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De un tiempo a esta parte buena parte de las notificaciones que recibo en mi correo tienen que ver con lo que hay que hacer y lo que hay que evitar en un sinfín de ámbitos: la cocina, el restaurante, la cava, el bar, la entrevista de trabajo, la texteada al galán, la besadera, la primera cita, la segunda cita, la tercera cita, todas las citas, qué decir o qué no decir y cómo decirlo o evitar decirlo, cómo permancer impasible o cómo conservar la clase, y por supuesto las recomendaciones en el terreno íntimo donde pareciera que se requiere manual hasta para hacerse una manuela, y no exagero.
Ya no sé qué me inquieta más: que nosotros los tomemos en serio o lo en serio que se toman a sí mismos porque, pese a lo simplista y parcial, este tipo de contenidos suele ser categórico y muy estricto. Justo ayer estaba preparando una conferencia sobre un tema al que no sólo le he dado seguimiento sino que, como muchas personas, sobre todo mujeres, he padecido en (ciber) carne propia: me refiero a chantajes, amenazas y venganzas relcionados con mi intimidad sexual. La idea de mi participación consistía en aconsejar a los participantes sobre cómo proteger su identidad en las redes, pero, conforme me adentré en mis investigaciones previas y lecturas más recientes, volví a confirmar que un asunto de esa naturaleza no se toca en “10 pasos”. No seriamente.
Podemos pensar que, de eso a nada, es mejor comenzar por abrir la conversación. De acuerdo, pero no por salvar el formato deberíamos renunciar a la complejidad temática, a todo lo que encierra el hecho de que alguien (pareja, ex pareja, pretendiente, extraño) exhiba los contenidos íntimos (correos, fotografìas, videos) de alguien más. Y que va más allá de cuánto uno cuide las imágenes que comparte o si se retrata del cuello para abajo o si blinda todo acceso. Podemos seguir las reglas al pie dela letra, pero eso tampoco nos garantiza que nuestro material no llegará a manos de un tercero, sea alguien cercano o odioso hater o un simple hacker. Podemos cubrirnos y protegernos todo lo que queramos –y no deja de ser algo recomendable y conveniente--, sin embargo, el verdadero acento recae en la presión, el miedo, la vergüenza, que nos significaría que dichos contenidos se hicieran públicos.
Desde que pasé por un episodio de lo que hoy llaman “pornovenganza”, he procurado ser más cuidadosa. En un principio, cuando recién me sucedió, no pasaba por mi cabeza compartir nada de nada con nadie, aunque fue más por el trauma y la tristeza que por precaución. Posteriormente me hice un poco más cauta y selectiva, no obstante, las veces que viví algo parecido no fue a causa del descuido sino porque alguien que conoció del episodio lo revivió en las redes con un perfil apócrifo (que, a diferencia de la primera vez, pasó casi desapercibido) y porque, en otra ocasión, la esposa de un tipo que me pretendía entró a la cuenta de correo de éste y se encontró con un diario en el que él decía lo que me había hecho y lo que soñaba con hacerme.
De eso me enteré después. En su momento, lo que a mí me llegó fue otra amenaza por parte de una supuesta Laura que prometía “destruirme” (sic) y difundir en todos mis frentes (laborales, familiares, de pareja) los detalles de mi conducta “disipada” (sic). Como se dice vulgarmente, esto sí que no lo vi venir pues al señor en cuestión jamás le había enviado ni compartido fotos. Tampoco le había mandado mensajes ni correos invitantes o cachondos. Nada. Bastaron su calentura y su chaqueta mental para que la mujer detective hiciera de todo ello un expediente y me lo restregara como si se tratara de un arma poderosa.
Mientras todo esto ocurría, yo pensaba: “Esto ya lo viví” y también recordé una escena de, háganme favor, la película Megamente, cuando el personaje siniestro secuestra, por enésima vez, a la reportera, al grado de que la amenaza se vuelve predecible y, por ende, inofensiva. Bien dicen que, lo que no nos mata, nos hace más fuertes, pero, ojo, mi capacidad de resistencia en estos menesteres no niega que estas personas se hayan pasado de lanzas. Sobre todo el primero, al crear una serie de perfiles míos apócrifos en las redes sociales, que incluían desnudos y chats con amigos: todo ello lo sustrajo de mi computadora quién sabe cuándo. Pero, aun cuando yo se lo hubiera compartido, de todas maneras el manchado fue él.
Y aquí es donde a veces nos hacemos bolas. Podemos ser cuidadosos con nuestro material privado, sin embargo, el hecho de no serlo, con sus consecuencias, no justifica que otra persona haga mal uso del mismo. No importa si lo robó o lo hackeó o le cayó del cielo o se lo dimos en las manos, no tendría por qué difundirlo ni ejercer presión ni chantaje ni amenazar a propósito. Claro que como Internet hace las veces de tierra de nadie, es un contexto propicio para que este tipo de abusos no pasen a más, a pesar de que a nivel mundial no sólo hay una mayor toma de conciencia sino que incluso ya se regula o promete legislarse, como en nuestro país, donde en el Senado se presentó un proyecto de decreto para sancionar al menos económicamente este tipo de acciones que afectan el desarrollo psico sexual de las personas, especialmente de las mujeres por ser ellas, en abrumadora mayoría, las principales víctimas.
Ahora bien... Todo esto cobra una dimensión bárbara por el valor desmedido que le otorgamos a la reputación, y por esa doble moral al condenar en público lo que se hace en privado, lo que todos hacemos en privado. De pronto, en mi caso, que alguien me acariciara los senos cobró una dimensión y un sentido fuera de proporción debido al factor de la culpa. O la amenaza o el miedo o la vergüenza. Sí, quizá a veces somos calientes y somos crédulos. Sí, tal vez la otra persona, en su despecho, se sirve de esos elementos para cobrar revancha y decirse a sí mismo, a nosotros los infieles y al mundo entero que “quien se la hace, se la paga”.
Hace poco escuchaba un análisis sobre cómo, en el caso del affair entre Bill Clinton y Monica Lewisky, el informe Starr se regodeó con detalles como “el pene en su boca. . .” En inglés le llaman: blow job-shaming, pariente delslut-shaming, toda esta tendencia a avergonzar a alguien por su comportamiento, por sus preferencias, por su vida sexual: así de simple. Me pregunto, ¿cómo cogen los inquisidores? Porque sabemos que castos y puros no son.
De acuerdo: uno baja la guardia, otro se aprovecha y merece enfrentar las consecuencias de su abuso: eso está clarísimo. Sólo no olvidemos que, en la base de esa cacería y de esa persecución, está el afán en reprobar la actividad y la vida sexual sobre todo femenina: siente, quiere, desea, goza, da, recibe, se hinca, toca, mete, saca, lame, chupa, traga. . .
¡Uy, qué miedo!
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