Bielorrusia, para que los osos fueran entrenados y de ahí, vendidos al mejor postor a lo largo del mundo. El proceso era “simple”, oseznos de diferentes regiones eran adquiridos, o llegaban, a la academia y los ponían bajo el cuidado de un selecto grupo de gitanos dedicados a su adiestramiento. Al finalizar su “ciclo de aprendizaje” los osos presentaban sus conocimientos ante un comité, ya fuera danzar en parejas o empujar alguna carriola, el cual decidía que oso estaba listo y cuál no para presentarse ante un público.

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Monumento a la Academia de Osos que alguna vez existió en Smorgon, Bielorrusia. Crédito imagen: página web Belhot.

Ya para finales del siglo XIX e inicios del XX, las autoridades de algunos países europeos iniciaron sus proyectos de ley en cuestión de protección animal, lo que llevó a que el oficio desapareciera paulatinamente. Sin embargo, en varios países esta forma de vida prosiguió y en México, terminó desapareciendo casi un siglo después.

“El oso, el oso”
 
 

Uno de los primeros registros que existen en los archivos fotográficos mexicanos de un oso en la capital data de inicios del Siglo XX, cuando la lente de Manuel Ramos, el denominado padre del fotoperiodismo en México, atestiguó el momento en el que un oso y su domador hacían su presentación ante unos atentos espectadores. De un aspecto un tanto desnutrido y parado sobre sus dos patas (llegando casi a la altura de su adiestrador), el oso practicaba lo que pareciera una rutina, mientras que el humano tiraba de una cadena, con un pandero y un palo en las manos.

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Esta postal, tomada por Manuel Ramos, fue titulada “con dinero baila el perro y el oso”  y es cercana a 1902. Archivo Fotográfico Manuel Ramos.

En su investigación, la doctora Tünaydin rastreó que no existía un sólo tipo de especie de oso para este fin -dependía mucho de la zona y, claro, del capital que tenían sus dueños- y también que los domadores de osos compartían una vertiente de la lengua romaní y según el testimonio del señor Alberto Suverza, uno de nuestros entrevistados, también se hablaba en la Ciudad de México en la segunda mitad del siglo pasado:

“Yo solía ir mucho con mi papá a La Lagunilla. Recuerdo perfectamente el día que vi al oso. Mi papá de la nada gritó: “el oso, el oso”, mientras que se escuchaba el ruido de un pandero; corrimos hacia donde iba la multitud e hicimos un círculo alrededor del oso y su domador, que le decía palabras en un idioma que no era español y el oso parecía seguir indicaciones. Ahorita uno lo piensa y siente feo por lo que de seguro sufrió el animal, pero en ese entonces ese tipo de espectáculos eran parte del folclor de la ciudad y obviamente uno quedaba impactado porque era normal ver gatos o perros en la calle, pero un oso jamás”.

Durante todo el siglo XX estuvo permitido no sólo en la capital, sino en todo el país, el uso de animales en espectáculos callejeros y circenses, así como su adiestramiento para “shows” dentro de parques temáticos o de zoológico, como el de los elefantes en Chapultepec. En diferentes zonas de la capital los merolicos mostraban con astucia cómo “encantaban” serpientes y también se podía ver a hombres que acompañados por el sonido de diversos instrumentos musicales hacían danzar a sus perros o monos. Durante muchos años, el hombre se dedicó a domar animales, para quizás, alejarse del miedo o sentirse menos impotente ante la naturaleza.

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Espectáculo en el Zoológico de Chapultepec, en los años treinta, donde un mono comía sus alimentos en un pequeño comedor ante la mirada de decenas de curiosos. Colección Villasana-Torres.

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Escena de la película “Los Olvidados” (1950) de Luis Buñuel, cuando los asistentes a la feria del barrio rodean a dos señores que hacen bailar a dos perritos al ritmo de la trompeta y el pandero.

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Una de las atracciones del Zoológico de Chapultepec en los años sesenta y setenta, era el espectáculo de los elefantes amaestrados, llevado de manera gratuita a todo aquel que visitaba este espacio. Colección Villasana-Torres.

