Juanjo Junoy 


Salí a la calle, con mi familia, a intentar hacer algo por los demás más allá de lo que ya habíamos hecho, alejados de la tragedia pero cerca de ella. El centro de acopio fue una manera de participar. La más adecuada, según yo, de acuerdo con nuestras características. Sobre todo mi edad, pues a pesar de que aún me quedan fuerzas, ya no tengo la misma energía de la adolescencia. Pero mis hijos sí. Insistieron tanto que cedí, emocionado por su intención de ser parte activa, de sentirse útiles, de formar parte de esa gran oleada de participación que se apoderó de todos nosotros como muy pocas veces ha ocurrido en la historia que yo recuerdo, además del 85, claro.

Tuve que vencer mi miedo inicial a exponerlos a ellos. El miedo a que una réplica ocurriera justo cuando estábamos en la zona más vulnerable de todas me atenazaba el corazón pero supe que tenía que tragarme esa sensación, hacer como si no existiera y poner la mejor de todas mis caras para que mis hijos no se enteraran de que yo, su supuesto ejemplo, tenía miedo. Como si el temor fuera algo de lo que uno tuviera que avergonzarse.

 

Dormimos poco pues nos enteramos que las horas en las que más falta hacía gente eran las de la madrugada. Así que en plena noche salimos hacia nuestro destino: una zona de derrumbe. Uno de tantos lugares en la ciudad donde los edificios cayeron encima de vidas que no lo merecían para cortarlas de tajo y a golpes de ladrillo, cemento y metal. Conseguimos el casco, los guantes y los chalecos. Y nos ofrecimos como voluntarios. Estuvimos una hora sentados en el centro de acopio cerca del derrumbe. Metiendo croquetas para gato en pequeñas bolsas de plástico y acomodándolas en cajas para su empaque y entrega.

Al poco tiempo una voz solicitó voluntarios. Nos levantamos y fuimos hacia ella. Cuando se reunieron unas veinte personas nos pusimos el casco y caminamos hacia la última valla antes de los escombros. Al acercarnos, el polvo que flotaba en el aire comenzó a perseguir nuestras pestañas, las narices y la garganta. Hubo que usar esa pequeña tela blanca para colocárnosla como protección.

No sé si sólo del polvo o también de ese olor dulzón que tiene la muerte y que yo ya conocía de primera mano por el 85. Antes de franquear la barrera nos pidieron los nombres, edades, un teléfono de contacto y el tipo de sangre para anotarlos con tinta permanente en el interior del brazo. Al sentir la punta del plumón sobre la piel no pude evitar un estremecimiento. Caí en la cuenta de que lo que estábamos haciendo era en realidad no sólo una manera de ayudar sino también de exponernos, entregando lo más que puedes entregar por alguien.

 

Luego caminamos en dos filas para llegar a la angosta calle donde un centenar de voluntarios civiles, miembros del ejército y policías federales se esforzaban por sacar piedras, varillas y fragmentos de vidas del desastroso montón que antes fue una vivienda para colocarlas en un camión materialista y llevarlas lejos, no sé a dónde.

Nos colocamos en una larga fila para hacer una cadena que permitiera trasladar los materiales hasta el camión. Una cadena de personas tan distintas unos de otros y tan similares que me pareció que nos confundíamos entre todos y éramos el mismo. Los rostros a medias, todos cubiertos en su parte inferior por el tapabocas, anunciaban con los ojos una bienvenida y una invitación a ser parte de un esfuerzo más importante que nuestras propias vidas.

Y comenzamos, comencé, a recibir los botes blancos de pintura llenos de pesadas rocas para pasarlos a la persona siguiente en la cadena. Tal vez estuvimos ahí unos 45 minutos, sudando a pesar de que apenas comenzaba a amanecer y de que el frío de la madrugada no se marchaba aún. Recibiendo una cubeta tras otra y acercándola al camión. Una tras otra.

Como si el desastre no se terminara nunca. De vez en cuando todo se detenía y una persona levantaba la mano con el puño cerrado para que todos hiciéramos silencio. Y todos levantábamos la mano igual que nuestros vecinos y cerrábamos la boca y nos deteníamos un momento y escuchábamos expectantes como si pudiéramos traspasar el silencio para oír una voz pidiendo ayuda o algo, cualquier cosa.

