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Cajas registradoras: las reliquias del dinero

En 1879, el estadounidense James Ritty creó la primera caja registradora, la cual parecía un reloj con teclado. En éste las manecillas de horas y minutos indicaban dólares y centavos respectivamente
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27/01/2018
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Texto y foto actual: Daniel Lávida

Diseño web: Miguel Ángel Garnica

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Seleccionar los artículos de su preferencia: joyas, recuerdos, libros, dulces, cualquier cosa. Llegar a ese espacio, dentro del establecimiento, en el que se revisa cuál será la forma de pago o, en ocasiones, se decide dejar algún producto. Esperar hasta que indican el monto total de la compra. Pagar y escuchar ese simbólico “tin” cuando se abre la caja registradora. La transacción se ha cerrado, la compra ya está registrada. Pero, ¿dónde surge este artefacto que forma parte de nuestra vida cotidiana?  

Origen de la caja registradora
 
 

En Dayton, Ohio, Estados Unidos, tuvo su génesis la primera caja registradora, en 1879. James Ritty, dueño de un bar llamado The Pony House, cansado de que sus empleados le robaran parte de las ganancias, antes de hacer la contabilidad del día, decidió crear un artefacto que le permitiera tener un mejor control en el ingreso de dinero.

Fue así como creó el modelo Ritty I, el cual parecía un reloj con teclado. En éste las manecillas de horas y minutos indicaban dólares y centavos respectivamente. La idea de este modelo surgió después de ver un artefacto que contaba las revoluciones de propulsión en un barco de vapor.

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“Caja registradora manual, Piezas únicas”.

Realizó un par de modelos más. Hasta el último, conocido como El incorruptible cajero de Ritty, que contaba con perforadores –los botones– colocados en columnas correspondientes a dólares o centavos. Éstos se presionaban y no volvían a su posición original hasta que se jalaba la manivela –colocada en el lado derecho– para sumar el monto y hacerlo visible en un espacio colocado en la parte superior de la caja.

Una vez registrado el monto total se presionaba un botón para abrir el cajón. Por seguridad Ritty le colocó una campana oculta en la caja, naciendo así característico sonido: ‘tin’. El precio de El incorruptible cajero de Ritty era 50 dólares.

En 1883, con apoyo de su hermano, decidió patentarla. Tiempo después vendió los derechos de su invento a Jacob H. Eckert, de Cincinnati, quien formó la National Manufacturing Company. En 1884 la empresa fue vendida a John H. Patterson, siendo él quien incorporó un rollo de papel para registrar las transacciones. Cambió el nombre de la empresa a National Cash Register, nombre que conserva hasta la actualidad.

 
¿Herramienta o reliquia?
 
 

“A algunas personas les gusta, hay clientes que vienen y le sacan foto para el recuerdo”, comenta en entrevista para EL UNIVERSAL, Joaquín Soto, propietario de Jal-Quer, restaurante ubicado en la calle de Jalapa número 176, colonia Roma Norte. En este establecimiento Joaquín tiene una caja registradora antigua, “no sé de qué año es, la compré ya usada hace mucho tiempo”, añade.

El restaurante abrió hace 52 años, Joaquín ha sido su único propietario y desde 1975 su caja registradora ha formado parte del mobiliario. La adquirió en un local dedicado a la reparación, “no recuerdo cuánto me costó, ya tiene mucho tiempo, la verdad he olvidado cuánto fue”, comenta mientras recibe con una sonrisa a un comensal.

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“El restaurante abrió hace 52 años, Joaquín ha sido su único propietario y desde 1975 su caja registradora ha formado parte del mobiliario”.

La caja se encuentra ubicada en el centro del local. Las reacciones de los comensales son variadas. Algunos miran con curiosidad, como si estuvieran en un museo, en una tienda de antigüedades, otros simplemente ignoran que está ahí y pasan de largo.  

“Ya no funciona, se quemó. Una ocasión, hace ya varios años, se fue la luz y se le quedó una tecla pegada. No me di cuenta. Cuando volvió la luz ya no funcionó”, comenta Joaquín. Tomó en ese momento la decisión de ya no repararla, ya no llevarla a ningún taller. Decidió que sólo utilizaría el cajón y lo demás lo dejaría tal cual quedó al momento de quemarse.

Se acostumbró a trabajar de esta forma, algunos cálculos los hace de forma mental, otros los hace apoyado de libreta en mano. “No es la gran contabilidad, aprendes a sobrellevarlo”.

Acepta que le provoca desconfianza cuando alguien llega a su local para ofrecerle arreglar su caja. “Han venido muchas personas diciendo que pueden repararla, pero no me dan nada de garantía. No me prestan otra similar o, al menos, una que funcione. Luego me dicen que tienen que desarmarla para saber qué tiene y cuánto va a costar arreglarla, por eso ya mejor la dejé así”.