La señora María Enríquez relató que por la casa de su madre -al oriente de la capital- el oso hizo una que otra aparición: “Claro que vi al señor y al oso, lo hacían que se pusiera en dos patas y que realizara una especie de baile con un pandero, a mí en lo particular me daba miedo, pensaba que en cualquier momento se podría liberar de la cadena y a la vez me impresionaba mucho, porque para que el oso bailara utilizaban también una especie de fuete.

“También llegué a verlo en Chapultepec, pero en aquella época mis amigos de otras colonias también habían visto a uno -eso sí, quién sabe si era el mismo que iba a la colonia de mi mamá- ya fuera por sus casas o en las ferias”.

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Imagen de los años 70, en la que se puede observar a un gitano hacer bailar y caminar a un oso al compás del pandero en la Alameda Central. Archivo EL UNIVERSAL.

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Escena de la película “Los Caifanes”, donde se ve al oso bailando en círculos con su domador, mientras éste toca el pandero.

También en las letras de Guillermo Fadanelli, colaborador de esta casa editorial, en su artículo “La mazurca del oso” en 2002:

“Sé que es riesgoso acudir a los recuerdos porque mientras para uno estos se presentan con un acento mítico, para los otros suelen carecer de importancia. Corriendo el riesgo, describiré uno de los primeros recuerdos que guardo de esta ciudad. Fue hace más de treinta años, cuando un hombre vestido con overol recorría las calles de la colonia Portales blandiendo un pandero en el aire, mientras un oso enorme bailaba una mazurca en dos patas. La carlanca del oso era tan vistosa como su ridículo sombrero de paja que apenas le cubría su inmensa cabeza negra. En cuanto escuchábamos el pandero le pedíamos a nuestra madre que abandonara por un momento las labores de su esclavitud para llevarnos hasta la esquina donde bailaba el oso. Entonces ella tomaba una moneda de veinte centavos y nos hacía prometer que mantendríamos una distancia prudente con respecto a la bestia bailadora. Mi hermano menor era el encargado de meter la moneda en el sombrero que el domador extendía frente a los curiosos. Si bien el oso podía devorarnos de una dentellada se mantenía sereno, concentrado en los pasos de su mazurca (...) Sólo añadiré que cuando era niño podía estar a unos cuantos metros de un oso: hoy es más cuerdo permanecer encerrado.”

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Una fotografía que muestra al oso y a su domador al interior de una colonia en el corazón de la ciudad, a finales de los años setenta. Colección Villasana - Torres.

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Postal tomada en 1958 en la calle de Tabasco en la colonia Roma, donde posan dos niños junto al domador y el oso. Foto: Cortesía Luis Enrique Vergara.

No es necesario describir los procedimientos que los domadores llevaban a cabo para que los osos, independientemente de su tamaño y especie, obedecieran; sin embargo, estos les provocaban desnutrición y diversos males físicos que los podían llevar a la muerte.

Como lo mencionamos al inicio del artículo, los tiempos cambiaron y con ello la forma en la que la sociedad se relacionaba con los animales: para inicios de los años 80 la imagen del oso y el señor del pandero se empezaban a volver sólo un recuerdo y su andar dejó de ser “común” por los recovecos de la urbe.

Hace tan sólo un par de años, entró en vigor de la Ley General de Vida Silvestre, que prohíbe el uso de animales en espectáculos circenses a nivel nacional y de esta forma desapareció el único estilo de vida que conocían decenas de familias, muchos de ellos descendientes de los primeros adiestradores de animales que llegaron al país.

Fotografía antigua: Archivo EL UNIVERSAL, Colección Villasana-Torres, Archivo Fotográfico Manuel Ramos.

Fuentes: María Enríquez, Alberto Suverza. Artículos: “Pawing through the History of Bear Dancing in Europe” de Pelin Tünaydin, “La mazurca del oso” de Guillermo Fadanelli para Letras Libres.

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