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En México, los pastores son los consentidos. Entre todos los personajes navideños, ellos mejor que nadie representan la sencillez bien dispuesta para acoger el milagro, la sorpresa que sabe temer pero que también termina por alegrarse ante lo inesperado, el habitante de la tierra –en contacto vital con ella– que es capaz de abrirse a los anuncios del cielo. Tal vez por eso son ellos, precisamente ellos, quienes dan nombre a las pastorelas.
En las pastorelas se representan los peligros del camino. Peligros simples, cotidianos. Para educarnos de nuevo a que lo crucial de la existencia se entreteje en las decisiones aparentemente menos trascendentes. Porque esa es la lógica de todo el plan de Dios, tal como nos lo muestra la Navidad. Por encima de las grotescas intervenciones de los grandes corruptos de la historia, el Dios escondido se da a conocer a través de signos frágiles. La vigilia nocturna es siempre ejercicio de sobrevivencia.
Los pastores, en los evangelios, aparecen en la tradición de san Lucas. El suyo, con todo, es un ciclo completo, como el de Juan el Bautista o el del mismo Jesús. La liturgia nos desdobla su episodio en dos misas: la de la noche y la de la aurora. Son presentados, primero, como habitantes de la comarca de Belén, “que dormían al raso y vigilaban por turno durante la noche su rebaño” (Lc 2,8). A ellos, al igual que a María, se les aparece un ángel, quien, después del desconcierto, les entrega el mensaje del nacimiento. Dos asuntos son centrales. Primero, que el recién nacido es su salvador, que ha nacido para ellos, y que por lo tanto deben estar alegres, como todo el pueblo. Lo segundo, el signo: lo reconocerán acostado en un pesebre, envuelto en pañales. Elementos familiares para ellos, que se convertían en el lenguaje de Dios. La escena cierra con la alabanza angelical: “Gloria a Dios en el cielo…” (Lc 2,14).
Al igual que para María, la salida del ángel da pie al movimiento de los pastores. Se ponen de acuerdo para ir de prisa a Belén. Y ahí encuentran a María, a José y al niño acostado en el pesebre. El pesebre que era el signo. El pesebre que para ellos era lo más familiar: el espacio para que sus ganados se alimentaran. Con frecuencia nos fijamos en la humildad del lugar, pero olvidamos la expresividad que tendría para aquellos que verían el signo. La elocuencia del pesebre como confirmación de la extrema cercanía de Dios. Esta escena cierra con el retorno. Ellos regresan a su lugar de trabajo, pero una acción nueva los acompaña ahora. Alaban a Dios. La alabanza, de hecho, es el cierre continuo del evangelio de san Lucas. Y lo alaban por lo que han visto y oído, porque lo que les fue anunciado se cumplió. Han hecho experiencia, y la experiencia los mueve a la alabanza.
Por grandiosa y misteriosa que fuera la aparición de los ángeles, no consistía en ella la plenitud de la narración. Ésta sólo se alcanzaba cuando ya ellos, habiéndose encontrado con el Niño en el pesebre, pudieron elevar su propio canto de alabanza. El retorno gozoso a la vida es el que sella salvíficamente el anuncio. El anuncio ha sido apropiado, ha latido en el propio corazón, se ha expresado desde los propios labios. Ha dado pie a la esperanza.
Aún hoy, habrá a quien la figura pastoril le resulte irrelevante. Que le escandalice la predilección de Dios. Que prefiera deambular en los palacios de Herodes. La verdadera Navidad cristiana nos los vuelve a proponer como los personajes verdaderamente dichosos.
Resumen: El Dios escondido se da a conocer a través de signos frágiles
Foto: Jacopo Bassano, La adoración de los magos
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