Ese silencio no lo voy a olvidar nunca a pesar de que soy medio sordo y la ausencia de sonidos y yo somos viejos conocidos. Luego las manos bajaban y todos retomábamos el trabajo. En un momento dado alguien se nos acercó y pidió que los civiles nos retiráramos. Más que una solicitud era una orden y todos dejamos nuestro lugar para regresar a las vallas protectoras mientras quien nos pidió hacerlo nos explicaba que era importante que descansáramos. Que había quienes nos iban a relevar y que cuando nos sintiéramos mejor podíamos volver a participar.

 

Cuando regresamos al centro de acopio, después de aceptar un café, un vaso de agua y una torta para recuperar fuerzas, alguien me dijo que habían encontrado un cadáver y que por eso nos pidieron alejarnos. Es probable. En el aire flotaba el aroma de alguien muerto. Estuvimos descansando cerca de una hora y regresamos a la cadena. La cantidad de voluntarios ahora que el sol ya había salido, era más larga, así que tuvimos que esperar un rato a que llegara nuestro turno.

Estuve en silencio, observando el frenesí a mi alrededor. Las familias que participaban como la nuestra, los grupos de personas que servían desayunos a quienes estábamos ahí, los automóviles que llegaban cargados de víveres, mantas, herramientas, botellas de agua, medicinas y bolsas; los voluntarios que las descargaban y acomodaban, los ciclistas en fila esperando recibir su valiosa carga y las instrucciones de dónde debían llevarla, los grupos de marinos descansando después de una larga noche, dormidos en cuclillas recostados contra un árbol o una pared. Una multitud de rostros entregados en los que reconocí el mío, el de mi familia, el de mis hijos y el de tantas y tantas personas que han pasado a formar parte de lo que soy, porque uno es la suma de pedazos de toda la gente que ha conocido en la vida.

 

Cuando regresamos a la cadena volvimos a cargar y pasar los botes. En esta ocasión éramos más gente cargando el mismo número de recipientes, pero por alguna razón todo me pesaba incluso más. Tal vez fue el cansancio, tal vez mi imaginación. Pero era como si cada kilo se duplicara. Estuve ahí, junto a un militar y a una mujer mucho más alta y fuerte que yo. Pasando los escombros de uno a otro. Yo entre los dos, orgulloso de hacer mi parte aunque cada vez me fuera más y más difícil. No me dolían los músculos pero sudaba. Y las gotas saladas se metían entre mis ojos y caían en mi audífono en la oreja izquierda, la que escucha un poco. El audífono dejó de funcionar pero seguí cargando, en otro tipo de silencio.

Hubo un par de ocasiones en que la cubeta llena de piedras y de varillas a medias me pesaron demasiado y vacilé. Mis compañeros de fila lo notaron. Traté de justificar mi debilidad y a nadie le importó. Sólo recibí sonrisas, que pude interpretar en las miradas, porque todos llevábamos la boca cubierta, es una sensación extraña saberte y reconocerte débil y recibir apoyo, comprensión y reconocimiento por estar haciendo, con entusiasmo algo para lo que ya no tienes edad.

Sonreí yo también y saqué fuerzas de no sé dónde para casi concluir el turno. Tengo que reconocer que me detuve antes, exhausto y feliz, y me separé de la cadena. Sé que algunos de mis ocasionales compañeros, rostros que tal vez nunca volveré a encontrar en mi vida, comprendieron que en ese momento yo era el eslabón más débil de la cadena y que lo mejor era que me apartara. Pero no había recriminación en ninguno de ellos sino todo lo contrario, un agradecimiento que me llevaré, estoy seguro, a la tumba.

 

Después todo fue irme integrando a la calma, con el sudor seco ya en la frente, salado sobre la piel como si acabara de salir del mar, y con la boca abierta mientras respiraba, agitado, tratando de extraer la mayor cantidad posible de oxígeno de cada bocanada. Terminamos cerca de mediodía, cuando el sol ya estaba en el centro del cielo y nuestras sombras desaparecieron. Aunque sé que un pedazo de ellas, un fragmento, quedó para siempre en esa esquina.

 

Han pasado dos días y sigo llorando con cualquier excusa. Me cuesta dormir y despierto varias veces en la noche, sobresaltado, como si siguiera cargando piedras en viejos botes blancos de pintura y se me terminaran las fuerzas a medio camino.Como si se me cayera la cubeta al piso. Como si no fuera capaz de hacer lo que mi espíritu pide porque mi cuerpo, mi viejo cuerpo, es más débil de lo que quisiera.

 

Pero no importa. Puedo morir tranquilo. Porque en el fondo sé que supe y pude retirarme a tiempo.

Google News

TEMAS RELACIONADOS

Noticias según tus intereses