
Franz Kafka creía que debía escribirse ininterrumpidamente, como escribió La metamorfosis (de acuerdo con Borges y Adán Kovacsics debería traducirse como La transformación), en las noches del 18 de noviembre al 6 de diciembre de 1912...

Franz Kafka creía que debía escribirse ininterrumpidamente, como escribió La metamorfosis (de acuerdo con Borges y Adán Kovacsics debería traducirse como La transformación), en las noches del 18 de noviembre al 6 de diciembre de 1912...

“Si alguna vez lograra acabar un todo de proporciones mayores, bien estructurado de principio a fin, entonces el relato nunca podría desprenderse definitivamente de mí, y yo podría oír su lectura tranquilo y con los ojos abiertos...”

En su escritura pueden reconocerse las formas claras, sin elusiones ni artificios, lúdicas, prestas a los juegos de palabras que mantenía en su conversación, que no dejaba de prolongarse días y noches en cantinas y en tugurios y en su casa...

No parece menos insólito que, más que como una ocurrencia al uso, el nombre de Kafka siga propiciando derivaciones en el habla cotidiana

El solo nombre de Tormentas solares resulta incitante y puede su-gerir creaciones posibles: quizá Sor Juana Inés de la Cruz hubiera podido escribir un soneto...

El fervoroso lector de Kant, Thomas de Quincey, se fascinaba con “la gran fuerza y capacidad de expresión de la lengua alemana”, a la que se había acogido Kant.

Desde lo que creemos la antigüedad, el agua, en sus diversas formas, no ha dejado de determinar el devenir de la tierra...

Cada uno de los poemas que con-forman el libro tiene origen en una persona, que deriva en evo-cación de una evocación, en ins-tantes imaginarios, en versos certeros, en ensueños.

Quizá el principio de la biografía de Olaf Christiansen puede hallarse después de la Segunda Guerra Mundial en la Central Camionera del entonces Distrito Federal donde abordó un camión con destino a Tijuana

Los metaforismos de Eutanasio Monserga se conjugan con los de Luis Alberto Ayala Blanco; quizá por eso decidieron publicar-los en un libro con la complicidad de Juan Luis Bonilla