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Es notable la cantidad de coincidencias que existe entre el rock y el rap: ambos derivan del R&B, gospel, soul y en menor medida del jazz. Ambos son géneros musicales asociados de manera importante con la juventud y su identidad social o incluso política. En los años 60-70 del rock o en los 80-90 del rap, un adolescente se definía de acuerdo con lo que escuchaba. No eran los mismos quienes seguían a Bruce Springsteen que quienes preferían a los Rolling Stones. Los admiradores de N.W.A. se parecían aun menos a los de Run-D.M.C. Todos estos músicos emergieron como una respuesta a sus ciudades y sus destinos. Nueva Jersey, Londres, Compton y Queens compartían —comparten— la pobreza, la desigualdad y una atmósfera fatalista que condena a los jóvenes a ser siempre lo mismo: no seres de una sensibilidad única, sino pobres. Cifras ausentes que se manifiestan cuando el hartazgo los mueve al odio. Pero quizá la distinción fundamental entre los dos géneros está en la forma en que sus barrios los persiguieron. Mientras los rockeros blancos e incluso los negros ingresaron a una nueva clase social, los raperos negros, aunque ricos, nunca abandonaron la cultura del ghetto.
Si aisláramos algunas escenas de Letras explícitas (Straight Outta Compton, 2015), creeríamos estar viendo una cinta de gangsters. Tipos musculosos, tatuados y vestidos en pants hacen amenazas en la noche, se apuntan con armas, comienzan golpizas, observan y tratan a las mujeres como decoración, torturan a sus enemigos y los obligan a brindar por la Costa Oeste. Como lo probaron las muertes de Tupac Shakur y The Notorious B.I.G., el ghetto cambió de código postal pero no de modos. Los raperos se convirtieron en gangsters adinerados, presas de los vicios, la violencia, las estafas de las compañías discográficas e incluso la enfermedad, que mató a Eazy E, de N.W.A. De alguna manera, Letras explícitas es un argumento en contra de la ignorancia que le permitió a Eazy E desestimar el condón y a Ice Cube unirse a la Nación del Islam, la racista organización musulmana de Elijah Muhammad que antes atrajo y finalmente repulsó a Malcolm X. Otros raperos, como Chuck D, de Public Enemy, no han abandonado su influencia. Aunque la película no disimula durante su primera hora su intención de idolatrar a sus productores, Dr. Dre y Ice Cube, miembros fundadores de N.W.A., tampoco elude los detalles más sórdidos de su historia. Se trata, a la vez, de una cinta nostálgica y de una crítica, que concluye como elegía para Eazy E.
La moralidad de la película es quizás el tema más interesante del que podría escribir, pues existe de manera caprichosa a veces y a veces compleja. La historia del éxito de N.W.A., por ejemplo, elude las controversias por misoginia que atrajeron el primer EP y el segundo álbum del grupo. El director F. Gary Gray retrata a la banda como los caballeros negros a la carga, blandiendo “la verdad” contra los feudos de la vida suburbana y la hipocresía, pero su argumento resulta endeble. Por supuesto que el rap gangsta que N.W.A. ayudó a cimentar fue esencial para comprender la realidad de los ghettos californianos. Quizá sin él no habrían sido discernibles los disturbios tras el caso Rodney King y tal vez no tendríamos idea de lo que piensa y siente la clase baja afroamericana, pero tampoco podemos considerarlo una crítica. En realidad se trata del estallido de una comunidad oprimida y resentida, fantaseando, como Ice Cube en Fuck Tha Police, con policías angelinos muertos. Entonces sabemos que no es la verdad lo que expresaban; se trataba de sinceridad: sinceramente querían o quieren vengarse del abuso; sinceramente estaban o están enfurecidos con un sistema que los mantiene encerrados en el ghetto. La ira es un obstáculo para las ideas y el rap gangsta es evidencia de un discurso que resulta de la hostilidad y no de la razón. Años más tarde, Eminem y Kanye West se burlarían de sus estereotipos; Kendrick Lamar comenzaría una suerte de profecía en favor de la unión negra, pero la obra y los tiempos de N.W.A son, por un lado, el resultado de la opresión, y por el otro la invención de un puño con el cual regresarle su desprecio a la sociedad blanca. Al liberar sus fantasías de la discreción y la moral, cárceles de la creatividad, los raperos se convertirían en vengadores y acaso portavoces de su gente, pero no en la consciencia de su generación.
Sin embargo, la película no resulta tan indulgente como lo anuncia la primera mitad. La debacle de N.W.A. habla desde una perspectiva crítica que se remonta a una de las primeras escenas, cuando un gangster amenaza a un estudiante que admira el estilo de vida de los criminales. El hombre le apunta a la cabeza al muchacho no para robarle ni para torturarlo, sino para advertirle sobre sus deseos. Pero aun ante la advertencia, la vida del gangster se filtra en la de los músicos. Cuando Ice Cube decide abandonar el grupo la guerra comienza y la violencia salta de las letras y los tornamesas a los puños y las pistolas. El odio ya no va contra el sistema y sus funcionarios; ahora es intestino. En una escena, una bronca de Ice Cube corta y se convierte en el video de la brutal detención de Rodney King, un evento que resulta esencial para la reconciliación de los personajes. Gray nos muestra a Dr. Dre observando desde su auto los disturbios provocados por el fallo a favor de los policías que abusaron de King. Ahí, una imagen lo conmueve: dos hombres avanzan en protesta hacia los granaderos mientras sostienen los paliacates enlazados de los Bloods y los Crips, un par de pandillas rivales de California. N.W.A., se da cuenta Dr. Dre, debería buscar la comunión como aquellos viejos enemigos. Por supuesto, los conflictos entre bandas, compañías discográficas y costas no se detuvo ahí, pero Gray decide terminar el romance antes de que las pasiones se apoderen de la historia una vez más. Entre la realidad y el relato cae el sentimiento.
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