Joaquín recibe con una sonrisa a cada comensal mientras hace memoria sobre el restaurante y la caja registradora. “No sé si yo lo llamaría reliquia, pero ya tengo muchos años con ella. No he pensado en cambiarla, no me va a convenir. No sé qué tal salgan las nuevas, a parte ninguna va a estar así de bonita como ésta; no sé, tal vez sí sea una reliquia y, mejor aún, una herramienta durante 43 años más los que tuviera antes de llegar al lugar donde la compré”.

Pasado y presente
 
 

Hace 12 años, Jaime Hernández Campos, librero, compró su caja registradora. “La compré nueva en la tienda departamental. Ésta ya no necesita conectarse a la electricidad, funciona con pilas”, comenta en entrevista para EL UNIVERSAL.

Jaime es dueño de la librería de viejo: Ático, ubicada en la avenida Álvaro Obregón número 118, colonia Roma Norte. Para él “es una herramienta muy fácil de utilizar. No se necesita gran ciencia”. A diferencia de la caja registradora del Jal-Quer que ya no pudo sumar más días activos en su historia, la que tiene Jaime se ha descompuesto y ha podido repararse.

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“Don Jaime compró su caja registradora hace 12 años, es de pilas”.

“Hace unos cinco o seis años sufrió una descompostura. Eran las pilas, se le habían terminado y ya no prendía. La tuve que llevar a arreglar, en ese tiempo me costó 1,200 repararla. Pero de ahí hasta la fecha ningún problema”.

Su caja registradora se encuentra ubicada en un lugar discreto dentro de la librería, uno se tiene que fijar con mucho cuidado para no confundirá como parte de la decoración del lugar. Jaime se ha encargado de capacitar a algunos de sus empleados dentro de la librería. “Yo le enseño a algunos y ya ellos le enseñan a los demás. Aquí todo mundo tiene que aprender, cuando entran se les pide cierto nivel académico. Es entrarle a todo”.

Para Jaime el pasado y el presente se pueden mezclar, “por ejemplo, yo cobro con la caja registradora, pero en la computadora lo puedo respaldar. Es más sencillo, puedes tener ahí que libros ya vendiste o hacer la suma del día. Te permite tener un mejor conocimiento sobre tu producto y cómo se está moviendo”, comenta.

Piezas de museo
 
 

“Aquí no las reparamos, han llegado a nosotros por azar”, comenta a EL UNIVERSAL, el señor Madrigal. En su negocio, Piezas únicas, se dedican a la compra, restauración y venta de muebles antiguos. “Recibimos otras cosas, no sólo tenemos muebles”, comenta recordando dónde se encuentran las cajas registradoras. “Tenemos tres, la fecha exacta de cada una no la sé, me parece son desde los años 20 hasta los 60 o 70”, agrega.

En este local, ubicado en avenida Álvaro Obregón número 53, las personas que entran adoptan el mismo comportamiento que cuando se visita un museo: silencio, concentración, cuidado al mirar cada pieza y asombro ante lo desconocido. Algunos piden permiso para tomar una fotografía, otros simplemente lo hacen. EL señor Madrigal les comenta fechas y lugares de donde proviene cada pieza.

Las cajas registradoras que están en este local han sido utilizadas para producir comerciales o películas cuando se necesita ambientar algún escenario. “Desde que las adquirimos ya no funcionaban. Cuando las rentamos no importa mucho, tampoco cuando las vendemos porque la mayoría son coleccionistas o personas que sólo las quieren como decoración”, comenta.

El precio de las cajas registradoras depende de la marca, modelo y año, las que tiene el señor Madrigal en su establecimiento van de 4 mil a 7 mil pesos.   

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“Las cajas registradoras que tienen en Piezas únicas han sido utilizadas para películas o comerciales”.

Han pasado 134 años desde que se patentó la primera caja registradora. Comenzando con la mecánica, pasando por la eléctrica –creada en 1906–, hasta la de baterías. Esta herramienta caminaba a la par de la tecnología, hasta que se crearon aplicaciones que permiten utilizar la tableta como caja. Ahora los locales pequeños se apoyan en éstas.  

El pasado 22 de enero en el suplemento TECHBIT de EL UNIVERSAL se publicó una nota que decía: “Amazon abrirá hoy al público ‘Amazon Go’, el supermercado sin cajas…”
“En la actualidad hay que modernizarnos, ya todo es electrónico. Yo por mi edad voy de acuerdo a mis aparatos”, comenta Joaquín en Jal-Quer, mirando su caja registradora mientras sonríe recordado a los comensales que le toman foto a su pieza de museo.

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“Han pasado 134 años desde que se patentó la primera caja registradora”.

Fuentes: ohiohistorycentral, Techbit El UNIVERSAL, “Tu caja registradora en una tableta”, EL UNIVERSAL. Entrevistas: Joaquín Soto, Jaime Hernández Campos, señor Madrigal.